Una alianza imprescindible

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Estados Unidos fue una invención del espíritu europeo hace doscientos cincuenta años que, con el tiempo, se convirtió en una unión muy exitosa. A su vez, tras la Segunda Guerra Mundial, el apoyo de Washington fue esencial para iniciar el proceso de integración del viejo continente. También desde Estados Unidos se impulsó la creación de una alianza atlántica que garantizase la seguridad de Europa Occidental. Hoy los lazos humanos, políticos y económicos entre las dos orillas del antiguo Mar Océano conforman una interdependencia difícil de deshacer, que mejora a diario la vida de estadounidenses y europeos, por mucho que estos vínculos se sometan a prueba . Los europeos pueden estar orgullosos de lo conseguido durante los últimos setenta y cinco años de integración: paz y prosperidad compartida con democracia e imperio de la ley. Pero a la Unión Europea y sus estados miembros les cuesta reinventarse en un nuevo tiempo geopolítico de rivalidades entre potencias. Sus políticas no están diseñadas para los retos actuales y tampoco sus instituciones. No disponen de un poder ejecutivo comunitario que pueda tomar decisiones con la rapidez y la legitimidad que demanda un entorno internacional adverso, donde existen, no obstante, oportunidades para la proyección exterior europea. Los países europeos tienen más poder blando o de atracción que Estados Unidos o China, así como mayor potencial para trabajar con aliados muy diversos. Europa debe hacer frente a un cambio histórico, el debilitamiento de un orden internacional basado en normas y la entrada en otro en el que tiene que gestionar múltiples riesgos y vivir con mucha más incertidumbre, un concepto definido por la prosa poética de Donald Rumsfeld como lo que «no sabemos que no sabemos». La prosperidad global cede su sitio a la seguridad nacional como el imperativo dominante y la revolución tecnológica tiene un impacto horizontal y gigante que aún desconocemos en todas sus dimensiones. Cuando a nuestros dirigentes se les recuerda que deben abordar de forma urgente reformas para obtener al mismo tiempo seguridad, competitividad y un modelo social sostenible, con frecuencia tratan esta advertencia como demasiado pesimista o excesivamente utópica. Pero ni la complacencia ni el fatalismo sirven para construir el futuro. La metamorfosis europea pendiente es urgente por el inicio de una segunda guerra fría. Estados Unidos y China, dos sistemas políticos que se consideran incompatibles entre sí, se disputan la hegemonía global. Por otro lado, el expansionismo ruso no ceja, un buen número de países del llamado Sur Global tienen cada vez más que decir sobre el destino de la humanidad y riesgos como la proliferación nuclear, la emergencia climática olas migraciones descontroladas aumentan sin suficiente cooperación internacional para afrontarlos. El segundo mandato de Donald Trump tiene algo de revolucionario, en dirección contraria a la utopía ilustrada que inspiró la Declaración de Independencia en 1776. Su objetivo es la disrupción, tanto de su democracia como de las alianzas e instituciones internacionales creadas por su país a partir de 1945. No está claro lo que se propone construir a cambio. Estados Unidos titubea a la hora de ser el proveedor fiable de seguridad europea y de estabilidad internacional. El repliegue de Trump del mundo, bajo el eslogan 'América Primero', va unido a pulsiones imperiales erráticas, que le llevan a entrar en «pequeñas guerras espléndidas», usar la coerción, revisar y cambiar a su antojo las condiciones de cualquier pacto y sustituirlo por tratos efímeros. Mientras tanto, una China más represiva bajo el liderazgo de Xi Jinping por primera vez proyecta ambición global, aprovecha los errores de Trump en las guerras de Ucrania e Irán y aspira a que sus intereses primen en la configuración del nuevo orden internacional. La Unión Europea y sus estados miembros están sobrediagnosticados. Sus líderes saben lo que tienen que hacer en primer lugar: han de poner en pie capacidades de defensa propias que les otorgue mayor capacidad de negociación en todos los campos con Estados Unidos. El largo camino de la autonomía estratégica pasa por desarrollar un pilar europeo en la OTAN, pactando con Washington un reparto más justo de las cargas y una mejor división del trabajo. Los europeos tienen que acomodar, ganar tiempo y ser el mejor aliado de Washington, esté quien esté en la Casa Blanca. Además, es preciso reparar el motor económico comunitario –un mercado interior deshilachado que puede rendir mucho más, por ejemplo, en soberanía tecnológica o en industria de defensa– y fortalecer las democracias, tanto las nacionales como la comunitaria. La invasión rusa de Ucrania ha hecho que cada vez más ciudadanos empiecen a despertar de un largo período de ensoñación pacifista. No obstante, la mayoría de los gobiernos europeos se resisten a la hora de avanzar hacia el objetivo de invertir en defensa un 5 por ciento del PIB para 2030, esperando la salida del poder de Trump y pensando en vano que las cosas volverán a ser como antes. Pero los años de relativa estabilidad que siguieron al final de la Guerra Fría no volverán, por mucho que los mandatos de Trump se conviertan en un episodio del pasado y la guerra de Ucrania quede atrás. Es necesario luchar contra una mentalidad lampedusiana extendida: todo tiene que cambiar para que nada cambie y, al final, todo volverá a ser como siempre. Aunque los siguientes presidentes estadounidenses descarten el actual unilateralismo agresivo, recuperen el trabajo con los aliados y recurran de nuevo a la diplomacia profesional, parece claro que insistirán en que la seguridad del viejo continente dependa de una mayor aportación europea. Es muy posible que su prioridad no sea insuflar nueva vida a la OTAN. Si superan la pulsión aislacionista y la tentación neoimperial, estarán más pendientes de la rivalidad con China que de la relación transatlántica, un giro hacia Asia que empezó con la presidencia de Obama. El reencuentro y la reconstrucción de puentes sobre el Atlántico será de hecho más deseado por los europeos. El distanciamiento producido durante los mandatos de Trump se puede empezar a corregir con el regreso de una administración demócrata o con un presidente republicano de ideas conservadoras en vez de revolucionarias. En un nuevo tiempo geopolítico, Europa debe seguir trabajando con EE.UU., gestionando los riesgos que genera una relación muy asimétrica y navegando la entrada en un tiempo de grades incertidumbres. Si los europeos mantienen y renuevan en estos años difíciles una alianza imprescindible, tal vez puedan ofrecer al mundo muchos más años de prosperidad y de crecimiento de la democracia a ambas orillas del Atlántico.