La rabia empieza a desplazar al dolor. Cinco días después del doble seísmo que sacudió el norte de Venezuela, las posibilidades de hallar señales de vida bajo las losas de cemento son mínimas, y los vecinos se sienten abandonados. Agotados e impotentes. Muchos no se han despegado de los edificios donde saben que siguen atrapados sus seres queridos. Ahora, ya, probablemente, muertos. La frustración se dispara entre ellos, contra los rescatistas que no llegan y contra las autoridades. También contra el Gobierno de Delcy Rodríguez, que dirige el país de la mano de Estados Unidos desde la caída de Nicolás Maduro.Seguir leyendo