Summer McIntosh entierra los bañadores de goma

Wait 5 sec.

Hay récords del mundo que son simplemente eso: el mejor crono que un ser humano ha sido capaz de conseguir en toda la historia. Y hay otros que terminan convirtiéndose en toda una metáfora. Durante casi 17 años, los 2:01.81 que la china Liu Zige estableció en los 200 mariposa parecían pertenecer a una dimensión distinta de la natación. No era únicamente la plusmarca más antigua del programa femenino; era el último vestigio de una revolución tecnológica que cambió este deporte para siempre y que obligó a reescribir sus reglas. Esa plusmarca ha dejado de existir. La canadiense Summer McIntosh , con unos extraordinarios 2:01.65 logrados en los Trials que se disputan esta semana en Montreal, ha borrado el último récord femenino heredado de la era de los bañadores de poliuretano. Duane da Rocha, campeona de Europa de 200 espalda, recibe la noticia del récord y confiesa a ABC su escepticismo ante el acierto de aquella decisión. «Yo nadé con aquellos bañadores, ¿Y sabes qué? Aún no tengo claro que aquella prohibición fuera una decisión correcta. La verdad es que si me preguntan mi opinión a día de hoy, diría que no lo sé. No sé si fue acertado. En aquella época no le di muchas vueltas, y ahora… pues, uf, han pasado más de 15 años! No sé». Patricia Castro, subcampeona de Europa, no coincide con Da Rocha. «Yo creo que sí fue una buena idea prohibir aquellos bañadores. Creo que ahora la natación es más real, hay más igualdad de oportunidades. En realidad, aquellos bañadores favorecían mucho a alguna nadadora, pero a otras, no. Y respecto a McIntosh, buah! Éste es un récord de otro planeta!». María Peláez, campeona de Europa de 200 mariposa, llama la atención sobre otro aspecto. «Con aquellos bañadores de plástico nos dimos cuenta de que todo aquello era completamente artificial. Estuvo bien la prohibición, pero a la vez hubo algo injusto. Creo que se debería haber vuelto a la tabla de récords mundiales anterior al uso de aquellos bañadores. Habría sido más justo para toda una generación de nadadoras y ¡quién sabe si así Mireia Belmonte habría logrado el récord mundial de 200 mariposa…!». La importancia de la nueva plusmarca va mucho más allá de las 16 centésimas de diferencia con Liu Zige. Lo que McIntosh ha derribado es el último símbolo de aquellos años en los que la tecnología parecía haber oscurecido el talento. Entre 2008 y 2009, la natación vivió una explosión sin precedentes. Los llamados 'superbañadores', confeccionados con poliuretano y otros materiales que comprimían el cuerpo, mejoraban la flotabilidad y reducían la resistencia al agua, transformaron las grandes competiciones en una lluvia continua de récords. Solo en los Mundiales de Roma 2009 cayeron más de 40 plusmarcas mundiales, un fenómeno irrepetible que provocó un profundo debate sobre dónde terminaba el mérito del deportista y dónde empezaba el de los nuevos materiales. La reacción de la FINA fue contundente. A partir del 1 de enero de 2010 prohibió aquellos bañadores y devolvió la competición a los tejidos textiles tradicionales. La decisión era casi una enmienda a la totalidad de una etapa que había alterado la esencia del deporte. Sin embargo, las plusmarcas permanecieron. Los récords no desaparecieron y las nuevas generaciones tuvieron que convivir durante años con registros trucados. Una tras otra fueron cayendo las plusmarcas. Hubo quien pensó que tardarían décadas, pero el progreso del entrenamiento, la biomecánica, la preparación física y el talento acabaron imponiéndose. Solo resistía uno. El de Liu Zige parecía inmune al paso del tiempo. No sólo porque había sido logrado con ayuda del poliuretano, sino porque exigía una combinación casi perfecta de velocidad, resistencia y técnica en uno de los estilos más exigentes de la natación. Era, en cierto modo, el Everest de la piscina. Por eso resulta especialmente simbólico que haya sido Summer McIntosh quien firmara el último capítulo de esta historia. La canadiense no ha necesitado ninguna revolución tecnológica para convertirse en una de las grandes dominadoras de la natación contemporánea. Con apenas 19 años ya suma tres oros olímpicos y ocho títulos mundiales, además de cuatro récords del mundo individuales. Su progresión es tan extraordinaria que muchos especialistas la consideran la nadadora más completa de su generación. En cierto modo, la relación de la canadiense con este récord tiene algo de obsesión deportiva. El pasado año ya se quedó a sólo 18 centésimas de alcanzarlo y reconoció entonces que era la plusmarca que más ilusión le hacía conquistar. No era una cuestión estadística. Era una frontera histórica. Sabía que, mientras ese registro siguiera en pie, la sombra de los bañadores de goma seguiría proyectándose sobre la natación. Esta semana, cuando Summer tocó la pared en Montreal y miró el marcador, la emoción fue inmediata. No celebraba únicamente otro récord mundial. Celebraba haber cerrado una etapa que comenzó cuando ella apenas era una niña. Después reconoció que durante mucho tiempo había considerado aquella marca prácticamente imposible. Esa confesión explica mejor que cualquier análisis la dimensión de su logro. Existe una hermosa paradoja en todo esto. Los bañadores de poliuretano nacieron con la intención de acelerar el futuro de la natación. Lo consiguieron, pero al mismo tiempo congelaron parte de su pasado. Sus récords permanecieron como una referencia incómoda, un recordatorio permanente de un periodo en el que la innovación tecnológica había adquirido demasiado protagonismo. Durante más de tres lustros, cada nueva campeona competía también contra el fantasma de aquellos cronómetros. Hasta que apareció McIntosh. La desaparición del último récord femenino de la era de la goma tiene también un enorme valor simbólico para la credibilidad del deporte. La natación necesitaba demostrar que el cuerpo humano podía llegar, por sus propios medios, allí donde una generación había llegado ayudada por una tecnología posteriormente prohibida. Los récords seguirán cayendo porque esa es la naturaleza del deporte. Llegarán otras campeonas, otras generaciones y nuevos cronómetros. Pero el que acaba de superar McIntosh, quien se prepara para los PanPacific que se celebrarán en agosto en California, tendrá un significado especial. No sólo establece una nueva referencia en los 200 mariposa. Cierra definitivamente una de las etapas más controvertidas de la historia de la natación. Desde esta semana ya no quedan récords femeninos nacidos bajo la protección de aquellos bañadores de goma. La piscina, por fin, ha saldado una deuda con su propia historia. Y la última página la ha escrito una nadadora de 19 años que pretende demostrar que, al final, el talento verdadero siempre acaba alcanzando a la tecnología.