Alejandría , a orillas del Mediterráneo, junto al delta del rio Nilo, se ha convertido en un destino de moda para todos los viajeros que visitan Egipto . La ciudad fundada por Alejandro Magno en el siglo IV a.C., y marcada por la figura de Cleopatra, uno de los grandes puertos y centros culturales de la antigüedad, capital en época ptolemaica, es hoy considerada la segunda ciudad del país . Sus calles -que conservan el trazado griego en cuadrícula y se vertebran en torno a el Corniche, el paseo marítimo de más de quince kilómetros- guardan una atmósfera cosmopolita, muy diferente al resto de ciudades egipcias, y esconden auténticos tesoros arqueológicos que evocan su portentoso pasado a pesar de los avatares vividos con terremotos y tsunamis. Entre ellos uno, ubicado en el barrio de Karmouz, desconocido por muchos, sorprendente, fascinante y enigmático; las Catacumbas de Kom El Shoqafa . Fueron descubiertas en septiembre de 1900 . Cuando un burro que tiraba de un carro en la calle Bab el Molouk vio como el suelo cedía a su paso y caía en un agujero. Un desgraciado accidente hizo que se produjera el casual hallazgo de un pozo de doce metros de profundidad en cuyo interior había tres sarcófagos junto con restos óseos humanos y de animales. Lo que parecía un enterramiento más de época greco-romana resultó ser, tras las excavaciones realizadas a lo largo del tiempo, un hipogeo único y singular en todo Egipto. Una necrópolis subterránea , excavada en la roca, estructurada en tres niveles, que alcanza los treinta y cinco metros de profundidad, formada por numerosas galerías repletas de sepulcros antropomorfos, hornacinas y pequeños altares. Un hipogeo que nació como mausoleo privado de una familia adinerada en el siglo II -en tiempos de los emperadores Antoninos-, que pasó a ser de uso público hasta el siglo IV, y en el que se realizaron más de tres centenares de inhumaciones. Tras acceder al recinto arqueológico -que tiene un pequeño museo al aire libre repleto de sarcófagos, columnas y estelas- entraremos a las catacumbas por una pequeña y estrecha puerta metálica que conduce una escalera de caracol que va girando en torno a un pozo para descender a las entrañas de la tierra. Una escalera, de noventa y nueve escalones , y un pozo, por los que durante cuatro siglos se introdujeron los cadáveres y féretros, y que recorrieron los familiares y amigos de los fallecidos durante los entierros. Peldaño a peldaño, la luz natural del exterior va desapareciendo, la vista se agudiza, y el espíritu se estremece observando las pequeñas hornacinas en las que se colocaban las lámparas de aceite para iluminar el hipogeo. A diez metros de profundidad, el silencio se adueña de todo cuando se alcanza el primer nivel y la llamada Rotonda Columnada , una sala circular, abovedada, que tiene nichos en forma de concha, seis pilares y un muro que protege un nuevo pozo que da paso a pasajes inferiores, más profundos. Un vestíbulo circular, eje de esta planta, desde el que nos adentraremos a las tres estancias principales de las catacumbas. La primera es la Sala de los Banquetes , de planta rectangular, con cuatro grandes pilares y tres bancos tallados en forma de U. Se trata del triclinio, en el que se realizaban los banquetes para despedir, y en honor, al difunto, donde se hallaron centenares de fragmentos de cerámica, todo ellos pertenecientes a vasos, vasijas, bandejas y cuencos que se rompían después de comer como parte del habitual ritual funerario, y que dio nombre al lugar 'montículo de piedras'. La siguiente estancia, a la que se llega tras recorrer una galería repleta de nichos dispuestos en forma vertical, de diferentes tamaños y formas, es la conocida como Sala Caracalla . Está formada por dos grandes espacios en el que se hallan dos sarcófagos y templetes horadados en las paredes, en la que se encontraron decenas de huesos de caballos, de los que ha quedado una muestra como contemplaremos, y que según la tradición son equinos pertenecientes al emperador Caracalla, del siglo III. De nuevo en la Isleta-Rotonda Columnada, entraremos a la tercera estancia, la tumba-santuario principal , la que dio origen el hipogeo subterráneo, y la más enigmática y fascinante ya que guarda, tallado en piedra, el sincretismo religioso del Antiguo Egipto, Grecia y Roma. Nos adentraremos bajando por una escalera que conduce a una antecámara y después al mausoleo-santuario . En la puerta, en la parte alta, aparece tallado el disco solar junto a la figura de Horus, el dios halcón. En los laterales, protegiendo el acceso, dos serpientes aladas y barbudas, dos agathodaemon, espíritus protectores para los griegos que los romanos asimilaron como los genii de la fortuna. Ambos ofidios portan la doble corona del Alto y Bajo Egipto y un caduceo romano, un bastón rematado por alas de serpiente entrelazadas, símbolo de Mercurio, dios que guiaba a los difuntos. A su lado, más imágenes de dioses; las de Medusa, Dionisio y Atenea. Ya en el interior, más escenas sorprendentes. En los muros, protegiendo la estrecha y rectangular estancia, la figura de Anubis, guardián del inframundo, ataviado como un legionario romano, portando espada, lanza y escudo, con colas de serpiente, y la de Sobek, el dios cocodrilo, también con ropa militar, capa y lanza. Ambos custodian las tres tumbas que forman el mausoleo, cuyas tapas no son móviles, ya que los cuerpos se introducían por la parte trasera, a través de un escondido pasadizo. Los tres sepulcros están decorados con guirnaldas y muestran diferentes escenas funerarias, así como a deidades egipcias, griegas y romanas. Entre ellas a Démeter, Perséfone, Isis, Apis, Thot y Anubis , este vestido de legionario momificando un cuerpo y después depositándolo en una cama con forma de león con los vasos canopos. Imágenes y escenas enigmáticas, en las que todo tiene un porqué y para qué, cuyo mensaje final no acabamos de interpretar y comprender, y que son parte de los cultos sincréticos. El recorrido por el conjunto mortuorio prosigue por dos niveles inferiores y un laberinto de galerías, unas dedicadas a los hombres y otras dedicadas a las mujeres ya que siempre se enterraban en zonas separadas. Un itinerario que alcanza mayor profundidad y nuevas estancias siempre que no estén anegadas por el agua, y donde continúan las excavaciones. Y es que la extensión y longitud total de niveles y galerías de las catacumbas es un auténtico misterio. Así que, amigo lector, si viaja a Egipto, ponga en su cuaderno de campo, una visita a Alejandría, la Perla del Mediterráneo . La ciudad guarda tesoros que nada tienen que ver con el Antiguo Egipto, sino con la época de griegos, romanos, cristianos copto, árabes y coloniales decimonónicos como la Columna de Pompeyo en Kom el Dekka, del siglo I a.C.; el anfiteatro romano de Kom Al Dika, del siglo II; la Ciudadela de Quaitbay, del siglo XV, y los restos del Faro, una de las siete maravillas de mundo antiguo ; la tumba de Abu Al Abbas Al Mursi, maestro sufí nacido en Murcia en el siglo XIII, y su mezquita del siglo XVIII, centro de peregrinación, conocida como la Mezquita del Murciano; el palacio italiano de Al Saad Bassili, de 1926, hoy Museo Nacional de Alejandría o la moderna Biblioteca, abierta en el año 2002, que recuerda y rememora a la gran Biblioteca de Alejandría del siglo III a.C. Pero entre todos uno que le aseguro no le dejará indiferente, las Catacumbas de Kom El Shoqafa. Recorrerlas, entre luces y sombras, en silencio, descubriendo las misteriosas imágenes que parecen hablar desde el inframundo, estremece, embruja y fascina.