Medio mandato en EEUU: ¿Y si Donald Trump quisiera perder?

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La pregunta parece absurda. Ningún presidente quiere entregar el Congreso a la oposición y una derrota republicana limitaría su margen de maniobra durante los dos últimos años de mandato, sobre todo en la agenda doméstica. Pero algunas de las últimas decisiones de Donald Trump resultan difíciles de entender desde la lógica electoral. Con una aprobación que ronda apenas un tercio del electorado, en lugar de permitir que los candidatos republicanos más vulnerables se distancien de él, Trump ha decidido colocarse en el centro de la campaña, celebrando una inusual convención republicana (apodada Trumpapalooza) con la que ha convertido las midterms en una suerte de referéndum sobre su presidencia. Incluso ha llegado a afirmar que estas elecciones no le importan demasiado. A ello se suman decisiones como los últimos aranceles a Canadá, con un coste electoral elevado en estados fronterizos como Michigan y Maine; la prolongación de la guerra con Irán; o su decidida apuesta por acelerar el desarrollo de la IA para garantizar la primacía tecnológica estadounidense frente a China. El despliegue de la infraestructura necesaria para sostener esa carrera –especialmente los enormes centros de datos– está generando una oposición creciente que atraviesa las líneas partidistas y alcanza también a una parte importante del electorado MAGA.Probablemente Trump no quiera perder, pero cabe preguntarse hasta qué punto le preocupa, teniendo en cuenta que los intereses electorales de presidente estadounidense y los del Partido Republicano no siempre coinciden.Probablemente Trump no quiera perder, pero cabe preguntarse hasta qué punto le preocupa, teniendo en cuenta que los intereses electorales de presidente estadounidense y los del Partido Republicano no siempre coinciden. Para el GOP (Grand Old Party) perder el Congreso significa perder poder. Pero para Trump, una derrota podría devolverle algo que siempre ha sabido utilizar extraordinariamente bien como es un enemigo al que responsabilizar de cada bloqueo, de cada conflicto presupuestario y de cada investigación. Una derrota podría, además, reforzar la idea de que una parte del electorado MAGA vota por Trump pero no necesariamente por el Partido Republicano. Si los republicanos pierden cuando él no aparece en la papeleta –como en el caso de las elecciones de medio mandato– la derrota del partido puede convertirse paradójicamente en otra demostración de su propia centralidad.El problema es que esta supuesta estrategia resultaría especialmente arriesgada porque la historia ya juega contra los republicanos. Desde 1938 el partido del presidente ha perdido escaños en la Cámara de Representantes en 20 de 22 elecciones de mitad de mandato.Eso no significa que el resultado esté escrito. Las midterms nunca son únicamente un referéndum sobre el presidente. En 2022 la inflación, la impopularidad de Biden y el pesimismo económico parecían anunciar una gran victoria republicana que finalmente no llegó. Los demócratas consiguieron convertir muchas carreras en elecciones entre candidatos y alternativas concretas, y asuntos como el aborto o el rechazo a los candidatos MAGA terminaron importando tanto como la valoración del entonces presidente. Esa lección sigue vigente en 2026. El reto demócrata no consiste simplemente en movilizar el voto contra Trump, sino en presentar candidatos capaces de transformar su impopularidad en escaños.La Cámara de Representantes es donde Trump corre mayor peligro. Sus 435 miembros se renuevan cada dos años y la mayoría republicana es tan estrecha que basta un pequeño desplazamiento del electorado para cambiar su control. Los republicanos dependen crecientemente de votantes de clase trabajadora que, según las encuestas, suelen participar menos en este tipo de elecciones, mientras que los votantes con estudios universitarios, que apoyan mayoritariamente al Partido Demócrata, son más constantes a la hora de votar en estos comicios. En 2018 esa combinación contribuyó a que los republicanos perdieran 41 escaños. Y la affordability (asequibilidad) puede amplificar ese efecto. Vivienda, alimentación, sanidad o energía se han convertido en algunos de los argumentos más eficaces de los demócratas y constituyen un flanco especialmente delicado para Trump porque muchos estadounidenses le devolvieron a la Casa Blanca en 2024 esperando precisamente una mejora de su situación económica.El Senado es otra historia. Sólo se renueva aproximadamente un tercio de sus miembros y los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro escaños para recuperar la mayoría. Un empate 50-50 seguiría dejando el voto decisivo en manos del vicepresidente J.D. Vance. El camino es, por tanto, mucho más difícil que en la Cámara. Pero lo interesante es que el mapa se ha ido ampliando. Además de Maine, Carolina del Norte, Georgia y Michigan, los republicanos están teniendo que prestar atención a estados como Iowa, Ohio, Alaska e incluso Texas. Eso no significa que los demócratas vayan a ganarlos, pero ahora el GOP está empleando recursos en defender territorios que hace unos meses parecían seguros.Aquí aparece inevitablemente el precedente de 2006. Dos años después de la reelección de George W. Bush, la guerra de Irak ayudó a nacionalizar unas midterms que terminaron dando a los demócratas no sólo la Cámara, sino también seis escaños adicionales y el control del Senado. Irán no es Irak y Trump no es Bush. Pero la comparación recuerda algo importante. Una guerra puede alterar unas elecciones legislativas cuando deja de percibirse como una cuestión exclusivamente internacional y empieza a sentirse en el bolsillo. Si el conflicto con Irán agrava el malestar económico, puede ampliar todavía más el mapa electoral y hacer competitivas carreras que normalmente no lo serían.Perder la Cámara tendría consecuencias que van mucho más allá de los escaños. Una mayoría demócrata controlaría las presidencias de las comisiones, podría convocar audiencias, emitir citaciones, exigir documentación y utilizar el power of the purse (control del gasto federal) para condicionar algunas decisiones del Ejecutivo. La segunda mitad de la presidencia de Trump podría pasar de estar dominada por la expansión de la autoridad presidencial a una dinámica mucho más defensiva, marcada por investigaciones, negociaciones presupuestarias y bloqueo legislativo. La propia Casa Blanca parece tomarse seriamente esa posibilidad y ya se está preparando para afrontar una Cámara demócrata. Y si los demócratas conquistaran además el Senado, podrían dificultar los nombramientos presidenciales y aumentar sustancialmente la capacidad de presión del Congreso. La fase legislativa de la segunda presidencia Trump habría terminado prácticamente, aunque Trump conservaría la presidencia y el veto, y muchas de sus herramientas más importantes, especialmente en política exterior, seguirían dependiendo del Ejecutivo.Y volviendo a la pregunta inicial. ¿Quiere Trump perder? Probablemente no. Está haciendo campaña, movilizando recursos y tiene razones evidentes para querer conservar las dos cámaras. Pero una Cámara demócrata le devolvería adversarios perfectamente identificables, cada investigación podría convertirse en una persecución, cada ley bloqueada en sabotaje y cada conflicto presupuestario en una nueva batalla contra Washington. Una derrota del GOP no tendría necesariamente que convertirse, en su relato, en una derrota de Donald Trump.Autor: Carlota García EncinaLa entrada Medio mandato en EEUU: ¿Y si Donald Trump quisiera perder? se publicó primero en Real Instituto Elcano.