A la altura de los ojos

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Cuatro años, los transcurridos desde el Mundial de Catar, el que cerró el portero de Argentina haciendo el argentino , no solo son suficientes para que la realización televisiva incorpore alguna innovación con la que sorprender al aficionado, sino excesivos en una era marcada por el aturdimiento que provoca una revolución tecnológica a la que le cuadra, como a un partido de fútbol, aquello de 'minuto y resultado' y en la que das una cabezada y te despiertas en una dimensión desconocida un cuarto de hora antes. Parafraseando a Juanito, «quattro anni son molto longo» en un tiempo de disrupciones, como llaman los pobres disruptados a las cosas que ven por el móvil según se incorporan de la cabezada en la que viven de forma permanente, hechos un lío de pelotas, por lo del fútbol y por lo demás. Lo mismo es todo mentira; igual no nos estamos enterando de la misa la media y lo que dan por la tele es una creación de la inteligencia artificial que no se corresponde con una realidad ya superada por el entretenimiento que proporcionan las alternativas contrahechas, pero de momento da la impresión de que el tiempo se ha detenido, con la hora de Catar, donde van por detrás en el tema de los husos, en unas retransmisiones cuyo corte clásico, incluso alcanforado, produce desasosiego. Cuando lo de la tele en color, época previa al 'streaming' –cómo estaba el Metro de Madrid la tarde del martes, mientras jugaban Egipto y Argentina– tenían los profesionales del medio la buena costumbre de aportar, cada cuatro años, los que transcurrían entre unos Juegos Olímpicos o un Mundial de Fútbol, los hallazgos que habían ensayado para asombrar al público a través de planos y secuencias hasta entonces inéditos, hoy normalizados en el paisaje teledeportivo. El Mundial que nos están dando, en cambio, es el tráiler del fin de la historia de Fukuyama, delantero de la selección de Japón. Muy hábiles y ocurrentes, además de enfocar a famosos y tías buenas, los realizadores de este 2026 les han puesto a los árbitros una cámara a la altura de los ojos cuya señal, presuntamente rompedora, remite a los videojuegos de hace diez temporadas y es un absoluto desatino. Eso ya lo hizo Canal + el siglo pasado, cuando Santamaría incrustó sus minicámaras en el chalequillo de los toreros, y tampoco dio mucho de sí. O está todo inventado, ya sea en el sentido clásico o en el de la IA, o mejor enfocamos a la grada. Ahí todavía hay tema y partido.