A más de setenta metros de altura, donde la humedad cambia, la luz es más intensa y el viento mueve las ramas que dominan el dosel de la selva, algunos de los árboles más altos del planeta continúan realizando una tarea tan cotidiana como extraordinaria: elevar agua desde las raíces hasta la última hoja. Durante décadas, los científicos pensaron que aquella proeza hidráulica tenía un precio. Cuanto mayor era el árbol, más difícil debía resultar mantener ese flujo continuo y, por tanto, más vulnerable tendría que ser frente a las sequías. Sin embargo, un estudio internacional publicado en la revista Science revela que los árboles tropicales gigantes poseen un sistema hidráulico tan eficiente como el de ejemplares mucho más bajos de la misma especie. La investigación, liderada por la Universidad de Exeter y con la participación del CREAF, desmonta una de las hipótesis más aceptadas en ecología forestal y aporta una noticia esperanzadora en un momento en el que el cambio climático está intensificando la frecuencia y la duración de las sequías en numerosas regiones del planeta. Entre las especies analizadas figuran algunos de los auténticos gigantes de las selvas del sudeste asiático, como el kapur (Dryobalanops lanceolata) o el white seraya (Parashorea malaanonan), ambos pertenecientes a la familia de las dipterocarpáceas, que pueden superar los setenta metros de altura y dominar el dosel forestal durante siglos. ¿Cómo consigue el agua ascender desde las raíces hasta unas hojas situadas a la altura de un edificio de veinte plantas? La explicación reside en el xilema, el tejido conductor que transporta el agua y los minerales por el interior del árbol. «Los árboles cuentan con un sistema circulatorio, el xilema, formado por miles de conductos microscópicos. Cuando las hojas transpiran, se genera una tensión que hace ascender el agua desde las raíces, de forma parecida a cuando bebemos con una pajita», explica Maurizio Mencuccini, investigador ICREA del CREAF y único coautor español del estudio. El trabajo demuestra que, pese a la enorme altura que alcanzan estos árboles, ese sistema sigue funcionando con una eficacia sorprendente. La clave no reside solo en la fuerza con la que el agua asciende, sino en la forma en la que estos árboles han modificado su propia anatomía para reducir las dificultades que impone la altura. Los investigadores comprobaron que los conductos del xilema no mantienen el mismo tamaño a lo largo del tronco y que conforme descienden desde la copa hasta la base, se ensanchan progresivamente, reduciendo la resistencia al paso del agua y facilitando su transporte hacia las ramas superiores. Pero el árbol no solo actúa sobre sus «tuberías», sino que también modifica el comportamiento de sus hojas. «Lo consiguen modificando la concentración de compuestos disueltos en sus células, como sales y azúcares, para retener más agua», señala Mencuccini. Gracias a este mecanismo, las hojas tardan más en deshidratarse y pueden seguir funcionando durante más tiempo incluso cuando el suministro de agua disminuye. Esta capacidad permite mantener la fotosíntesis durante más tiempo y retrasar los efectos del estrés hídrico, una ventaja especialmente importante en un escenario climático en el que las sequías son cada vez más frecuentes. Detrás de este descubrimiento hay años de trabajo de campo en uno de los ecosistemas más complejos del planeta. El equipo científico estudió 38 árboles pertenecientes a cinco especies de dipterocarpáceas en las selvas de Borneo malasio. La muestra incluía ejemplares de entre siete y setenta y un metros de altura, lo que permitió comparar individuos jóvenes con auténticos gigantes centenarios. Para acceder a las copas fue necesario utilizar técnicas especializadas de escalada mediante sistemas de doble cuerda. Una vez allí, los investigadores midieron diferentes parámetros relacionados con el transporte de agua, la resistencia hidráulica y la tolerancia a la sequía. Además, aprovecharon un episodio natural excepcional: la intensa sequía asociada al fenómeno de El Niño entre 2023 y 2024. Así, analizaron cómo crecieron los árboles antes, durante y después de aquel periodo de escasez de agua para comprobar si la altura condicionaba realmente su respuesta. La altura, por sí sola, no incrementó su vulnerabilidad frente a la sequía. Los investigadores consideran que estas estrategias podrían no ser exclusivas de las dipterocarpáceas asiáticas. Es posible que otras especies de gran tamaño hayan desarrollado mecanismos similares para compensar las limitaciones que impone la altura. Entre las incógnitas que abre el trabajo figura la posibilidad de que procesos parecidos aparezcan también en otros tipos de bosques, incluidos algunos ecosistemas mediterráneos donde las sequías son cada vez más intensas como consecuencia del calentamiento global. Responder a esa pregunta requerirá nuevos estudios, pero el descubrimiento ya obliga a replantear una idea asentada durante décadas en la fisiología vegetal. Pero importancia del hallazgo no reside solo en comprender mejor el funcionamiento interno de los árboles. Aunque representan alrededor del uno por ciento de los individuos presentes en los bosques tropicales, los árboles de mayor tamaño almacenan más de la mitad del carbono retenido en la vegetación de estos ecosistemas. Su desaparición tendría consecuencias inmediatas para el equilibrio climático pues cuando uno de estos árboles muere deja de capturar dióxido de carbono y, con el tiempo, parte del carbono almacenado en su madera vuelve a la atmósfera durante el proceso de descomposición. Por eso, mejorar las estimaciones sobre su capacidad para soportar las sequías resulta fundamental para elaborar modelos climáticos más precisos. Según los autores, muchos de los modelos actuales podrían estar sobrestimando el riesgo de mortalidad de los árboles gigantes porque no incorporan estas adaptaciones hidráulicas descubiertas ahora. «Estos resultados podrían contribuir a mejorar las predicciones sobre cómo responderán los bosques tropicales a las sequías futuras», señala Mencuccini. Pero además, las enormes copas crean hábitats únicos donde viven aves, mamíferos, insectos, reptiles y una enorme diversidad de plantas epífitas, como orquídeas o helechos. Cada árbol centenario funciona como un pequeño ecosistema suspendido sobre el suelo del bosque y regulan la temperatura, la humedad y la entrada de luz en los distintos estratos de la selva, condicionando el crecimiento de nuevas generaciones de árboles y contribuyendo a mantener la compleja arquitectura del bosque tropical. La pérdida de estos gigantes supondría, por tanto, un efecto dominó sobre buena parte de la biodiversidad que depende de ellos.