'Fake news' contra el andalucismo: una constante histórica

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 Desde sus más profundas raíces en el siglo XIX, el andalucismo político aparece como uno de los movimientos más radicalmente antisistema que se han dado en España. Lo entendemos así porque ninguna otra propuesta política ha cuestionado más intensamente el modelo de Estado surgido en España tras la crisis del Antiguo Régimen y el nacimiento del sistema liberal-constitucional. De ahí que, a lo largo del último siglo y medio, el andalucismo haya venido siendo combatido con especial saña por cuantas fuerzas políticas, sociales y económicas, de izquierda a derecha, se han venido empeñando en el mantenimiento de los rasgos esenciales de aquel modelo casposo de España.Incluso en los diversos periodos de reformas intensas, incluso revolucionarias, vividas a lo largo de estos siglos, se detecta esa pulsión a la pervivencia de dichos rasgos. Y uno de estos elementos esenciales ha sido siempre el mantenimiento de Andalucía en una situación de eterna dependencia colonial contra la que constantemente se rebelaron las distintas generaciones andalucistas. Y para sojuzgar esas rebeliones las fuerzas sostenedoras del statu quo emplearon cuantos medios tuvieron, y tienen, a su alcance. Uno de ellos ha sido de reiterado uso: la construcción de fake news. La revisión histórica de algunas de ellas puede ser de utilidad para desvelarlas y combatirlas en el presente y en el futuro ya que, a la vista de los buenos resultados electorales de una nueva generación andalucista, sus fabricantes y propagandistas parecen volver a las andadas. Veamos. La irrupción de la primera generación de andalucistas infantianos ya sufrió el descrédito y la incomprensión de una derecha caciquil y una izquierda tradicional que, nunca entendió la existencia ni la defensa de una identidad propia para este pueblo (1915) o la reclamación de una autonomía ante los poderes centrales (1918). Un andalucismo político primigenio que, a llegada la República, quiso irrumpir en las constituyentes de 1931 para contribuir a una “nueva España” a través de una singular candidatura heterodoxa y alternativa, definida a través de cuatro apellidos: revolucionaria, es decir, rupturista por contraria a prorrogar élites y poderes primorriveristas; republicana, profundamente impregnada de valores éticos y renovadores que dibujaran nuevas mentalidades futuras: feminista, laicista, social, igualitaria, fraternal…; federal, reconociendo un Estado descentralizado y plural en su máxima expresión conformado por territorios autónomos soberanos y, finalmente, andalucista, por cuanto soberano y de exclusiva obediencia andaluza.Aquella iniciativa de la que se autoacusa Blas Infante de ser su promotor, junto a Ramón Franco y el apoyo de Pedro Vallina, pretendió contribuir desde Andalucía al alumbramiento de un nuevo Estado anquilosado por unas tradicionales estructuras de poder que, una vez más, no iban a permitir el nacimiento —y menos desde nuestra tierra— de un movimiento que, profundizando en sus raíces republicanas y federales, impulsara junto a otros territorios reformas tan históricas como estructurales. Inventaron así el bulo del Complot de Tablada, con el que —más tarde golpistas contra la República en 1932 y 1936— un día antes de las elecciones dieron al traste a una candidatura singular que rompiendo los moldes de una política convencional venía levantando un inusitado interés en campaña por parte del voto oculto anarquista y federal. La coalición republicano-socialista entendió que había que desactivar unas expectativas cuyo resultado no entraban dentro de las previsiones de sus políticas continuistas. Para cuando la izquierda tradicional abrazó por fin la posibilidad autonomista, el 18 de julio golpista llegó demasiado pronto.En el caso de la segunda generación andalucista, el PSA-Partido Andaluz obtuvo un inesperado éxito en las generales de 1979 que le permitió constituir el primer Grupo Parlamentario Andalucista en la historia del poder legislativo de España. Precisamente, el acuerdo de los andalucistas con el gobierno para una reforma del Reglamento del Congreso que permitiera que la voz soberana de Andalucía se oyera en la Cámara, dio origen a la construcción por el PSOE del bulo de la formalización de un inexistente pacto de legislatura entre el PSA-Partido Andaluz y la UCD. Si acudimos a las actas del Congreso podremos comprobar con facilidad que las votaciones conjuntas de UCD y PSOE fueron infinitamente más numerosas que entre UCD y andalucistas. Y no deja de ser alucinante observar que, mientras el PSOE se empleaba con fervor en expandir este bulo, su líder, Felipe González, al valorar el éxito de los andalucistas, hacía declaraciones por otra línea de ataque. Había que intentar confundir a todo el mundo: “Creo que la gran satisfacción del Gobierno es conseguir el abertzalismo andaluz. No me gustaría ver a Andalucía dentro de diez años como está ahora Guipúzcoa”. ¿A que suena inquietantemente actual? Así, el peso de las fake news empezó a cargar sobre las espaldas andalucistas.Aquella legislatura fue la del acceso de Andalucía a la autonomía del 151, la que el constituyente había reservado para Cataluña, País Vasco y Galicia. La impresionante movilización del pueblo andaluz en calles y en urnas, donde los andalucistas actuaron como auténtica vanguardia, quebró aquellas intenciones plasmadas en el pacto constitucional entre las derechas y las izquierdas estatales. El desbloqueo del proceso autonómico que protagonizó aquel Grupo Parlamentario Andalucista fue de nuevo aprovechado por su principal adversario estratégico, el PSOE, para crear una fake news que no sólo frenó el irresistible avance del andalucismo al que los estudios sociológicos apuntaban, sino que marcaría su definitivo declive hasta su desaparición. Merced a estos bulos, el andalucismo político, la única organización que había venido reclamando en solitario desde la clandestinidad antifranquista la autonomía como herramienta para quebrar la histórica situación de atraso económico, subdesarrollo y dependencia colonial de Andalucía, vino a aparecer como traidor no sólo al pueblo andaluz, sino a su propia historia. Los poderosos resortes mediáticos, económicos y políticos que se sentían amenazados por la emergencia del andalucismo consiguieron hacer de esta enorme mentira una supuesta aplastante verdad cuyos ecos aún resuenan.El reciente debate de investidura desarrollado en el Parlamento de Andalucía sobre la candidatura de Moreno Bonilla para la presidencia de la Junta nos pone de manifiesto y en alerta ante la presumible llegada de nuevos bulos, por otro lado, nada originales. Los adjetivos que el candidato de la derecha dedicó en la sesión sobre el emergente andalucismo soberanista de izquierdas —radical, independentista, separatista, chiquitito,…— su interés por equipararlo burdamente a otras formaciones centralistas —los presuntos “primos hermanos” del PSOE y Por Andalucía—, no son sino la manifestación de un supuesto regionalismo que, lejos ser una mala copia del fraguismo gallego, se convierte en una mera sucursal de Génova, acompañado ahora de la peligrosa muleta neofascista que ha llegado para acabar —en tiempos de rebajas— con el Estado social y democrático de Derecho. así como con el Estado de las Autonomías en el mismo lote. Atentos pues a esos cantos de sirenas que se esperan y a esas lenguas de doble filo que, a ambos lados del hemiciclo afinan sus diabólicos argumentos. Preparados ante el espejismo del éxito, conscientes siempre que solo la profunda transformación socio económica de nuestro pueblo puede suponer la liberación de Andalucía. Es más, si bien es legítima la existencia de un andalucismo conservador, debe quedar muy claro que solo la exclusiva obediencia andaluza justificaría tal denominación. Lo demás, como es el caso también del pseudo andalucismo de la izquierda españolista, representan el típico enjuague verdiblanquista que, elección tras elección, hace peregrinar al Sur a sus travestidas huestes para secuestrar votos, olvidar intereses y colonizar la poca soberanía que resta en un autogobierno pleno que viene siendo gestionado por dos siglas y un mismo centralismo como común denominador.Sin duda estamos ante una nueva oportunidad para trasladar al ámbito electoral y político razones de siglos y sinergias de décadas que vienen siendo acumuladas por movimientos, entidades, siglas y personalidades que han cultivado la dignidad de un pueblo y una confianza nunca perdida en las posibilidades de sus hombres y mujeres. La tarea es ímproba, de titanes mitológicos si cabe. Llamados estamos todos los andaluces de conciencia a arrimar el hombro para que las raíces de esta incipiente generación andalucista penetren entre los municipios y asociaciones de nuestro territorio, regrese a las Cortes y a Bruselas llevando la voz de Andalucía y, lo que es tanto o más importante, se siga avanzando en una construcción de un poder popular andaluz como tarea siempre inacabada, y ante la que estar en alerta antifascista por enterradores de la democracia. La historia nos contempla: hagamos un esfuerzo todos y todas porque Andalucía lo merece y lo necesita. La entrada en el gobierno de Andalucía de quienes pretenden acabar con la autonomía que tanto sudor y sangre nos costó, que insultan la memoria de Blas Infante, niegan nuestra identidad como pueblo y desprecian nuestros símbolos históricos, nos interpela para la unidad de todos los andalucistas en un bloque y un compromiso histórico para la defensa de todos estos principios y valores. Nuestra memoria y la de nuestros padres y abuelos que llenaron las calles el 4 de diciembre de 1977 y las urnas el 28 de febrero de 1980 nos lo exige.