En su recorrido por los principales documentos del Concilio Vaticano II, que es un verdadero ejercicio de magisterio dirigido a todo el pueblo de Dios, León XIV ha comenzado un nuevo ciclo de catequesis dedicado a la Constitución 'Gaudium et spes', sobre la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Sobre la 'Gaudium et spes' han corrido ríos de tinta, a veces densa. En algunos casos ha sido exaltada, ignorando su clave más profunda para interpretar la historia; en otros, se ha descartado por haber sucumbido, supuestamente, a un optimismo ingenuo propio de la época. En su primera catequesis, el Papa recordó que este documento se abre declarando que la Iglesia siente como propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren». Eso es incontestable. Años después, san Juan Pablo II proclamaría que «el hombre es el camino de la Iglesia». Sin esa conciencia, no sería fiel al misterio de Cristo que, al encarnarse, eligió compartir la aventura dramática de la vida humana. Por tanto, para el cristiano no es posible permanecer como espectador desinteresado ante las situaciones de la historia. En esa primera catequesis, León quiso señalar con claridad el centro de la GS: « Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu , los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la discriminación, por la violencia». Desde luego, esta no es una moda progresista de los sesenta. En la segunda catequesis, abordó un núcleo central de la GS, la dignidad humana como don y responsabilidad. La dignidad infinita del ser humano no depende de sus cualidades ni de sus acciones, sino que arraiga en su identidad de criatura hecha «a imagen de Dios», y de ahí deriva su responsabilidad de gobernar y usar las realidades creadas, de acuerdo con el designio de Dios. Y explica las tres expresiones más significativas de esa dignidad : la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad; la conciencia, que da unidad y sentido a su propia vida; y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones. Toda la Doctrina Social de la Iglesia, hasta la 'Magnifica humanitas', está profundamente conectada con la GS. León XIV , ya desde su primera intervención, ha subrayado que, en cada época, la Iglesia tiene el deber permanente de escrutar a fondo los signos de la historia e interpretarlos a la luz del Evangelio, no de cualquier ideología o sistema de análisis. Es lo que establece la constitución GS, que «la Iglesia está llamada a escuchar y acoger los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan , señalando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana». Sin este centro no se puede leer adecuadamente un documento que, ni está pasado de moda, ni puede comprenderse desconectado de la totalidad de la enseñanza de los papas.