Acaba de comenzar el mes de julio y el riesgo de incendios en España es extremo, con y sin ola de calor. Como si fuera finales de agosto. Un invierno muy lluvioso, que ha permitido crecer la vegetación, seguido de repetidos episodios de altas temperaturas han llenado de combustible seco el monte. «Está en perfectas condiciones para arder», asegura Ana Belén Noriega, decana-presidenta del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales y Graduados en Ingeniería Forestal y del Medio Natural. En las últimas semanas, los dispositivos de extinción se han desplegado por toda la Península Ibérica, luchando contra focos en Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia, Extremadura o Andalucía, donde este viernes el fuego en Almería ha causado la muerte de al menos doce personas. Pero el mapa de riesgo de incendios que elabora diariamente la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) y que tiene en cuenta no solo la temperatura del aire, sino también la humedad, la velocidad del viento o las precipitaciones, lleva ya muchas jornadas teñido en gran medida de rojo y naranja, lo que indica que la mayor parte del país está en peligro alto o extremo de incendio. «Hemos entrado en julio con una situación [de riesgo] similar a finales de agosto», resume José Ángel Núñez, portavoz de la Aemet. Las condiciones de las que parte España este 2026 son malas. Enero y febrero registraron más del doble de lluvia de lo normal, tratándose del primer bimestre de año más lluvioso de los últimos 47 años. El paso continuo de borrascas atlánticas sirvió para llenar los embalses y favoreció el crecimiento de la vegetación, pero a partir de ese momento, la llegada de precipitaciones se ha frenado drásticamente. En cambio, los episodios de altas temperaturas se han repetido y no han sido en balde. Dos olas de calor excepcionales, la primera en junio y la segunda en los primeros días de julio, además de un episodio cálido en mayo, han adelantado el inicio del periodo de máximo riesgo de incendios al secar la vegetación y evaporar la humedad del suelo. La teoría dice que dos o tres meses de altas temperaturas consumen la humedad del campo. El problema es que este 2026, «el verano térmico ha empezado muy pronto», explica Núñez. Llevamos cuatro meses cálidos, y los dos últimos con episodios excepcionales de calor, así que en los montes ya solo queda «combustible muerto», resume Núñez. «Hemos tenido 30 grados en abril en Andalucía y Extremadura», recuerda la decana-presidenta. Habitualmente era a finales de agosto cuando las condiciones de baja humedad, sequedad de la vegetación y altas temperaturas disparaban el riesgo de incendios a máximos. Pero hoy esas condiciones llegan cada vez antes, concuerda Noriega. «Hay un proceso de adelantamiento del estrés hídrico, que antes era clásico de agosto y ahora se está anticipando», cuenta Carlos del Álamo, ingeniero de Montes, exconsejero de la Xunta de Galicia y quien creara el primer plan de lucha contra incendios en esa comunidad. Esta caída en la humedad de la vegetación, defiende, es muy importante en la propagación del fuego, ya que lo favorece (aunque no lo inicia). Las cifras Las cifras del Ministerio para la Transición Ecológica refrendan la idea: tanto el número de grandes incendios (15 contabilizados a 5 hasta el 5 de julio) como el de superficie quemada (50.750 hectáreas) están por encima de la media de los últimos diez años a estas alturas del año (7 grandes incendios y 37.790 ha respectivamente). «La tendencia es tener más amplios periodos de calor intenso, combinado con aparato eléctrico y tormentas, que provocan situaciones muy complicadas», amplía Noriega. La falta de prevención, el abandono rural y el cambio de usos del monte también favorecen la acumulación del material vegetal, en especial el combustible fino. «Es lo primero que meterías a una hoguera para que empiece a arder, y eso es lo que tenemos. Hace que el incendio sea mucho más fácil de propagar», explica la ingeniera forestal. La percepción de los expertos es que el riesgo de incendios se está adelantando en el tiempo y que, incluso, la respuesta de la vegetación al fuego se «está acelerando». Así lo trasladó en una reciente jornada celebrada en Madrid Enrique Rey Van Den Bercken, técnico del Centro para la Defensa contra el Fuego (CDF) de la Junta de Castilla y León. «Hay una percepción de que la respuesta de la vegetación respecto a la sequía se está acelerando -indicaba Rey-. No tenemos datos, pero la vegetación, al menos en ciertas zonas, responden mucho más rápido a lo que dicen los índices o los patrones normalizados». En primera línea del fuego, los expertos están viendo que el terreno pasa en cuestión de mes y medio de una situación favorable por tener humedad acumulada, a otra crítica, en la que la vegetación arde con extrema facilidad tras sufrir intensas olas de calor. Los incendios récord del pasado año fueron muestra de ello. Hubo abundantes lluvias en la primavera que hicieron que, a 1 de junio, la situación de partida fuera la tercera más favorable en once años. En dos meses, sin embargo, todo había cambiado radicalmente y era «la situación más extrema que puedas vivir», contó Rey. «Todo lo que vino después en agosto fue causado por las olas de calor y esa situación tan extrema meteorológica de junio y julio en muy corto plazo». «El comportamiento extremo de los incendios forestales que estamos observando en España está estrechamente relacionado con las condiciones meteorológicas de la ola de calor extremo», dice Thomas Smith, profesor asociado de Geografía Ambiental en la London School of Economics and Political Science (LSE), en declaraciones a SMC. El comportamiento del fuego, como la rapidez con la que se propaga y la intensidad con la que arde se ve muy influido por el clima. Pequeños cambio en las temperaturas son capaces de aumentar «exponencialmente» parámetros como el tamaño de las llamas, explica. «Cuando las condiciones meteorológicas alcanzan niveles récord, debemos esperar que el comportamiento de los incendios también alcance niveles récord». Especialmente, cuando se unen todas las condiciones propicias para el fuego. Lo que está claro, concluye del Álamo, es que España está ante un cambio de paradigma. «Hay que cambiar los enfoques», dice. Hoy, limitarse a apagar el fuego en el monte se queda corto.