Qué ganas de gritar

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En la pantalla del televisor el hombre está en primer plano. Su rostro, el pelo blanco, el bigote blanco, los ojos marrones detrás de los anteojos, las mejillas coloradas, la boca con los dientes a la vista, alineados. Con una camisa a rayas y un pantalón de corderoy podría ser, quién dice, profesor universitario. Quizá lo sea. Qué boquita le diría mi abuela. En la pantalla no viste de docente sino de hincha. Es jueves por la tarde y lleva puesta la camiseta de la selección de fútbol de Ecuador. Toda amarilla. Está en la tribuna de uno de los estadios de este Mundial 2026 y entonces grita, desencajado. Es un florero que acaba de quebrarse y desparrama las rosas. En la pantalla no se oye nada de lo que dice pero se entiende perfectamente. Gol, hijos de no sé quién, hijos de, hijos de, gol, la no sé cuántos de tu madre, de tu madre, de tu madre.Dos secretos de París: la restauración del patrimonio cultural devuelve a la vida a Keith Haring y a la tumba de RichelieuA mí no me gusta el fútbol. No particularmente. En la casa en la que me crie nunca le dieron gran importancia, ningún partido jamás marcó la rutina, y si me preguntan de qué club soy, porque a veces pasa, es cosa que se pregunta, digo de Banfield. Por supuesto. Pero no voy a la cancha cada vez que juega de local. No, ese es mi novio. Él se pone nervioso cuando juegan el clásico, dice las peores palabras cuando van perdiendo y es aún más maleducado al festejar. Una vez le pregunté por qué, por qué dice las barbaridades que dice cuando gana y no dice cosas lindas, no tontas, no soy tonta, pero lindas de positivas, tipo vamos Banfield, aguante Perrota carajo. No sé si me dio una explicación o me dijo algo así como qué sé yo, es lo que me sale, pero cuando vi en la pantalla al ecuatoriano reaccionar de la misma forma entendí que ahí hay algo. Y que tiene todo el sentido. El fútbol es lo que nos queda a los adultos para gritar. Para gritar seguido. Yo grité en noviembre en el recital de Oasis, pero si hago las cuentas hacía años que no gritaba así y no porque no quiera, porque no tengo dónde. Sería hermoso gritar una vez al día. Sería un alivio. Pero el tiempo se la pasa sacándonos las cosas. Las más irracionales. Cuando era chica y mi hermano me hacía alguna maldad, yo gritaba “maaaa, Guido me hizo esto” y pataleaba un poco. Ahora no lo hago. Cuando era chica y alguien en el aula me molestaba, yo gritaba “señorita Marta, Lucas me tiró la cartuchera”. Cuando iba al médico para que me vacunaran, yo gritaba y decía “nooo” (recuerdo que una vez hice un escándalo en el centro pediátrico de Lomas de Zamora, me agarraba de los marcos de las puertas para no entrar); cuando mis padres me ordenaban ir a dormir porque había que madrugar, yo gritaba y decía “noo, un rato más”; cuando en el recreo jugábamos al quemado y perdía, yo gritaba; cuando iba con las mellizas al teatro a ver a Diego Torres cantar, yo gritaba, no, rugía como una pequeña bestia las frases más adolescentes; cuando con el colegio corríamos la posta, me quedaba afónica, “dame una a, te doy la a, dame una l, te doy la l, qué se formó, alemán, más fuerte, alemán, tres veces, alemán, alemán, alemán”. Yo era una gritona que se quedó sin espacios para gritar. Hoy voy al médico y me quedo callada; escucho lo que no quiero en una conversación y me quedo callada; me rompo por dentro de las ganas de aullar en cualquier lugar pero me quedo callada. Qué clase de persona sería si una vez a la semana pegara unos buenos gritos y dijera lo que se me viene a la cabeza sin más. Con el impulso de los siete. Este sábado Messi le metió un gol a Jordania y yo me paré sobre el sillón de casa y grité todo tipo de malas palabras. Esa, la otra también y aquella como dos veces seguidas. Las grité al aire pero aproveché y las dije enteras. Se las dije a quienes se las debía. Y me gustó. Ahora se viene el partido contra Cabo Verde. Qué bien.