El pasado mes de febrero se celebró el vigésimo séptimo Congreso de Librerías, celebrado en Valencia, durante el cual se dio a conocer que el 49 % de los libros publicados en España no vende ni un solo ejemplar en librerías. Ni uno. Y la cifra continúa siendo sorprendente cuando una se entera de que solo el 4,6 % supera los cien ejemplares vendidos. Un dato demoledor. No estamos hablando de miles. Estamos hablando de una centana. La primera reacción es pensar que algo está fallando. La segunda, intentar averiguar qué. Porque la tentación es buscar un culpable. Hay quien dirá que en España no se lee. Otros señalarán a la autoedición, convencidos de que cualquiera publica cualquier cosa. Sin embargo, el estudio no habla únicamente de autores independientes. Habla de la producción editorial en su conjunto. También de las editoriales tradicionales, que cada año lanzan decenas de miles de novedades. Solo en narrativa se publican alrededor de nueve mil novelas al año. Si hacemos las cuentas, hablamos de unas ciento cincuenta cada semana. Veinte al día. Veinte novelas nuevas cada día. Es una cifra difícil de imaginar. Ninguna librería del mundo puede dar visibilidad a semejante cantidad de títulos. Ningún lector puede seguir ese ritmo. Ni siquiera los libreros, cuyo trabajo consiste precisamente en conocer los libros que venden, tienen capacidad material para leer, recomendar y defender semejante avalancha de novedades. OpiniónLa (enésima) muerte del libro Margarita LozanoDurante años se dijo que el problema era publicar. Encontrar una editorial parecía una carrera de obstáculos reservada para unos pocos afortunados. Hoy sucede casi lo contrario. Nunca ha sido tan sencillo convertir un manuscrito en un libro. Existen editoriales tradicionales, pequeñas editoriales independientes, impresión bajo demanda, plataformas de autopublicación, venta directa desde páginas web o gigantes como Amazon. Publicar ya no es el final del camino. Es el principio. Y quizá ahí esté el verdadero problema. Porque un libro no existe únicamente cuando se imprime. Existe cuando alguien lo abre. Lo demás son cajas. Lo saben bien los libreros. También los autores. Y, por supuesto, las editoriales. Hay libros magníficos que pasan completamente desapercibidos mientras otros ocupan escaparates, campañas publicitarias y listas de ventas durante meses. ¿Significa eso que los primeros son peores? En absoluto. Significa que vivimos en un mercado donde la atención del lector se ha convertido en el recurso más escaso de todos.No faltan libros. Faltan horas. Faltan ojos. Faltan lectores capaces de descubrirlos antes de que desaparezcan sustituidos por las novedades de la semana siguiente. Y esa velocidad tiene consecuencias. Muchos de esos libros que nunca llegaron a encontrar un lector terminarán destruidos. Resulta duro escribirlo, pero es la realidad. Permanecen un tiempo en almacenes, ocupando un espacio que cuesta dinero, hasta que finalmente son triturados para convertirse en pasta de papel. Pensar que una novela en la que alguien ha trabajado durante años puede acabar de esa manera produce cierto vértigo. Sobre todo porque detrás de cada libro hay una historia que casi nunca vemos. Meses de documentación. Madrugones. Correcciones. Reescrituras. Dudas. Renuncias. Ilusión. Y después, silencio. Quizá por eso nunca me ha gustado medir el éxito de un libro únicamente por sus ventas. Claro que vender importa. Sería absurdo decir lo contrario. Quien escribe desea ser leído. Quien publica espera recuperar su inversión. Las librerías necesitan vender para sobrevivir. Todo eso forma parte del mismo ecosistema. Pero también conviene recordar que las cifras no siempre hablan de la calidad de una obra. Todos conocemos novelas extraordinarias que apenas encontraron lectores en su momento y otras mucho más discretas que arrasaron en las listas de ventas. Vamos a dejar a un lado el nicho de las que han sido premiadas para otro momento. El mercado nunca ha sido un juez infalible de la literatura. La diferencia es que hoy la competencia resulta infinitamente mayor. Quizá la pregunta ya no sea si se publica demasiado o si se lee demasiado poco. Tal vez ambas cosas sean ciertas al mismo tiempo. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de publicar y, sin embargo, seguimos disponiendo de las mismas veinticuatro horas al día para leer. Eso convierte cada elección del lector en algo extraordinariamente valioso. Porque, en realidad, el milagro consiste en que, entre los miles que aparecen cada año, alguien entre en una librería, lo saque de una estantería, lea la contraportada y decida llevárselo a casa. Y la verdadera magia de todo esto reside en encontrar un lector dispuesto a regalarte unas cuantas horas de su vida. A fin de cuentas, te está dando su tiempo, lo único que ninguno de nosotros podrá recuperar jamás.