Un Van Morrison extrañamente feliz, como en casa en las Noches del Botánico

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Las Noches del Botánico llevaba una década detrás de Van Morrison (Belfast, 1945), me contaba la organización durante el reciente concierto de Big Thief. Le habían hecho numerosas ofertas y el arisco cantautor siempre decía que no. Finalmente, el año pasado, aceptó cuando el cartel ya estaba cerrado, pero el festival no dudó en alargar la programación para hacerle un hueco a sus dos fechas . El irlandés debió quedar encantado, algo raro dados sus habituales desplantes, porque su equipo llamó poco después para comunicar que le había gustado mucho el ambiente y el entorno y que quería repetir. La leyenda de Belfast regresó ayer al festival madrileño para el primero de los dos conciertos –hoy miércoles, el segundo– y el abarrotado recinto de 50.000 metros cuadrados y más de mil especies le recibió de nuevo con los brazos abiertos nada más sonar las primeras notas de 'Deep Blue Sea' y 'Kidney Stew Blues' . Al público, abatido por el calor y más preocupado por el abanico, le costaba despertar con este primer trote juguetón, mientras el protagonista echaba mano de su armónica, su saxofón y su prodigioso vozarrón para evitarlo. Tantas ganas debía tener (guiño, guiño) que el bueno de George Iván, nombre real, había salido al escenario cinco minutos antes del horario anunciado. Todavía andaba la gente buscando su butaca y secándose el sudor, pero a él se le permite todo. Saben que bajará las revoluciones, como hizo con 'Down To Joy', 'Social Climbing Scene' y 'Back To Writing Love Songs' , y calmará a las fieras. Más certero cuando se pone sensible, cuando tira de soul y rhythm and blues, y mientras se va poniendo el sol y hace la velada más llevadera, hasta los que le criticaban por haber empezado antes se rinden a sus pies. Sus seguidores son tan obedientes y fieles –anoche muchos repetían del año pasado– que transigen con todo, como si supieran de antemano que la hora y media escasa que va a tocar, habrá merecido la pena . Especialmente bonita y ovacionada, con Morrison a la guitarra y al saxofón respectivamente, sonaron 'When The Rains Came' y 'Green Rocky Road'. Uno se siente como el hijo de Robert De Niro en 'Una historia del Bronx' observando a los pequeños gánsteres del barrio. Sus seis músicos y dos coristas suenan como un reloj suizo y sus solos se llevarán varias ovaciones durante el tramo final del concierto, en especial, cuando suene 'Real Real Gone'. Hasta arrancarán las carcajadas de satisfacción del temido León mientras presenta al grupo. Por una vez, se le ve cercano y cariñoso y hasta habla con el público. Eso sí que es noticia. Le escuchamos cerrando la velada con 'Moondance' y 'Gloria' , tocando el saxofón y bailando, dirigiendo a la banda con las manos, sonriendo, y podemos pensar que Morrison, a sus 80 años, ha encontrado su casa. Un escenario lo suficientemente íntimo y acogedor, con un público respetuoso y entregado, para que en los siguientes años siga volviendo para regalarnos otro pedacito de su medio centenar de discos y más de seis décadas de carrera, que se dice pronto.