Final anticlimático. Noche dramática. Nueva pesadilla irlandesa. Hay demasiados calificativos negativos para describir el resultado del combate estelar del UFC 329 entre Conor McGregor (22-7) y Max Holloway (28-9) , que terminó a los 69 segundos por una lesión de The Notorious en su rodilla derecha tras lanzar una patada voladora en los primeros instantes del pleito. La velada que la UFC había vendido durante meses como el regreso del mayor fenómeno de su historia terminó convertida en una de las imágenes más amargas que se recuerdan dentro del octágono. Conor McGregor, ausente de la competición durante cinco años y decidido a demostrar que todavía tenía un lugar entre la élite, volvió a marcharse derrotado sin apenas haber podido competir. Una lesión volvió a cruzarse en su camino y obligó a detener el combate frente a Max Holloway al minuto y nueve segundos del primer asalto, dejando un desenlace tan inesperado como profundamente desastroso a nivel de espectáculo y negocio. No era el regreso que esperaba nadie, especialmente los 20.000 espectadores que habían pagado unas entradas de miles de dólares para ver en primera persona la redención del que fuera doble campeón simultáneo de la UFC. Tampoco el final que merecía una rivalidad de semejante magnitud. La expectativa acumulada durante un lustro se evaporó en cuestión de minutos, sustituida por el silencio de un público que pasó de la euforia a la incredulidad. La calificada probablemente como pelea más esperada del año terminó sin una resolución deportiva que permitiera sacar conclusiones sobre el verdadero nivel de McGregor tras tanto tiempo alejado de la jaula. El combate comenzó con The Notorious corriendo hacia Holloway y lanzando una patada voladora en la que, supuestamente y a falta de confirmación oficial, el irlandés se lesionó en su pierna derecha al caer. A partir de ahí, ya había perdido la estabilidad en su extremidad y, cada vez que intentó ir hacia adelante para sacar algún golpe de manos, se iba al suelo debido a la imposibilidad de mantenerse en pie. Lo intentó hasta en tres ocasiones. Incluso el hawaiano trató de lanzar algún puñetazo con McGregor en el suelo, pero ya era consciente de que el de Dublín estaba dañado y aquello tenía muy mala pinta. Pasado el minuto, el árbitro Mike Beltrán detuvo el combate ante la incredulidad de Max Holloway y de los millones de personas que observaban con atención el duelo. El irlandés regresaba con una enorme carga emocional sobre los hombros. Su última aparición había acabado de la forma más dramática posible, cuando en el cierre del primer asalto ante Dustin Poirier sufrió la terrorífica fractura de tibia y peroné que dio la vuelta al mundo. Aquella imagen, con McGregor sentado contra la reja mientras el árbitro detenía el combate, marcó el inicio de un largo proceso de recuperación física y mental. Cinco años después, el objetivo era borrar aquel recuerdo. Sin embargo, el destino y su caótica acción volvió a jugarle una mala pasada. Enfrente estaba Max Holloway, uno de los peleadores más respetados de la compañía y dispuesto a arruinar el regreso del hombre que cambió para siempre la dimensión comercial de las artes marciales mixtas. Pero ni siquiera el hawaiano pudo disfrutar de una victoria plena, pese a que se tomó su particular 'vendetta' al ganar la revancha de aquella derrota que le había propiciado el de Dublín en 2013. Ganó oficialmente, sí, aunque nadie quería que un combate de semejante trascendencia terminara condicionado por una lesión. El público acudía para ver un duelo entre dos leyendas, no un desenlace decidido por la fatalidad. «Es un animal. Poneros contentos que va a haber un McGregor vs Holloway 3. He trabajado mucho para estar en el peso wélter y esto es una pena», lamentaba el hawaiano todavía en el octágono. Para la UFC, el golpe va mucho más allá del resultado deportivo. «Estaba esperando al menos una guerra de un asalto... Estamos asumiendo que McGregor tiene un desgarro en el ligamento cruzado anterior (LCA). Los doctores piensan lo mismo también», señaló el presidente de la UFC, Dana White, tras el combate. Durante meses, toda la promoción del evento giró alrededor de la figura de McGregor. La empresa apostó buena parte de su maquinaria publicitaria por el regreso de la mayor estrella que ha tenido jamás. Entradas agotadas, cifras millonarias de recaudación, patrocinadores volcados y una repercusión mediática reservada para muy pocos eventos deportivos. Todo estaba diseñado para celebrar el retorno del irlandés. Se esperaba una redención histórica. En cambio, la cartelera quedó inevitablemente marcada por una sensación de vacío. Eso sí, para el irlandés, después de unos años de excesos y líos judiciales, llegar a entrar al octágono ya era una victoria personal . Sea como fuere, el problema de un final así no es únicamente quién gana o quién pierde. El gran perjudicado es el espectáculo. Los aficionados invierten tiempo, dinero e ilusión esperando una pelea que resuelva las incógnitas planteadas durante años. Cuando esa historia termina de forma abrupta, el sentimiento dominante es la frustración. No hay respuestas, no hay reivindicación ni confirmación del declive. Solo queda la sensación de que todo terminó antes siquiera de empezar. También se abre una incógnita enorme sobre el futuro de McGregor. Con 38 años, tras cinco temporadas sin competir y una nueva derrota marcada por los problemas físicos, resulta inevitable preguntarse si volverá a intentarlo o si esta representa el verdadero punto final de una carrera irrepetible. Nadie puede discutir el legado del irlandés, pionero en convertir la UFC en un fenómeno global y responsable de algunos de los mayores éxitos económicos de la organización. Pero el deporte rara vez concede finales perfectos. La UFC soñaba con una noche histórica que revitalizara a su icono más rentable. McGregor aspiraba a demostrar que todavía podía competir con los mejores. Holloway quería añadir otro triunfo legendario a su carrera. Ninguno obtuvo realmente lo que buscaba. Lo que debía ser una celebración terminó siendo una despedida amarga, un desenlace frío y profundamente anticlimático para una historia que merecía resolverse con los puños y no con la desgracia. Así terminó el regreso más esperado de la última década: con una lesión, un estadio en silencio y la incómoda sensación de que el mayor espectáculo del año se quedó sin función. Al fin y al cabo, el drama también forma parte del deporte .