Hubo un momento en que Konrad Laimer, harto de tragarse los caños que le iba tirando Lamine Yamal, se puso a defender con la misma pose de Igor en El jovencito Frankenstein. Es decir, chepado, con los hombros de goma, y con un ojo mirando a los pies de Lamine y el otro al boquete abierto entre sus piernas, por donde el balón pasaba una y otra vez. Qué difícil debía ser para el defensor austriaco del Bayern saber que millones de telespectadores estarían viéndole sufrir ante una de las acciones más irreverentes, pero también humillantes, del fútbol.Seguir leyendo....