La Gran Vía de Madrid parece un pueblo olvidado cuando aprieta el calor en la ciudad. Su asfalto quema tanto como el infierno; sus aceras son pasillos solitarios de pisadas, y los turistas se meten en las tiendas en busca del aire acondicionado. Me recuerda a las estaciones de tren abandonadas, como cuando pasas por un pueblo que murió al construirse una autopista cercana y entonces la soledad se convierte en el único presente de sus habitantes. Es ese momento del verano madrileño cuando la Gran Vía deja de comportarse como la Gran Vía. Un instante breve, casi clandestino, que solo conocen quienes tienen la pésima fortuna de tener que trabajar en cualquiera de los gigantes que la habitan. La... Ver Más