Gianni Infantino, presidente de la FIFA, estuvo en la Casa Blanca en la toma de posesión del presidente Donald Trump en el actual mandato. Ahí, sentándose en la mesa de los Bezos y los Zückerberg, entendimos que a la larga habría contrapartida. Meses después y viendo el disgusto de Trump por no ganar el Premio Nobel de la Paz, Infantino se inventó un galardón tan rimbombante como vacío de contenido para dárselo a Trump como consolación. Un trofeo estéticamente feo “por haber promovido la paz y la unidad en todo el mundo”. Ahí ya vimos que Infantino ya era algo más que un títere del hombre más poderoso del planeta. Durante el Mundial y ya antes del caso Balogun, Infantino había quedado retratado y descalificado. Veníamos de mundiales disputados en Rusia y en Qatar, donde los derechos y las libertades de aficionados y futbolistas se podían ver afectados. Pero todo fue como una seda en comparación con lo que está pasando en EE.UU. El maltrato a la expedición de Irán, que debía alojarse en México y no podía estar más de 24 horas en la ciudad norteamericana donde jugaba el partido, fue un ejemplo. Lo del árbitro somalí, Omar Artan, vetado y excluido del Mundial fue otra vergüenza de la que Infantino se lavó las manos. A uno de los mejores colegiados del mundo no le dieron de pitar, ni tan siquiera, algún encuentro en Mexico o en Canadá. Leer más]]>