La selección juega en Los Ángeles , pero este viernes también lo hace en toda la geografía española, como en el corazón de Madrid. Miles de personas comenzaron a reunirse desde horas antes en la Plaza de Colón, convertida durante el Mundial en Plaza Selección, para vivir juntos los cuartos de final ante Bélgica. Familias enteras, grupos de amigos, turistas y aficionados llegados de distintos puntos de la capital fueron ocupando poco a poco el recinto hasta teñirlo de rojo. A una hora del comienzo del partido, una larga cola rodeaba los accesos mientras dentro ya se respiraba ambiente de gran cita. La fiesta comenzó mucho antes del fútbol. Entre puestos de comida, barras, actividades para los aficionados y la exposición con algunos de los grandes tesoros de la selección española como los trofeos de las eurocopas, la Nations League o la camiseta que llevó Andrés Iniesta en la final del Mundial de 2010, la música fue calentando el ambiente. Sonaron canciones de distintas generaciones, desde Raphael o El Canto del Loco hasta Quevedo, coreadas por buena parte de los presentes. Poco antes del inicio apareció en las pantallas un mensaje grabado de Luis de la Fuente para los aficionados congregados en Colón. «Queremos hacer algo grande. Muchas gracias por vuestro apoyo. ¡Vamos España!», lanzó el seleccionador. Después llegaron los himnos y los primeros cánticos de una afición que convirtió el centro de Madrid en una pequeña grada al aire libre. El encuentro, sin embargo, tardó en encender a la plaza. España dominaba, pero las ocasiones apenas aparecían y el público seguía el partido con más expectación que pasión. Todo cambió pasada la media hora. El gol de Fabián Ruiz desató la locura. Miles de personas saltaron, gritaron y se abrazaron sin importar si se conocían o no. Volaron gorras y vasos mientras el ya clásico «lo, lo, lo» de Seven Nation Army recorría el recinto. Durante unos minutos, cada ataque español levantó a la multitud. El golpe llegó poco después. El empate de Bélgica silenció de golpe una plaza que apenas unos minutos antes celebraba. La sorpresa se apoderó del ambiente y muchos se quedaron inmóviles mirando la pantalla. «No pasa nada, estamos bien», intentaba convencer un aficionado a quienes tenía alrededor. Con el descanso, la gente aprovechó para acercarse a las barras, buscar algo de comida o sentarse unos minutos mientras la música volvía a sonar. Colón había pasado de la euforia al silencio en apenas diez minutos, pero todavía quedaba toda una segunda parte por delante. La reanudación llegó acompañada de un contratiempo inesperado. Antes de que comenzara la segunda parte, la organización anunció por megafonía que un problema técnico impedía ofrecer la señal del encuentro. Las caras de incredulidad se extendieron por el recinto y durante varios minutos miles de personas esperaron pendientes de la pantalla. La imagen regresó con el partido ya avanzado y la recuperación de la señal fue recibida con una ovación. A partir de ahí, la tensión fue ganando espacio. Cada acercamiento de España se gritaba casi como un gol y, conforme avanzaban los minutos, aparecieron las primeras uñas mordidas, los resoplidos y las manos en la cabeza. La salida de Courtois por lesión fue interpretada por buena parte de los aficionados como una oportunidad y provocó una celebración tan sonora como inesperada. La escena de Colón se repetía, con distintos matices, en otros puntos de Madrid y de toda España. El Ayuntamiento instaló también dos pantallas gigantes en Madrid Río y numerosas ciudades habilitaron plazas y recintos para seguir a la selección. Incluso en el Mad Cool , una pantalla colocada de espaldas al escenario principal reunió a muchos asistentes, que siguieron el partido con Pixies sonando de fondo. España jugaba a miles de kilómetros, pero durante unas horas volvió a reunir a buena parte del país frente a una pantalla. En Colón, la noche se vivió entre canciones, abrazos, silencios, nervios y esa forma tan particular que tiene el fútbol de convertir a miles de desconocidos en una sola grada.