(ZENIT Noticias / Roma, 19.09.2026).- El siglo XXI ya está dejando un legado cristiano escrito no en documentos, sino en sangre. Más de 1700 cristianos que murieron por su fe han sido registrados por una comisión vaticana, y se añadirán entre 100 y 150 nombres más durante 2026. La lista abarca continentes y, significativamente, trasciende las fronteras confesionales: los difuntos recordados no son solo católicos, sino también cristianos de otras tradiciones que fueron asesinados por dar testimonio de Cristo.Estas cifras se dieron a conocer durante una conferencia internacional de dos días celebrada en Roma los días 15 y 16 de septiembre, organizada por la Comisión para los Nuevos Mártires – Testigos de la Fe, dependiente del Dicasterio para las Causas de los Santos. Creada por el Papa Francisco en julio de 2023, la comisión tiene la misión de recopilar información sobre los cristianos que han muerto por causa del Evangelio y elaborar un catálogo que preserve su memoria, incluso cuando no se lleve a cabo un proceso formal de canonización.Esta distinción es fundamental. El Vaticano no está creando una nueva lista de santos por decreto administrativo. El cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio, subrayó que la Iglesia no se limita a «crear» santos. La canonización es un juicio eclesial formal sujeto a requisitos específicos, mientras que el catálogo tiene un propósito más amplio: recuperar el testimonio de personas cuyas muertes quizás nunca conduzcan a la beatificación o canonización.En otras palabras, Roma busca asegurar que la ausencia de un proceso canónico no se convierta en una segunda muerte: la desaparición del testimonio de un cristiano de la memoria colectiva.El trabajo de la comisión también cuestiona una idea común sobre el martirio. No se limita a episodios espectaculares de persecución religiosa ni a cristianos asesinados explícitamente durante actos de culto. Solo en Sudamérica, el Vaticano ha documentado 304 mártires desde principios de siglo. Según Semeraro, muchos eran misioneros y fieles laicos asesinados en circunstancias relacionadas con el narcotráfico, la deforestación o la resistencia a la explotación de los recursos naturales. Su compromiso cristiano los convirtió en un obstáculo para los intereses ilícitos.África sigue siendo otro foco principal de atención. El congreso examinó países como Nigeria, Mozambique y Burkina Faso, mientras que el cardenal Fridolin Ambongo de Kinshasa abordó la situación en la República Democrática del Congo, donde el Estado Islámico reivindicó recientemente la autoría del asesinato de 130 cristianos en agosto. La comisión también examina casos de Tierra Santa, Europa y Asia, lo que ilustra la amplitud geográfica de la persecución cristiana contemporánea.Andrea Riccardi, historiador y vicepresidente de la comisión, argumentó que el discurso de una «nueva era de mártires» no debe considerarse meramente simbólico. En su opinión, el martirio sigue siendo una realidad definitoria del presente siglo.Sin embargo, la iniciativa del Vaticano va más allá de las estadísticas de persecución. En el centro del discurso de clausura de Semeraro se encontraba una pregunta diferente: ¿qué revela el martirio sobre la persona humana?Para el cardenal, el mártir no es alguien que glorifica el sufrimiento. Más bien, el martirio se vuelve comprensible como una expresión radical de amor, verdad y fidelidad. Los testigos que la Iglesia recuerda son personas que antepusieron la verdad a la falsedad, la justicia a la violencia, la fidelidad al oportunismo y la dignidad de la conciencia a la transigencia. Su importancia, por lo tanto, trasciende la historia eclesial: demuestran de lo que son capaces los seres humanos cuando la convicción es más fuerte que el instinto de autoconservación. Esta es también la razón por la que la comisión mira deliberadamente más allá del catolicismo.El reconocimiento por parte del Vaticano de un martirio cristiano común tiene una notable dimensión ecuménica. La inclusión de 21 cristianos coptos en el Martirologio Romano en 2023 ya proporcionó un poderoso ejemplo de cómo se puede recordar juntos a cristianos de diferentes tradiciones. La comisión habla ahora de un «martirio común» entre los bautizados, centrándose en aquellos que derramaron su sangre en confesión de Cristo, en lugar de en las fronteras denominacionales que separan a las comunidades cristianas.Semeraro lo describió como un «ecumenismo de sangre»: una forma de unidad cristiana que puede preceder al acuerdo teológico. Los cristianos que aún puedan enfrentar divisiones doctrinales o en las estructuras eclesiales pueden, sin embargo, encontrarse unidos en el punto donde la fidelidad a Cristo exige el sacrificio supremo.Esta idea confiere al catálogo vaticano un carácter singular. No sustituye al Martirologio oficial de la Iglesia ni es simplemente una base de datos histórica. Su propósito es preservar un campo más amplio de testimonio cristiano, incluyendo formas de santidad ocultas y anónimas que de otro modo podrían desaparecer de la memoria colectiva.Este concepto también explica por qué el trabajo de la comisión no se limita a mirar hacia el pasado. Semeraro recordó la insistencia de la tradición cristiana en el «alto estándar de la vida cristiana cotidiana» y la idea, enfatizada en las últimas décadas, de la santidad presente en cada momento. El martirio es la forma más dramática de testimonio, pero el catálogo apunta a una realidad más amplia: la santidad puede permanecer prácticamente invisible sin dejar de formar parte del patrimonio vivo de la Iglesia.Esta perspectiva cobra importancia en una época en la que la libertad se entiende a menudo principalmente como la ausencia de restricciones y la felicidad como el logro del bienestar material. Los mártires plantean una pregunta más exigente: ¿Existen verdades, relaciones y compromisos morales que una persona considere tan fundamentales que abandonarlos implicaría perder algo esencial de sí misma? Para el Vaticano, la respuesta está escrita en las vidas de aquellos que ahora se documentan.La creciente lista del catálogo —que ya supera los 1700 nombres y sigue aumentando— cumple, por lo tanto, dos propósitos a la vez. Recuerda a los cristianos cuyas vidas fueron truncadas violentamente, al tiempo que invita a quienes quedan a reflexionar sobre el significado de su fe ante la presión, la injusticia o el miedo.La sorprendente paradoja reside en que un catálogo dedicado a la muerte, en última instancia, habla de la vida. Se recuerda a los mártires no porque el sufrimiento sea valioso en sí mismo, sino porque sus muertes se entienden como el testimonio final de vidas orientadas hacia Cristo, la verdad, la justicia y la dignidad humana.Gracias por leer nuestros contenidos. 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