Los terremotos del 24 de junio han reproducido la imagen previsible que toda catástrofe ofrece a la opinión pública: edificios colapsados en La Guaira y Caracas y un balance de heridos y muertos aún por conocer. Pero la verdadera dimensión del desastre venezolano no se mide solo debajo de los escombros. La sacudida ha evidenciado la realidad de un Estado debilitado por años de deficiencias de gobernanza y con enormes limitaciones para conducir una mínima respuesta. De cómo resuelva este desafío la ayuda internacional dependerá la calidad de la asistencia y las condiciones de un trabajo de respuesta y recuperación temprana que va a ser largo y difícil en estos próximos meses.Seguir leyendo