José Bejarano nació en Fuentes de Andalucía (Sevilla) y emigró con 11 años a Barcelona, donde empezó a trabajar en una farmacia con sólo 12 años. Estudió Ciencias de la Información, se hizo periodista y regresó a Sevilla en 1983, donde durante 25 años ejerció como corresponsal de La Vanguardia, el periódico impreso más leído en Cataluña. Premio Andalucía de Periodismo y presidente de la ONG Periodistas Solidarios, entidad que acaba de recibir la Medalla de la Provincia de Sevilla. Actualmente se encuentra en Guinea-Bissáu, donde dirige un proyecto de cooperación internacional al desarrollo. -Hijo de emigrantes, llegó a Barcelona con 12 años. ¿Qué le llamó más la atención de la ciudad? -Me llamó la atención la mala cara de todo el mundo, el frío y el color gris (era diciembre) que lo cubría todo, el asfalto, los árboles, las fachadas… y la prisa de gente que hablaba de forma extraña y que caminaba como autómata. En la estación de Francia había un trajín desconcertante, nadie conocía a nadie y parecía que todo el mundo estaba a punto de agredirte. Veía a un ladrón o a un asesino en cada esquina. -Ahora hay bastantes ladrones y delincuencia. Hasta los Mossos d`esquadra se quejan de que no dan abasto... -Es posible que sea verdad. Yo crecí en una sociedad extremadamente violenta porque la violencia estaba institucionalizada desde el propio aparato del Estado. Todo el mundo ejercía la fuerza: los niños grandes y fuertes nos pegaban a los pequeños o débiles, los padres a los hijos y a las mujeres, los maestros a los alumnos, los guaridas municipales y los guardias civiles a quien se le antojara... La violencia formaba parte de la atmósfera que se respiraba en mi infancia. Era una especie de ley de la jungla y es posible que estemos volviendo a algo así. -Llegó a Barcelona hace 61 años. ¿Qué es lo que más le llama la atención ahora de la ciudad? -La luminosidad de las calles y los edificios, el colorido con el que viste la gente, la diversidad de orígenes. La gente sigue yendo y viniendo a todo meter, pero ya no me siento agredido, sino acogido. Barcelona es una ciudad acogedora y cosmopolita. Lo más impresionante es viajar en el metro rodeado de gentes procedentes de todos los rincones del mundo. Lo más triste es ver el ensimismamiento de cada uno pendiente únicamente de la pantalla de su teléfono móvil. -¿Qué imagen se tenía de los andaluces hace seis décadas y qué imagen se tiene ahora? -No ha cambiado tanto como sería necesario. Quizá el cambio sea que los tópicos que antes nos aplicaban a los andaluces ahora se aplican a los sudamericanos, magrebíes o paquistaníes: vagos, analfabetos, pendencieros, bebedores, rateros, chistosos, frívolos… También los andaluces les ponemos a ellos las etiquetas que tanto nos molestaban a nosotros. -Las etiqueta de vagos y subsidiados que ya se aplicaba a los andaluces en la época de Jordi Pujol sigue aún presente en los políticos nacionalistas catalanes actuales? -Efectivamente sigue presente, pero los políticos nacionalistas catalanes no tienen la exclusiva. La etiqueta es compartida, aunque no lo digan públicamente, por muchísimos políticos más y hasta por sectores sociales que creen que en Andalucía la gente vive del cuento y no de trabajar duro. Estemos o no de acuerdo con los políticos nacionalistas y con una parte importante de la población, hay que reconocerles el mérito de defender lo que consideran suyo. A mí me duele mucho más que los andaluces no seamos capaces de defender lo nuestro. -¿En qué se parece más un andaluz a un catalán, y en qué se parece menos? -El hecho de nacer andaluz o catalán, español o peruano, negro o blanco no te hace ser serio o alegre, tacaño o desprendido, vago o trabajador. Son la personalidad de cada individuo y las condiciones de su vida las que lo configuran. Aunque aparentemente somos diferentes, los seres humanos reímos y lloramos por las mismas causas. Vivimos y matamos por lo mismo: el dinero, el amor, el poder, el sexo, aunque también existe la generosidad, la entrega y la solidaridad. No todo está perdido. -¿Siempre quiso ser periodista o hubo algo de azar en ese camino como en tantas otras cosas de la vida? -Nunca pensé en ser periodista hasta que me sorprendí a mí mismo matriculado en la facultad de Ciencias de la Información de la Autónoma de Barcelona. Desde que tuve conciencia quise escribir y escribía casi como una necesidad física. Fue un cliente de la farmacia en la que trabajaba desde los 12 años el que me animó a estudiar periodismo. Escribir y cambiar el mundo fueron las dos exigencias vitales de mi adolescencia. Por eso el periodismo no era una mala opción. -¿Y lo ha podido cambiar de alguna manera? -Muy poco. Apenas habré contribuido a paliar el sufrimiento de un puñado de seres humanos y hasta es posible que haya salvado la vida de alguno. Pero no he hecho más que cumplir con mi obligación de devolverle a la sociedad las oportunidades que me dio cuando no era más que un atribulado inmigrante pobre que buscaba un futuro mejor en la enorme Barcelona. -Regresa a Sevilla en 1983 después de casi 20 años. ¿Cómo recuerda la ciudad en esa época? -Bastante más provinciana que la Sevilla de ahora. Estaba empezando a bullir como capital de la Andalucía autonómica, con casi todo por hacer y con gente llegada de otras provincias andaluzas y hasta de Madrid atraída por el surgimiento de la política y del trabajo en la administración. Casi toda la Junta de Andalucía cabía aún en el reducido edificio de la calle Monsalves. Estaban llegando las primeras transferencias de Salud, Educación, Cultura. Obras Públicas… El mundo del periodismo, en parte de la mano de la política, despegaba con una fuerza nunca vista aquí. Había trabajo para cualquier periodista que llegara. Luego llegó Canal Sur y fue el acabose. -¿Cómo ve ahora Sevilla? -Sevilla es el Madrid de Andalucía, la capital de una gran comunidad. Para lo bueno y para lo malo. Sociológicamente, la Sevilla de ahora no tiene nada que ver con la de entonces, aunque parezca lo contrario. Una pena es que económicamente dependa tanto de los servicios y del turismo. En lo cultural permanece estancada en el pasado. Partiendo del principio de que el hecho de haber nacido en Sevilla no te hace ser de una determinada manera, también tenemos que tener en cuenta que en este momento hay más sevillanos de adopción que de nacimiento. Lo curioso de esta ciudad es su capacidad para digerir a todo el que le llega de fuera y convertirlo a la fe del sevillanismo. -¿A qué se refiere? -Algo así como un cierto exceso de ombliguismo paralizante que abunda en una parte de la ciudad. Contribuyen a ello la historia de la ciudad y su deslumbrante belleza. Estoy convencido de que no es una parte mayoritaria pero es la que monopoliza la imagen de la ciudad en su conjunto y eclipsa otras tendencias que también existen. -¿Qué le llevó a implicarse en la ayuda a los inmigrantes? - En realidad, nunca hubo nada premeditado. Un día de enero de 2007, en una aldea perdida de Guinea-Bissau haciendo un reportaje sobre la muerte de un emigrante en un cayuco que intentó llegar a Canarias, me puse a curar a una niña herida en una pierna. Cuando levanté la vista me encontré con una cola de personas enfermas que necesitaban ayuda. Les dije que no les podía ayudar porque soy periodista. Poco después me di cuenta de que les había dado una excusa. ¿Un periodista no puede ayudar a aquella gente? Cualquiera puede hacerlo, más aún sabiendo a qué puertas llamar y teniendo el respaldo de una organización como la Asociación de la Prensa de Sevilla. Todo vino de ahí y de la conciencia de ser un privilegiado que vive en la parte rica del mundo. No somos mejores ni tenemos más derechos que ellos por el hecho de haber nacido aquí. A todos nos han nacido, así que no es mérito propio, sino casualidad, suerte. -Hábleme del proyecto Laovo Candé que dirige en Guinea-Bissáu. -Volví a aquella aldea, llamada Candemba-Uri, pregunté cuáles eran sus necesidades más urgentes, empezamos llevándoles herramientas de campo para obtener mejores cosechas, luego construimos una escuela, al año siguiente un centro de salud, más tarde otra escuela, roturamos nuevos campos agrícolas, una granja, una emisora de radio en la capital de la provincia hecha íntegramente por mujeres, llevamos cinco contenedores con material sanitario y educativo, construimos nuevos accesos al hospital regional, un lavadero e instalamos regadíos en los huertos. Hemos creado un parque de bomberos en colaboración con Ekinbide, una ONG vasca, y acaba de regresar a España un equipo de casi veinte sanitarios de Almería que han hecho una labor impresionante. Son quince años de no parar y ahora la gente de toda la comarca dispone de un centro de salud en Candemba-Uri atendido por un médico y un enfermero. Nada de todo eso hubiese sido posible sin el apoyo económico de la Diputación de Sevilla, de la Mancomunidad de Municipios de Écija, de la Fundación Persán, de la ONCE, de la ONU y de decenas de voluntarios, además de la APS. -¿Qué es lo que más le ha conmovido de lo que ha visto allí, tanto en lo bueno como en lo malo? -He visto infinidad de cosas buenas y de cosas malas. -¿Me podría describir alguna? -Sacamos adelante a un niño condenado a una muerte segura si no hubiésemos intervenido. O la infinidad de sufrimiento quitado este mes de junio por el equipo sanitario o que haya cien niños y niñas escolarizados que comen todos los días en la escuela; o ciegos que han vuelto a ver; o contribuir a evitar matrimonios forzados en redactoras de Radio Mujer. De las malas, citaría el intento fallido de crear una panadería en la aladea o la dependencia que se tiende a crear con la ayuda comunitaria, si no se le ponen condiciones. -¿Ha podido ver allí de primera mano cómo las mafias se aprovechan de este drama para enriquecerse a costa de la muerte de muchas personas en el mar? -Nunca vi en ninguna parte eso que llaman «mafias de la emigración», sino la necesidad de ganar un futuro mejor en los ojos de los habitantes de África. Efectivamente, como ocurre en todo fenómeno masivo, hay quienes se lucran con la necesidad de una pobre gente que busca sobrevivir. Pero calificar eso de mafia me parece que no responde a la realidad y sirve para criminalizar todo lo que tenga que ver con la emigración. En los inicios de las pateras hubo intentos de asociar a los inmigrantes con el tráfico de hachís. Había gente empeñada en convencernos de que en las pateras traían drogas, cosa que no se vio nunca. Sí veo en cambio con claridad una mafia a este lado del Estrecho de Gibraltar que se aprovecha de la inmigración con fines electorales sembrando odio con el fin de cosechar votos. Esa mafia es la verdaderamente peligrosa. -¿La cooperación al desarrollo en los países de origen puede ser la solución a medio plazo para que tantas personas no se vean obligadas a abandonar sus hogares en busca de un futuro mejor? -La cooperación no es una tarea fácil ni es la solución definitiva, pero es lo menos que podemos hacer en este momento para, al menos, paliar los tremendos desequilibrios que existen y que son el origen de la emigración. Si la cooperación no pasa de la categoría de paliativo es porque la ayuda llega con cuentagotas. Otra cosa sería si hubiera cooperación de verdad y dotada con recursos abundantes capaces de modificar las realidades de los países empobrecidos. Pero los desequilibrios no hacen más que agrandarse. Frente a eso, hay quienes pueden mirar para otro lado y quienes no podemos. Nadie quiere dejar su casa atrás para arriesgarse a morir, acabar viviendo en un mundo desconocido y con excesiva frecuencia hostil. Si lo hacen es porque en sus lugares de origen les han robado el futuro para llevárselo a otra parte del planeta. Frente a eso, las alambradas y expulsiones no les van a parar y sólo servirán para hacerles sufrir aún más.