A los 50 dejó la docencia después de 30 años y creó su propia marca de alfajores: “El verdadero reto fue vencer el pudor”

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Cuando Verónica Etulain terminó el colegio secundario, barajaba varias alternativas sobre el camino a tomar, pero hubo una que se impuso con una fuerza muy genuina: el Profesorado en Educación Inicial. En el fondo, se trataba de una vocación innata. Desde muy chica solía jugar a ser maestra de sus muñecas, de sus primas y de sus hermanos, y cada vez que visitaba el jardín donde trabajaba su mamá, se quedaba fascinada observando la dinámica de la sala. Todo ese universo temprano la fue entusiasmando a dar un paso que, con el tiempo, le revelaría muchas más sorpresas de las que imaginaba al comenzar.Sin embargo, los primeros pasos dentro del aula fueron de un aprendizaje absoluto. Aunque ya contaba con experiencia cuidando chicos en una guardería, pronto descubrió el abismo que suele mediar entre la teoría y la práctica. La rutina diaria de planificar, sostener proyectos pedagógicos y acompañar de cerca el crecimiento de sus alumnos representaba un reto constante. Lejos de las fórmulas rígidas, cada jornada le exigía inventar nuevas estrategias, escuchar con atención y adaptarse sobre la marcha.Fueron 30 años de entrega a la educación inicial, ejerciendo con orgullo ese rol tan entrañable que todos conocen como “maestra jardinera”. Detrás de cada día de clases había horas de dedicación silenciosa en su casa: idear las propuestas del mes, pensar los recursos didácticos y preparar los materiales. Luego llegaba la magia del jardín, muy temprano por la mañana, compartiendo unos mates cómplices con sus compañeras antes de que sonara el timbre: un espacio sagrado para reírse, desahogarse, contenerse en los momentos difíciles y renovar la energía para lo que venía.“Recibir a los chicos siempre implicó para mí abrir la puerta con una sonrisa, canciones, juegos y el deseo intacto de despertar su curiosidad. Claro que el día a día no siempre salía calcado a lo planificado: la sala siempre guardaba imprevistos, asombros y desafíos. Trabajar con las infancias y sus familias me enseñó que los vínculos humanos están atravesados por un sinfín de emociones, luces y sombras, y que el verdadero arte de educar no reside solo en enseñar contenidos, sino en saber abrazar y canalizar todo lo que late en el corazón de cada niño”.