Antes de que los comentarios se llenen de referencias a TikTok, a los influencers del misterio y a la supuesta decadencia de la parapsicología que, según algunos, vive sus horas más bajas, quizá convenga hacerse una pregunta incómoda: ¿De verdad el misterio de antes era mejor? Porque da la sensación de que hemos construido una especie de "Edad de oro" imaginaria en la que todos los investigadores eran rigurosos, todos los programas eran serios y el público se acercaba a estos temas movido exclusivamente por la curiosidad intelectual. Sin embargo, basta con repasar un poco la historia reciente para comprobar que el pasado fue bastante más complejo, más contradictorio y, en muchos casos, bastante más disparatado de lo que solemos recordar.Existe una tendencia muy humana a idealizar el ayer. Recordamos a Jiménez del Oso, a Antonio José Alés, a Miguel Blanco y a otros divulgadores que aportaron muchísimo a la difusión de estos temas, pero olvidamos quiénes compartían espacio mediático con ellos. Porque mientras algunos intentaban acercarse al fenómeno desde una perspectiva más periodística o cultural, la televisión española estaba llena de videntes, astrólogos, médiums, curanderos y personajes extravagantes que convertían cualquier asunto relacionado con lo paranormal en puro entretenimiento.La Bruja Lola fue durante años una celebridad nacional. Sus predicciones ocupaban horas de televisión, aparecía en revistas y era invitada habitual en programas donde se mezclaban el corazón, la superstición y el espectáculo. Rappel construyó una carrera televisiva de enorme éxito realizando predicciones astrológicas y aconsejando a famosos. Aramís Fuster se convirtió prácticamente en un personaje de culto gracias a una mezcla explosiva de videncia, extravagancia y presencia constante en programas de variedades. Paco Porras alcanzó la fama nacional con una rama de avellano en la mano y afirmaciones que hoy resultarían difíciles de creer incluso para muchos aficionados al misterio. Esperanza Gracia; que tras treinta años, en pleno 2026 se quedó sin su programa en Telecinco; se convirtió en un rostro familiar para millones de españoles gracias a espacios donde la astrología era tratada con una naturalidad que hoy probablemente sorprendería a muchos espectadores.Incluso figuras aparentemente alejadas del misterio, como el Padre Apeles, representan perfectamente aquella época. Su presencia constante en los platós televisivos convirtió cuestiones religiosas, profecías, apariciones y temas relacionados con lo sobrenatural en material de tertulia y espectáculo. Durante años fue difícil distinguir dónde terminaba la divulgación y dónde comenzaba el show televisivo. Lo paranormal no ocupaba un rincón apartado de la programación; formaba parte del gran circo mediático nacional.Y si alguien cree que el problema de la búsqueda de notoriedad nació con YouTube o TikTok, quizá convenga recordar el fenómeno de Carlos Jesús. Aquel hombre que afirmaba venir de Raticulín, estar en contacto con seres extraterrestres y poseer conocimientos extraordinarios terminó convirtiéndose en uno de los personajes más populares de la televisión española. No fue un investigador del misterio ni pretendió serlo, pero sí fue un fenómeno construido alrededor de creencias extraordinarias y amplificado hasta el infinito por los medios de comunicación. Millones de personas conocían su historia. Su fama fue nacional. Y eso ocurrió mucho antes de que existieran las redes sociales.Tampoco puede decirse que la relación entre misterio y fraude sea un fenómeno moderno. Uno de los ejemplos más llamativos de las últimas décadas fue el de Anne Germain, la supuesta médium británica que protagonizó el programa "Más allá de la vida" en Telecinco. El formato se presentaba como una oportunidad para que famosos pudieran contactar con familiares fallecidos gracias a las capacidades extraordinarias de la médium. El programa fue un éxito de audiencia y durante un tiempo muchas personas creyeron estar contemplando auténticas comunicaciones con el más allá. Sin embargo, las investigaciones periodísticas publicadas posteriormente revelaron que parte de la información utilizada por la médium procedía de extensos dosieres elaborados por el propio equipo del programa. Extrabajadores denunciaron la existencia de una labor previa de recopilación de datos sobre los invitados, lo que explicaría buena parte de las supuestas revelaciones sobrenaturales. Lo interesante no es únicamente el posible engaño, sino comprobar que una de las mayores controversias mediáticas relacionadas con la mediumnidad no surgió en una plataforma digital, sino en la televisión convencional y en horario de máxima audiencia.La historia del misterio está llena de episodios similares. Uno de los más conocidos en España es el de la llamada "Psicofonía del Infierno" de Germán de Argumosa. Conviene aclarar que Argumosa fue una figura importantísima en la historia de las psicofonías españolas y que su papel como divulgador es indiscutible. Precisamente por eso resulta legítimo analizar críticamente uno de sus casos más famosos. Durante años se presentó aquella grabación como una de las pruebas más impactantes jamás obtenidas de un fenómeno paranormal. Sin embargo, nunca se permitió un análisis independiente de la cinta original. La grabación completa jamás fue puesta a disposición de expertos externos. Lo que se difundía eran fragmentos seleccionados reproducidos por el propio Argumosa. Con el paso de los años aparecieron además distintas versiones sobre las circunstancias exactas de la obtención de la psicofonía. El supuesto fallecimiento posterior de un diplomático llamado Juan, mencionado en la grabación, tampoco pudo ser documentado de forma pública y verificable. El resultado es que uno de los casos más célebres de la historia del misterio español sigue sin haber superado las comprobaciones que cualquier investigador exigiría hoy a una evidencia extraordinaria.Algo parecido sucede cuando observamos figuras internacionales convertidas en iconos del misterio. Los Warren son probablemente los investigadores paranormales más famosos de todos los tiempos gracias a libros, documentales y películas. Sin embargo, buena parte de su trayectoria estuvo rodeada de controversias. Numerosos investigadores, periodistas y escépticos cuestionaron durante décadas sus métodos, la falta de evidencias verificables en muchos de sus casos y la tendencia a exagerar determinados sucesos. Casos emblemáticos como Amityville continúan siendo objeto de discusión décadas después. La imagen popular creada por Hollywood ha terminado eclipsando un debate que lleva abierto desde mucho antes de que existieran las redes sociales.Y luego están los grandes fenómenos de credulidad colectiva. Pitita aseguró durante años recibir mensajes de la Virgen y protagonizó uno de los movimientos visionarios más conocidos de España. Miles de personas acudían para contemplar los supuestos fenómenos sobrenaturales asociados a sus experiencias. La Iglesia jamás reconoció oficialmente aquellas apariciones como auténticas, pero eso no impidió que generaran una enorme repercusión social y mediática. El caso del Palmar de Troya fue todavía más lejos. Lo que comenzó con unas presuntas apariciones marianas terminó convirtiéndose en una organización religiosa independiente, con papas propios, doctrinas particulares y una larga lista de polémicas. Durante décadas fue uno de los fenómenos más extraordinarios y controvertidos del panorama español. Resulta difícil sostener que la sociedad de entonces fuese más escéptica o más crítica que la actual cuando miles de personas abrazaron sin reservas relatos de semejante calibre.Por supuesto, tampoco debemos olvidar la gigantesca industria económica que se construyó alrededor de la credulidad. Antes de internet existían las famosas líneas 806 y 906, los consultorios esotéricos, las pitonisas telefónicas y los anuncios que prometían resolver problemas sentimentales, laborales o económicos mediante artes adivinatorias. Aquello no era un pequeño fenómeno marginal. Movía millones de pesetas y posteriormente millones de euros. Muchas personas gastaron cantidades considerables de dinero convencidas de que al otro lado del teléfono se encontraba alguien con capacidades sobrenaturales. Hoy criticamos a quienes monetizan vídeos sobre fantasmas en internet, pero durante décadas existió una industria mucho más lucrativa basada directamente en cobrar por supuestos poderes paranormales.Nada de esto significa que el presente sea ejemplar. Las redes sociales han multiplicado la velocidad de propagación de los bulos. Existen creadores de contenido que fabrican pruebas falsas, exageran experiencias o convierten cualquier ruido en una presencia demoníaca porque saben que el algoritmo recompensa la emoción por encima de la prudencia. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que nunca había sido tan fácil contrastar información, acceder a fuentes, consultar documentos, comparar testimonios o someter una grabación a análisis técnicos independientes. Hoy un fraude puede hacerse viral en cuestión de horas, pero también puede ser desmontado en cuestión de horas.Quizá el verdadero problema sea que confundimos nuestros recuerdos con la realidad histórica. Cuando pensamos en el misterio de antes recordamos a los mejores representantes de aquella época y los comparamos con los peores representantes de la actual. Es una comparación profundamente injusta. Si queremos ser honestos, deberíamos comparar a los investigadores rigurosos de ayer con los rigurosos de hoy, y a los vendedores de humo de ayer con los vendedores de humo de hoy. Entonces descubriremos algo incómodo: que siempre han existido ambos grupos.La historia del misterio nunca fue una marcha triunfal de investigadores serios interrumpida de repente por la llegada de los influencers. Siempre estuvo poblada por divulgadores honestos, personajes extravagantes, oportunistas, creyentes sinceros, estafadores, periodistas, soñadores y buscadores de fama. Cambiaron los medios, cambiaron las tecnologías y cambiaron los formatos, pero la naturaleza humana sigue siendo la misma. Seguimos sintiéndonos fascinados por lo extraordinario. Seguimos queriendo creer. Seguimos emocionándonos ante historias imposibles. Y seguimos siendo vulnerables a quienes saben explotar esa fascinación.Por eso, cuando alguien afirme que el misterio actual es peor que nunca por culpa de TikTok, YouTube o Instagram, quizá merezca la pena recordar que hubo una época en la que médiums, astrólogos, videntes, apariciones marianas, psicofonías imposibles de verificar, sectas visionarias y personajes de la farándula ocupaban horas de televisión nacional ante millones de espectadores.A la vista de los hechos, tal vez el misterio no haya cambiado tanto como pensamos. Quizá lo único que ha cambiado es el escenario donde se representa la función.Richard Stine