Durante años se ha repetido que las generaciones mayores tenían más aguante, como si esa capacidad hubiera aparecido por carácter o por simple costumbre. La psicología mira ese fenómeno con más precisión: crecer en una época difícil pudo enseñar a muchas personas a regular el miedo, la frustración y la espera. La biografía también educa las emociones.Quienes nacieron entre 1945 y 1965 llegaron a la vida en un mundo todavía marcado por la posguerra, la escasez y los cambios sociales acelerados. En España, esa infancia estuvo atravesada por familias que calculaban cada gasto, hogares con menos margen de seguridad y una idea muy práctica de la supervivencia cotidiana. La incertidumbre formaba parte del paisaje.Esa experiencia no convierte a una generación en mejor que otra. Tampoco significa que sufrir sea deseable. Lo relevante es que aquel entorno pudo entrenar una habilidad muy concreta: distinguir entre lo urgente, lo importante y lo que conviene dejar pasar. Ahí aparece una ventaja emocional muy reconocible.Una fortaleza aprendidaLa tesis parte de una idea sencilla: la personalidad se va formando en contacto con el mundo que rodea a cada niño. Si ese mundo obliga a esperar, adaptarse y medir los recursos, también enseña una forma de responder a los problemas. OKDiario recoge que los nacidos entre 1945 y 1965 habrían desarrollado mayor tolerancia a la incertidumbre y una capacidad más afinada para priorizar, una lectura que conecta con otros análisis sobre la frustración infantil. No se trata de frialdad emocional, sino de práctica acumulada.Una de las claves está en la teoría de la selectividad socioemocional, asociada a la psicóloga Laura Carstensen, de la Universidad de Stanford. Cuando una persona percibe que el tiempo, los recursos o la seguridad son limitados, suele reorganizar sus prioridades y dedicar más energía a vínculos cercanos, objetivos con sentido y decisiones que reducen el desgaste. Esa idea ayuda a entender por qué muchas personas educadas en décadas más austeras aprendieron a separar el ruido de lo verdaderamente valioso, algo que también aparece en estudios sobre la resiliencia poco común. La prioridad nace muchas veces de la escasez.En términos cotidianos, esa ventaja se traduce en soportar mejor los cambios de planes, encajar pérdidas materiales sin derrumbarse y no gastar la misma energía en cada contratiempo. La educación sentimental de aquellas décadas era más áspera, pero también obligaba a entrenar paciencia y resistencia. La Razón ya ha explicado cómo quienes crecieron en los años 60 y 70 asumían ciertas situaciones límite con una serenidad aprendida. Esperar era una parte normal de vivir.El precio de aguantarEl reverso de esa fortaleza es igual de importante. Muchas personas aprendieron a callar antes que pedir ayuda, a minimizar el malestar propio y a medir los problemas ajenos con una vara muy dura. Esa frase de “en mis tiempos era peor” puede funcionar como recordatorio de distancia, pero también puede bloquear la empatía. La dureza también deja marcas.La psicología actual insiste en que gestionar las emociones no equivale a esconderlas. Una persona puede resistir una crisis y, al mismo tiempo, necesitar apoyo para nombrar lo que siente. El aumento de la conversación pública sobre la salud mental ha servido para revisar esa herencia: aguantar no siempre basta, sobre todo cuando el silencio acaba convirtiéndose en aislamiento. Pedir ayuda también es una forma de madurez.La enseñanza más útil consiste en rescatar lo que puede servir sin repetir los daños del pasado. Tolerar pequeñas incomodidades, retrasar la gratificación, cuidar vínculos reales y aceptar que no todo se resuelve de inmediato son aprendizajes valiosos para cualquier edad. La generación de la incertidumbre dejó una pista clara: vivir con menos certezas puede enseñar a elegir mejor dónde poner la energía.