Mbappé acaba con el sueño de una Marruecos decepcionante y espera a España en la semifinal

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En Boston no hay cabalgada más célebre que la de Paul Revere, aquel revolucionario que en 1775 recorrió a caballo más de veinte kilómetros entre esta ciudad y la de Lexington para alertar a las milicias de la llegada de las tropas británicas. En el Mundial, la cabalgada inolvidable y galáctica -«¿de qué planeta viniste?», le dijo el narrador argentino Víctor Hugo Morales- es la de Maradona contra Inglaterra, de la que se cumplen ahora algo más de cuarenta años. Este jueves, en los cuartos de final de este torneo, Mbappé, el jugador más dominador de esta época, puede tumbar a Marruecos con la potencia de su carrera. Pero lo hace con un misil de precisión, propio de la guerra moderna. Un disparo delicioso y potente, que abre el fortín marroquí y propicia el desembarco de Francia en semifinales (2-0), además de permitirle igualar a Messi como máximo goleador del torneo (ocho). Se escuchan los himnos -llega más poderoso desde la grada el de Marruecos- y ocurre lo esperado: Francia encierra a Marruecos. Dispara pronto desde lejos Mbappé, dispuesto a encarrilar el partido sin esperar a sustos. Mucho más clara la tiene después Upamecano al saque de un córner, pero la detiene con reflejos gatunos Bono, que sabe que hoy le va a sobrar el trabajo. Es un inicio ramplón, sin fútbol, sobre todo por parte marroquí. Sin quizá el mejor del Mundial en el campo -Saibari se recupera de lesión- no encuentran juego arriba. Brahim lo intenta pero solo deja detalles de la calidad que tiene. En diez minutos, Marruecos solo toca el balón en campo contrario en dos ocasiones. Francia encierra a los marroquíes casi por obligación. Los norteafricanos no saben qué hacer con el balón y se lo regalan. Bouaddi , la joven estrella marroquí, codiciada por media Europa, está blando y fallón. Tiene 18 años y sobre su melena se bambolea el sueño del fútbol marroquí, la promesa de que algún equipo africano por fin ganará un Mundial. Ounahi, el del Girona, más experimentado, tampoco aparece. Hakimi , el capitán, tiene un par de oportunidades a balón parado, las desperdicia con grosería. Quizá demasiada presión para todos. Llega el compás de las palmas de la marea marroquí en la grada, al estilo del remo vikingo que han hecho famosos los noruegos. El grito de 'Olé, olé, olé, Maghreb, Maghreb'. Pero los suyos no responden en el verde. Encorsetados, apagados en una tarde pesada en este paraje del estadio que la FIFA llama de Boston, pero que está a unos 50 kilómetros de la principal ciudad de Massachusetts. Con tanta distancia, tanto tráfico, tanto atasco, hay quien ha llegado tarde al partido. No es el caso de Mbappé, listo desde ese disparo en los primeros compases, tenso, incisivo. El asedio de Francia es más una tortura china de gota a gota que un bombardeo. En el estadio se siente que Marruecos acabará cayendo en algún momento, de maduro. Debería haber ocurrido en el minuto 24, con una cabalgada de Mbappé en la contra. El delantero madridista había ganado la carrera a Mazraoui, que se lanzó en segada a por el balón. Mbappé, con inteligencia futbolística, arrastró la pierna para forzar el penalti. Hasta ahí llega su acierto, porque ejecuta el penalti de forma desastrosa. Casi una cesión a Bono, que agradece en nombre de la parroquia marroquí. Hasta en tirar mal los penaltis quiere a superar a Messi. La tónica se mantiene en la segunda parte. Un Marruecos decepcionante, que cruzó el charco con la ambición de pelear por el título, ni siquiera araña a Francia. Solo tira una vez a puerta en todo el partido. Ahora la temible ofensiva francesa -Mbappé, Olise, Dembélé- se instala en el área marroquí. Le falta elegir el sofá y las cortinas. Apesta a gol. Y acaba de llegar por ese disparo asombroso de Mbappé, que se inventa un hueco entre el enorme central marroquí Diop, Bono y el palo. Sin carrera, solo apretando el cuádriceps y doblando el tobillo para la rosca, manda la pelota al ángulo. El gol silencia a la grada marroquí, que pita cuando tocan el balón los franceses. Y es un funeral cuando cae el segundo, un zarpazo de Dembélé, discreto hasta ese momento. La tímida reacción marroquí, los cambios, solo permiten más llegadas de Francia a la contra, que desperdicia una goleada. Pero se va de Boston con una sensación de superioridad inapelable. Si hubiera necesitado cinco goles, los hubiera convertido. La única mancha es la retirada de Mbappé. En el minuto 76, se echa al suelo y es sustituido. Sale por su propio pie, sin cojear y saludando al público. Si le pasa algo de la más mínima gravedad, en el campo no da esa sensación. Los de Didier Deschamps ya están en la semifinal soñada. Ahora falta que España haga su parte.