Aguas de transparencia imposible, cenotes que se abren como secretos bajo la tierra, estromatolitos que remiten al origen mismo de la vida, aves únicas que encuentran refugio en sus humedales y una paleta de azules que parece inventada. Bacalar, situado en el sur de Quintana Roo, es uno de los enclaves naturales más fascinantes de México. Su gran emblema es su laguna conocida como de los Siete Colores –que va desde el azul turquesa hasta el azul cobalto– con una extensión de agua dulce de unos 42 kilómetros con una anchura aproximada de dos kilómetros y una profundidad media de casi 9 metros, aunque en ciertas depresiones puede superar los noventa. Sumergirse en ella resulta una experiencia única, porque es como si la luz flotara sobre el agua potenciando ese color turquesa claro que va variando en función de la profundidad, la composición del fondo, la claridad del agua y la incidencia de la luz solar. Pero esta belleza visible es solo la primera capa, porque bajo su superficie alberga algunos de los conjuntos estromatolitos de agua dulce más relevantes del planeta. A simple vista pueden pasar desapercibidos, confundidos con formaciones rocosas de color beige, pero en realidad son una de las formas de vida más antiguas de la Tierra. Conformados por comunidades de cianobacterias, estas estructuras formaron parte de los primeros ecosistemas que favorecieron procesos de oxigenación. En Bacalar, sus colonias han ido creciendo milímetro a milímetro durante miles de años actuando como filtros naturales, fundamentales para la salud y color de la laguna. Diversos estudios científicos han documentado más de diez kilómetros de longitud acumulada de estas formaciones, con estructuras domales que pueden alcanzar hasta tres metros de alto o diámetro. Extremadamente frágiles, resultan muy vulnerables al contacto humano, así como a la contaminación del agua. Para evitar que la presión turística altere este equilibrio que ha tardado milenios en formarse está prohibido tocarlos y se han tomado medidas como prohibir las embarcaciones un día a la semana (salvo en temporada vacacional) para protegerlos. Además, solo se permite el baño con bronceadores biodegradables para no dañar el ecosistema de la laguna. A pesar de estas medidas se enfrentan a amenazas más graves. No en vano, esta zona tiene una de las tasas de desforestación más alta del país, y las prácticas agrícolas insostenibles han causado un aumento de sedimentos, pesticidas y fertilizantes que son acarreadas por el agua de las lluvias hasta la laguna que está registrando altos niveles de nitrógeno y amonio. A esto, hay que sumar las altas temperaturas de la Península de Yucatán que provocan la proliferación de algas a un ritmo muy acelerado, que además de cambiar el color del agua de la laguna, crecen mucho más rápido que los estromatolitos. Después de un primer chapuzón y de embadurnarnos con el blanco lodo, rico en minerales que la traición local considera beneficioso para la piel, el velero (una de las embarcaciones con menor impacto ambiental) pone rumbo al Canal de los Piratas, una franja de aguas claras y poco profundas que fue paso estratégico del comercio ya en época prehispánica. Más tarde nos dirigimos hasta el Cenote Azul, uno de los más profundos de la zona, que llega hasta los 90 metros de profundidad. El agua cambia radicalmente del azul turquesa a un azul profundo, como si fuera una ventana vertical hacia el subsuelo, donde el paisaje deja de ser horizontal y se vuelve abismo. Impresiona. Los cenotes de Bacalar forman parte del gran sistema kárstico de la península de Yucatán, un paisaje subterráneo modelado durante miles de años en roca caliza, donde el agua dulce circula y aflora en cavidades naturales de enorme valor ecológico. Más que simples pozas de agua son ventanas al acuífero que alimenta y conecta buena parte de la región y funcionan como refugio de fauna acuática y terrestre, y como puntos clave para la disponibilidad de agua en los ecosistemas tropicales que los rodea. Pero además de su valor geológico y microbiológico, Bacalar posee una riqueza ecológica notable. Reconocida como sitio Ramsar, como humedal de importancia internacional, el área alberga fauna de enorme interés, incluyendo especies amenazadas como el manatí del Caribe (Trichechus manatus), además de peces y aves poco comunes como el jabirú (Jabiru mycteria), una de las aves zancudas más grandes de América. Bajo la superficie, peces como el pargo escolar y el jurel ojón, y en las zonas de la vegetación ribereña se han documentado especies como el cocodrilo de Morelet. Otra de las zonas más singulares de la laguna son los Rápidos, situados en la zona de Buenavista, conforman un corredor estrecho por el que el agua circula con una fuerza suave pero constante. No se trata de rápidos en el sentido montañoso del término, sino de una conexión natural entre cuerpos de agua del sistema lagunar, donde la corriente, la escasa profundidad en algunos puntos y la claridad extrema del agua crean una de las estampas más reconocibles del lugar. Hoy se pueden recorrer de la manera más acorde con su naturaleza: nadando, dejándose llevar por la corriente o avanzando lentamente en kayak o paddle surf. Pero no todo en Bacalar gira en torno a su laguna, también es un Pueblo Mágico desde 2006, una distinción de la Secretaría de Turismo que reconoce a localidades con identidad propia, historia, símbolos y una oferta capaz de representar el patrimonio natural y cultural de México. Esta localidad fue fundada por los mayas hacia el 415 d. C. con el nombre de Sian Ka'an Bakhalal, y aún hoy conserva una atmósfera pausada que lo diferencia de otros destinos más volcados en la masificación. El fuerte de San Felipe, levantado para defender la villa de los ataques piratas, sigue marcando el perfil del lugar y hoy alberga el Museo de la Piratería. A eso se suma un tejido de fachadas coloridas, rincones con arte mural y espacios que invitan a recorrerlo a pie, sin prisa. Por ello, y en línea con el enfoque de sostenibilidad del Grupo Piñero, el touroperador Soltour –que oferta vuelo y hotel– ha decidido apostar por este destino del Caribe mexicano, como una forma de viajar cada vez más vinculada a la naturaleza, la singularidad y la sostenibilidad. Bacalar ofrece justamente eso, un paisaje excepcional, una escala más serena que la de otros enclaves y un valor ambiental que obliga a un turismo más consciente que genere valor económico y social, sin desligarse de la protección del entorno. Un destino único, un santuario de agua dulce, biodiversidad e historia viva, que nos recuerda que conservar es la única forma de no perder un patrimonio natural irrepetible.