Que Brasil quede eliminada de un Mundial en octavos siempre es noticia. Si quien te elimina es Noruega, el sorpresón es morrocotudo. Si, además, los vikingos te bailan con el balón en los pies durante muchos minutos el seleccionador de Brasil tiene un problema. Y Carlo Ancelotti está fuera del mundial porque Haaland tocó dos balones y metió dos goles después de que ante Japón ya se le apareció la virgen de Martinelli en el último suspiro. Ancelotti tenía, desde hacía tiempo, entre ceja y ceja (nunca mejor dicho) ser seleccionador de Brasil. Ya cuando le invistieron Doctor Honoris Causa en Parma, en 2023, el presentador del acto desveló que el entonces técnico del Madrid se iría para Brasil. Ganó la Champions y pospuso, un año, el salto al otro lado del Atlántico. Una vez allí, con su hijo al lado, pero sin Pintus como preparador físico, el fútbol de Brasil ha dejado mucho que desear. Basar el centro del campo en un Casemiro al que se le está pasando el arroz es dar ventaja al rival. Convocar a Neymar tuvo más de ONG que de ambición real de ganar el campeonato. Por el camino, perdió a los lesionados Paquetá y Raphinha y se tuvo que encomendar a Vinicius. El madridista, que estaba haciendo un buen Mundial, no chutó el penalti ante Noruega porque Carleto decidió que, durante el año, los ejecutaba mejor Bruno Guimaraes. No contó que, en su vida, el centrocampista solo había chutado tres penas máximas. La situación de descontrol por parte del entrenador era total. Sabe mal que termine así uno de los grandes, que además se integró tanto que cantaba la letra del himno de Brasil como si, en lugar de haber nacido en Reggiolo, hubiese nacido en Pelotas. Pelotas (Rio Grande do Sul).Leer más]]>