Mikel Merino, el héroe reincidente

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Solo habían transcurrido seis minutos desde que saltó al césped del estadio de Dallas hasta que puso a toda España de pie, convertida en un grito. Apenas un puñado de segundos, menos de 400 granos de arena en el reloj, que iban cayendo hasta descontar su camino hacia la redención y felicidad plena. Mikel Merino estuvo a punto de perderse la Copa del Mundo por una lesión sufrida a finales de enero, extraña, prácticamente nunca vista por los especialistas, quienes le metieron en un quirófano para reparar la «fractura por estrés en un hueso muy especial del pie derecho». Les pidió que dieran su nombre a un problema óseo tan raro, que le mantuvo 115 días entre algodones. Reapareció el 24 de mayo y aún así recibió la llamada definitiva de Luis de la Fuente, quien le quería a su lado. Este lunes le recompensó con un gol en el tiempo añadido que metió a España en los cuartos de final. Casi nada. Dejaron de llover críticas y cayeron halagos. Porque el seleccionador tuvo que escuchar de todo por llevar a un futbolista cogido con pinzas desde el punto de vista físico, justo de ritmo y preparación, al igual que Yamal, Nico Williams y Víctor Muñoz. «Si hiciera falta iría a recoger a Mikel Merino a su casa y le traería en brazos», dijo el riojano nada más terminar el choque. Unos días antes, el propio centrocampista agradeció a De la Fuente su confianza y muchas llamadas recibidas durante su período de convalecencia, en el que no paró de animarle y de transmitirle su determinación de llevarle al torneo planetario. «Esta es la mejor manera de celebrarlo», comentó Merino tras marcar el gol de la victoria. Antes de ponerse ante las cámaras, aún en el campo, celebró el tanto con su habitual vuelta al banderín –una manera de homenajear a su padre, al igual que lo hizo en la Eurocopa de Alemania de 2024, cuando anotó en el minuto 119 para meter a La Roja en las semifinales– al grito de «¡viva San Fermín!». Luego se anudó un pañuelo rojo al cuello y habló de lo que le tocó pasar hasta dinamitar el duelo ante Portugal. «Ahora me acuerdo de todo, de lo bueno y de lo malo, de lo que tengo en casa», dijo en referencia a su hijo recién nacido, de apenas dos meses. Casi no ha estado con él porque lleva seis semanas concentrado con la selección. «Son momentos difíciles, la lesión, el parto y no poder ver a mi pequeño crecer, aunque también me suele quedar con lo positivo. Utilizo todo ello como fuerza para sacar lo mejor de mí», manifestó el 'gunner', quien no quiso olvidarse de su familia. «Me sigue a todos lados. Cuando me pasan cosas bonitas en la vida –como esta– se lo dedico». Estaba feliz, sonriente, por fin libre del peso de la ausencia y sin necesidad de justificar su presencia entre los 26. Este lunes, en Dallas, dio a España un billete para los cuartos de un Mundial. Merino afirmó que todo el esfuerzo por llegar –estuvo casi dos meses sin poder apoyar el pie ni andar– «mereció la pena. Tengo la conciencia tranquila de hacer lo que tengo que hacer cada día, con eso soy feliz. Si uno tiene una alegría como esta, la de ayudar otra vez al equipo en el último minuto –como lo hizo en Stuttgart hace justo dos años, cuando marcó en sobre la bocina en la prórroga y tumbó a la anfitriona Alemania–, pues es una alegría». El navarro salió en el 85, junto con Ferran, quien le dio el pase para que fusilara a Costa en el 91. Escribió de nuevo un relato precioso en un suspiro, que elevó a La Roja. Faltan tres partidos para la final. «Se ve lejos», avisó Merino. «Quedan barreras y obstáculos. Hay que ir paso a paso». Él mejor que nadie sabe de lo que habla, de los 115 escalones que tuvo que subir hasta llegar a Dallas.