El suplente del juez Peinado, Antonio Viejo, ha tomado una de esas decisiones que desde que que el mundo es mundo se consideran salomónicas: Begoña Gómez, la esposa del presidente Pedro Sánchez, podrá ir a Londres a la graduación de su hija, pero no se le ha facilitado que acuda a Ankara, la capital turca, a la cumbre de la OTAN que arranca hoy. Tal vez, solo tal vez, el sentido común hacía pensar que, de haber una de cal y otra de arena, la decisión sería la contraria, que el juez le facilitaría el pasaporte a Begoña Gómez para que pudiera asistir al acto oficial –el de Ankara– y no al privado –el de Londres–, aunque parece que el juez Viejo ha tenido más en cuenta su condición de madre que la de esposa de un alto mandatario.Todo el mundo tiene derecho a sus vacaciones, desde luego, pero este parece uno de esos temas a los que el juez Peinado, teniendo en cuenta la resonancia que está teniendo el caso –incluida su propia instrucción–, debería haber buscado un hueco y haber sido él quien tomara una decisión. 'Lo del pasaporte de Begoña' se ha convertido en una de esas serpientes de verano que con el contenido global que prestan las redes sociales se creía terminado.Qué va. La decisión del juez Peinado de imputar a Begoña Gómez por cuatro supuestos delitos relacionados con la cátedra que ostentó –o detentó, según se mire– en la Universidad Complutense de Madrid (estamos hablando de tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida y malversación de caudales públicos) ha sido, sin duda, muy dura para la interesada y para Pedro Sánchez pero, a la espera de que se sustancie en los tribunales, ha dejado algunos momentos realmente extraños, como el del pasaporte, tanto por el hecho en sí mismo de establecer dicha medida –algo inédito en la figura de la pareja del presidente– como por parte del razonamiento: es muy random, como dice ahora la muchachada, lo de argumentar la retirada del pasaporte en que Begoña Gómez podría recibir ayuda para escaparse precisamente de la escolta de Policía Nacional que tiene por motivos obvios.En realidad, las horas y horas de debates y tertulias que pueblan de la mañana a la noche las cadenas de televisión y radio, con desigual calidad en cuanto a sus contenidos, no hacen sino llevar el tema a cotas que rozan el esperpento: sin ánimo de hacer gracia, estos días se ha oído desde que Begoña Gómez podría intentar 'hacerse' un Julian Assange y pedir refugio en alguna embajada –vaya, que el presidente Sánchez se volvería a España solo en el avión dispuesto a seguir con sus quehaceres como si nada– o incluso desde Ankara, una ciudad bien metida en Asia, no habría mucho problema en cruzar "las montañas" (así, casi en abstracto, al borde de la ensoñación), y nada, a empezar una nueva vida tras eludir a la justicia española. Ese es el nivel.Un mundo extrañoEn realidad, 'lo del pasaporte de Begoña' está en línea con otras situaciones extrañas que se están produciendo los últimos días en distintos puntos del mundo. Es comprensible la dificultad para entender desde fuera todo lo relacionado con este asunto que, por ahora, tiene el episodio del pasaporte de la esposa del presidente del Gobierno como aspecto más llamativo, pero igual de extraño resulta que en Francia la gran favorita para ganar las próximas elecciones presidenciales, Marine Le Pen, tuviera que hacer la campaña electoral con una pulsera geolocalizadora tras haber sido condenada a 15 meses de inhabilitación por malversación de fondos de la Unión Europea o te enteras de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llama al de la FIFA para que le haga un arreglito y se levante la sanción a uno de los jugadores de su país o, incluso, sin movernos un ápice de la cumbre de la OTAN en Turquía, la vuelta a la carga del propio Trump con la soberanía de Groenlandia...