Me sorprende la ingenuidad de los que creían que con el VAR terminaría la polémica, parecida a la de los que con la caída del Muro aventuraron el fin de la Historia o los que creyeron que con la aparición del preservativo ya no habría más embarazos no deseados. Las teorías conspirativas de la historia me han parecido siempre de político regionalista, catalán en mi caso, aunque supongo que todos los regionalismos se parecen. Las quejas por las decisiones arbitrales forman parte del submundo del fútbol, que es el deporte más universal no sólo porque nos reúne a través de nuestras virtudes, sino también -y tal vez sobre todo- a propósito de nuestros defectos. Pero lo cierto es que nos ha quedado un perfecto cuadro de semifinales. Los dos partidos son relevantes futbolísticamente y cada uno tiene su metáfora, su épica. El Argentina-Inglaterra remite a una guerra pasada, en la que los ingleses tenían toda la razón, y el general Pinochet estuvo cumbre ayudando a la señora Thatcher. Sin embargo no hay gol que nos haya enamorado más que el segundo del Diego, y por supuesto «la mano de Dios» es un concepto que todos hemos manejado en nuestras vidas. La narración de Víctor Hugo Morales marcó a varias generaciones, entre ellas la mía. Emoción futbolística contra la razón política. Y el fútbol, como siempre, mezclándolo todo. El España-Francia tiene también su trasfondo y si España gana, habrá superado en todas las disciplinas trascendentes al país vecino. Con Ferran Adrià derribamos la tiranía de la cocina francesa, y liberamos a la Humanidad del humillante yugo de toneladas de mantequilla y del insulto de caramelizar el foie. El Estado centralista, jacobino, igualitarista y desvinculado es una derrota tal que se ha vuelto inviable; mucho peor que la España de Pedro Sánchez. Queda el fútbol como último símbolo jerárquico, o dicho al revés, a Francia sólo le queda eliminarnos para poder decir que todavía nos gana en algo. El Mundial 2026 tiene las mejores semifinales posibles. Alguien hablará de escándalos y a mí me parecerá ridículo, pero cuando algo sale tan bien, es que está bien hecho.