Pablo Trapero estrena 'Sus hijos': «Lo que pasa dentro de las familias es una analogía de lo que ocurre en la vida»

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Pablo Trapero es argentino, muy argentino. Su cine, también; pero el director de 'El clan' o 'La quietud' se ha querido dar el gusto de ponerse al frente de una especie de 'all stars' del cine británico en ' Sus hijos ', la película protagonizada por Bill Nighy , Imelda Staunton, Dominic West, Johnny Flynn y George MacKay que estrena este viernes. Trapero adapta la exitosa novela 'El extravagante señor Dyer', de David Gilbert, en la que se recoge la vida de Andrew Dyer, un autor de fama mundial que lleva veinte años sin escribir, sin salir de casa y sin dirigir la palabra ni a sus hijos mayores ni a su exmujer. Vive encerrado en su mansión con Andy, el hijo pequeño, una «sorpresa» extramatrimonial que esconde varios giros en lo que el propio director defiende como «unas vidas ordinarias» en una novela «surrealista». Hablamos con él a su paso por Madrid antes de viajar al Festival de Toronto. -¿Hay un nervio especial al estrenar su primera película en inglés? -Es muy bonito porque lo mejor de las películas es lo que pasa con el público en las salas. El público de los festivales es muy específico, pero el de las salas comerciales es completamente diferente. Me da mucha curiosidad y, sobre todo por el momento que atraviesa el cine en las salas, me da mucha alegría estrenar este tipo de proyectos que hoy en día, especialmente en los últimos tiempos, se hace cada vez más difícil ver en pantallas grandes si no son de puro entretenimiento. Yo amo el cine como espectador y la suerte de una película no se define en un festival, en la cantidad de espectadores o en las estrellitas de una crítica. Las películas pueden ser eternas y como cinéfilo te puedes encontrar con obras estrenadas hace 20 o 40 años que quizás en su día no pasaron por un festival o cuyo estreno comercial no fue bien, y sin embargo siguen ahí. Estableces con ella una relación íntima y única que no tiene nada que ver con lo que alguien puso en Instagram, en una crítica o con lo que dijo un jurado. Lo verdaderamente bonito del cine es el vínculo privado que se establece con el espectador. -Han pasado seis años desde su anterior largometraje. Entre medias, ha dirigido algún capítulo de series americanas. ¿Ha tardado tanto por esa dificultad de la que hablaba antes? -En este caso en particular no fue por un problema de financiación porque, por suerte, durante mucho tiempo he tenido relativa facilidad para hacer una película detrás de otra. Pero eso también demanda una manera de trabajar y responde a una elección un poco más amplia. Una cosa llevó a la otra. Fueron más bien motivos personales: quise dedicarle más tiempo a mi familia, mi hijo mayor se vino a vivir a Barcelona y yo me vine para aquí. Hubo muchos cambios a nivel familiar y personal. Cuando empecé a pensar en 'Sus hijos' estaba relativamente cerca de 'La quietud', y funciona como un espejo de ella, que era una película sobre una madre y sus hijas, y esta es literalmente el reencuentro de un padre con sus hijos. -Desde su primera película, 'Mundo grúa', hay en su cine una mirada siempre en búsqueda de la idea de paternidad. ¿Por qué te atrae tanto este vínculo? -Sí, desde el inicio ha estado en mi cine. Y ni hablar de que después de ser padre mis preguntas son todavía más concretas o técnicas sobre el hecho de ejercer la paternidad. Pero creo que lo que pasa dentro de las familias, y en este caso entre padres e hijos, sirve también como analogía de lo que ocurre en la vida fuera de ella. En los vínculos entre un padre y un hijo menor de edad hay una responsabilidad adicional porque tus decisiones afectan directamente al niño. Cuando son adultos la relación es más de pares —como ocurre en 'Sus hijos', donde se hablan casi de igual a igual a pesar de los años—. Lo que me interesa del punto de vista de los padres es esa responsabilidad añadida que todos tenemos en nuestro ser cívico: nuestras decisiones afectan permanentemente a los demás. -¿En qué sentido? -En la relación padre e hijo es más evidente, pero si llegas a una cafetería y maltratas a la persona que te atiende, de forma indirecta estás alterando el día de alguien que solo te sirve el café. Lo que me interesa es usar esto como traducción de cómo nuestras acciones tienen consecuencias constantes. En 'Sus hijos' toda la película gira en torno a eso: cómo habría sido la vida de esos chicos si el padre hubiera sido distinto, o cómo habría sido su propia vida si hubiera tomado otras decisiones. Como adultos somos responsables de nuestros actos, y en cada uno de ellos nos vinculamos con personas que se sienten afectadas por la manera en que ejercemos esa relación. Eso se ve en otras de mis películas y también en los personajes secundarios de 'Sus hijos', que eligen vincularse con sus afectos de una manera distinta. -¿Dónde está el límite entre la parte profesional y la labor de padre? -Es una pregunta que todos los que somos padres nos hacemos, sin importar a qué nos dediquemos. Pero en un trabajo creativo estás más metido en tu cabeza; por más que tu presencia física esté ahí, tu alma probablemente esté pensando en la escena que quieres escribir. Es muy habitual que los guionistas, directores, músicos o actores se disocien y utilicen sus propias vivencias para el personaje que tienen que interpretar o escribir. Y mientras te pasa algo horrible en la vida real, una parte de tu ser está pensando: «¿Cómo me estoy sintiendo ahora?». Eso es más evidente en los trabajos creativos, pero si lo extrapolamos a cualquier otro ámbito —por ejemplo, el empleado de un banco que quiere ascender a cajero principal o el mismo camarero que quiere ser encargado— la ansiedad es idéntica. Todos se llevan las preocupaciones. -La película plantea una pregunta irresoluble: '¿Qué es el éxito?' ¿Se ha hecho esa pregunta alguna vez? -Probablemente me la haya hecho, sí. (y guarda silencio). -¿Y qué responde? -Creo que el éxito es directamente proporcional a tu objetivo. Si tu objetivo es ser el que corre más rápido —poniéndolo en términos deportivos, que es más fácil de medir—, todas tus decisiones girarán al servicio de ganar esas fracciones de segundo, y serás exitoso cuando rompas tu récord. Es un objetivo válido. Lo que pasa es que muchas veces, en esa analogía de la carrera, los sacrificios que debes hacer para alcanzar esa marca van en contra de tu vida personal. Lo vemos muy claramente en el deporte; ahí tienes el documental de Rafa Nadal. Para mí el éxito depende de tu meta: si es con una película, qué cantidad de espectadores o qué premios quieres ganar. Pero ahí, si no lo obtienes, pues no tienes éxito. Yo aprendí hace muchos años, en la escuela de cine, algo que disfruto y sobre lo poco que tengo absoluto control como realizador es haciendo la película, y si voy más lejos, es esa toma que estoy haciendo en ese momento. Soy exitoso porque lo estoy haciendo. Después, si la película gana un premio, vende entradas o tiene buenas críticas —que por supuesto forma parte del juego y se espera con ilusión—, qué bueno. Pero si haces una película únicamente para tachar esos casilleros, la frustración puede ser gigantesca. -¿Trabajar con un elenco encabezado por Billy Nighy es ser exitoso como director? -En los últimos años, uno de los motivos por los que trabajé fuera de Argentina es porque los directores que admiro no son recordados por la nacionalidad de su pasaporte. Esto no significa que reniegue de mi ser argentino, todo lo contrario; lo celebro profundamente. Pero directores como Billy Wilder, Fritz Lang, Chaplin, Milos Forman o el propio Buñuel son conocidos por sus películas, sin importar dónde las rodaron. Eso es lo que aprendí como espectador y a lo que aspiro como director: que mis películas puedan hablar de mi país o de un tipo aislado en una casa en medio de la nada, como ocurre en 'Sus hijos'. -¿Y en los rodajes hay diferencias entre cinematografías? -Siempre diré lo mismo: todo es muy distinto y a la vez todo es muy igual. Cuando estás trabajando con el actor en la intimidad, ese momento es idéntico. Pero te lo tienes que creer y sentir de verdad, porque si pretendes que lo que hacías de una manera en un sitio funcione exactamente igual en otro, te vas a estrellar contra barreras idiomáticas e idiosincrasias complejas. La flexibilidad es parte de hacer cine: saber leer la realidad, porque el clima cambia, los imprevistos surgen y lo que te sirvió para una película ya no te sirve para la siguiente. Específicamente con 'Sus hijos', fue una experiencia extraordinaria. Contar con un elenco que, a medida que se iba confirmando, te hacía pensar «ya está, no quiero más nada», fue increíble. -¿Qué es lo que más ha disfrutado de la experiencia? -Hay algo en la historia que cruza esa intimidad extrema de los vínculos filiales con un toque surrealista que para mí fue una excelente excusa para hacer un homenaje a Buñuel, uno de mis grandes referentes de toda la vida. Me encanta definir ese enfoque como un «surrealismo realista»: ese absurdo de 'El ángel exterminador' o 'Viridiana', donde la gente simplemente es incapaz de abrir una puerta, pero contado no desde la extrañeza fantástica, sino desde la absoluta cotidianeidad. Nadie puede salir de esa situación y se quedan encerrados en su propia realidad.