A España le quedan solo dos partidos para convertirse nuevamente en campeona del mundo de fútbol. Desde mi pueblo, Los Palacios y Villafranca, somos especial e intensamente más optimistas por una lluvia de motivos que me gusta compartir con nuestros 50 millones de compatriotas: ¡Ojo! Van dos grandísimos jugadores de aquí, Fabián y Gavi; Fabián ha marcado el gol más esperado en el partido de ayer contra Bélgica, justo antes de que esta selección -ya fuera del campeonato- nos metiera el único gol encajado hasta ahora en nuestra portería, y ese único gol contrasta con los 11 que ha marcado ya nuestra Selección. No me digan que el número 11 no es significativo hablando de lo que hablamos. Y no me nieguen que el número 1 no es profético soñando lo que soñamos. Sí, los 11 goles que lleva marcados nuestra Selección representan a esos 11 hombres que salen a defender nuestros colores, que son los de nuestro equipo, metáfora de nuestra nación, que solo parece ponerse de acuerdo de verdad cuando quienes nos representan son 11 hombres a una y no 350 divididos por partidos que nada tienen que ver con estos dos encuentros que nos quedan para alzar la copa de campeones. No deja de ser significativo que la bandera rojigualda, la de España, soporte siempre esa pesada connotación, como el plomo, salvo cuando se ondea pensando en esos 11 apóstoles (todos menos Judas) que vienen, partido a partido, a predicarnos el Evangelio en el que toda España cree solo porque nunca perdemos. De momento, nuestra Selección solo ha ganado el Mundial en 2010, cuando nos lo puso en bandeja en aquel último partido en Sudáfrica el simpar Jesús Navas, otro palaciego de pura cepa. Ahora van dos. Dos palaciegos de los que se visten por los pies, de los que hablan para que nadie los tenga que subtitular y de quienes juegan como si el equipo mismo hablara un lenguaje que ya es universal. Nuestros chicos, con su entrenador riojano a la cabeza, tienen clarísimo que para seguir ganando han de seguir jugando con la clave del equipo en la frente, con la decisión ya tomada de que el fútbol es sacrificarse por el equipo y no que el equipo se sacrifique por un jugador, que hoy por ti y mañana por mí, y que aquí son todos tan españoles solo porque han decidido serlo: desde el talismán Merino que nos regaló el chupinazo antes de que lo viéramos en su tierra hasta su paisano Nico Williams, pasando por el benjamín Yamine Lamal, y desde ese potente guardameta vasco llamado Unai Simón hasta ese polivalente pelotero catalán que se llama Dani Olmo; desde ese otro andaluz de Almería tan imprescindible en el campo que se llama Álex Baena hasta otros obreros del balón que llegan desde Canarias, como Pedri, por poner un último ejemplo. El caso es que todo ese espíritu de equipo que prima en nuestra Selección es el espíritu español que prima en Andalucía, donde no encontramos ninguna complicación para ser españoles sin dejar de ser profundamente andaluces. Al amor le pasa igual: no se desgasta con el uso, sino que siempre está dispuesto a seguir multiplicándose. De modo que por todo esto que subrayo, y porque solo nos faltan dos partidos y somos conscientes de la Selección que nos representa, España puede volver a ganar. Lo saben de sobra en la Pampa, a quienes les dimos este idioma que se catapultó desde Sevilla y Cádiz, y en Francia, por donde siguen resonando, por alegrías, aquella consigna inolvidable incluso en el terreno de juego: “Con las bombas que tiran los fanfarrones / se hacen las gaditanas tirabuzones”. Pues eso. Impriman este artículo, aunque sea en papel de estraza.