«Niña, haz el hatillo, que nos vamos a Madrid a dar un paseo». Blanca Ávila Molina tenía apenas catorce años cuando su madre decidió que la niña probara suerte con el baile en la capital. En Córdoba todos conocían el talento de Blanquita Molina la Platera, que desde muy pequeña ganaba concursos y que ya trabajaba en el tablao El Zoco, pero había que buscar la consagración en Madrid... De Cuevas de Nemesio pasa al Corral de la Morería -«pero yo ensayaba en los camerinos, en el escenario estaban artistas como Antonio Gades o Mario Maya», recuerda-. Y el resto, como suele decirse, es historia. Blanca Ávila Molina, Blanquita Molina la Platera... Blanca del Rey . Con este nombre hizo la artista cordobesa una espléndida carrera, que hoy sigue con la dirección artística del Corral de la Morería, al que quedó unida tras su matrimonio con el que fuera su propietario, Manuel del Rey, y que regenta junto a sus hijos, Juan Manuel y Armando. «Si un artista no enamora en un tablao, apaga y vámonos. En el tablao se te ve el pelo muy pronto», dijo en una ocasión. A la artista, y también a la entusiasta defensora del flamenco, a la impulsora de tantos y tantos artistas, ha querido dedicar el Festival de la Guitarra de Córdoba -con cuarenta y cinco ediciones encima- un homenaje por su octogésimo aniversario. «Estoy nerviosa y temblando como nunca en mi vida», confesaba Blanca del Rey al final del espectáculo, con el público del Gran Teatro de Córdoba puesto en pie. Hay que recurrir al tópico para decir que fue una velada emocionante. La dirigió Paco López, que ha creado un espectáculo elegante, distinguido y sobrio -así era, o habría que decir mejor que es, el baile de Blanca del Rey-. Lo ha hecho girar en torno a tres ejes: lo recordado, lo soñado y lo vivido. De su Córdoba natal a sus años en el Corral de la Morería, pasando por sus creaciones, con la emblemática Soleá del Mantón por encima de todas; muchos bailaores tienen en su repertorio un baile en el que destacan por encima de todo, pero muy pocos están tan identificados con él como Blanca del Rey con esa Soléa del Mantón, que creó hace más de cincuenta años y en el que convirtió lo que hasta entonces era un elemento decorativo, un complemento, en su «pareja de baile», como a ella le gusta decir. Sobre la Soleá del Mantón escribió el flamencólogo David Calzado: «Ese baile -en el que esa prenda tan española se convierte en vestido y toca de beata, capote de torero y bandera ondeada- estaría más cerca de la acrobacia que del arte si estuviese en las manos de cualquier otro. Es la elegancia la que lo convierte en pieza personal e intransferible que nadie -que sepamos- se ha atrevido a imitar». Y un mantón presidía el escenario; la propia bailaora ha dicho en varias ocasiones que al crear este baile se inspiró en su tierra natal y quería llevar a escena los recuerdos, las sensaciones y las emociones de su infancia. Y a buen seguro, si las lágrimas le permitieron verlo, toda esa memoria se tradujo en el escenario del Gran Teatro de Córdoba. Cantiñas, caña, fandangos, farruca, bulerías, tangos, soleá... Sobre el escenario, una alineación de lujo, con artistas que le deben mucho a Blanca del Rey, no solo como inspiración, sino como impulsora, a través del Corral de la Morería, de sus carreras: en el baile, David Coria, Eduardo Guerrero, Florencia Oz, Manuel Liñán, Marco Flores, Marta Gálvez, Olga Pericet y Úrsula López. En el cante, David Lagos, Rafa del Calli y Rocío Luna. En la guitarra, Javier Ibáñez, José Tomás y Paco Serrano, con Isidora O'Ryan al violonchelo. Todos contribuyeron a dar lustre a una gala que hubiera merecido la pena únicamente por poder rendir homenaje a una de las figuras señeras del baile flamenco de las últimas décadas. Pero es que además se vio baile y música de muchos quilates, desde la guasa de Marco Flores a la finura de Olga Pericet, pasando por el porte de David Coria, la autoridad de Manuel Liñán o la presencia de Marta Gálvez, y que tuvo su remate con la intervención de la propia Blanca del Rey. Con cuatro pinceladas demostró la verdad de aquel dicho de «quien tuvo, retuvo». Clase, señorío, flamencura, distinción... fueron siempre características del baile de la cordobesa, que se vieron nuevamente sobre el escenario del Gran Teatro, que se rindió sin condiciones a su paisana en una noche, hay que repetirlo, tan llena de flamenco como de emoción.