Una biblioteca con nombre de mujer

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A Rufi Velázquez le danzaban los libros en derredor como si fuesen mariposas. Las palabras, las oraciones, los versos, las canciones. Todo lo escrito, incluso los corazones de tiza en la pared, en las cortezas de los árboles. Esos amores eternos que lo mismo duran unas horas o no basta una vida para gastarlos. Así, como no le ha bastado a Javier. A Rufi le danzaban alrededor todas las palabras con invisibles alas. Ella se las dio y se las regaló a niños y mayores; las dejó en libertad, a su albedrío. Treinta y cinco años en bibliotecas pueden ser treinta y cinco vidas. Luego, el día que se nos fue, hace unos meses, fue como si se las hubiese... Ver Más