Brent Hecht, Director de Ciencia Aplicada en Microsoft y Profesor de Northwestern University, definió en documentos internos de Microsoft la recopilación de contenidos para entrenar modelos de inteligencia artificial como «un robo asombroso de proporciones sin precedentes» y, posiblemente, «el mayor robo de trabajo en la historia de la humanidad». Por mucho que Microsoft afirme que se trata de la opinión personal de un empleado y no de la de la compañía, y de que aún no tengamos una constatación judicial, la evidencia es clara: las compañías que desarrollaron la inteligencia artificial generativa tenían muy clara la naturaleza de lo que estaban haciendo. Según el escrito, OpenAI y Microsoft se dedicaron a copiar millones de artículos, usaron el índice de Bing y derivados de Common Crawl y construyeron enormes bases de datos con muchísimas obras de los demandantes, que fueron usadas en la fase de entrenamiento. Hay correos en los que se informa a directivos de métodos para saltarse el paywall de medios y poder recopilar más noticias, que son saludados como buenas ideas. Además, no solo copiaron: construyeron productos que ellos mismos reconocieron internamente como crecientemente sustitutivos de las fuentes originales, provocando enormes caídas en las tasas de clics hacia las páginas afectadas y una auténtica amenaza existencial para los medios afectados.Lo que está en la web no es, por el mero hecho de estar accesible, dominio público: su publicación no autoriza automáticamente a copiarlo, almacenarlo, eliminar sus avisos de derechos de autor y reutilizarlo industrialmente. Si los tribunales terminan declarando legal esa conducta, no será porque la copia no existiera, sino porque habrán decidido que el interés industrial o supuestamente transformador de la inteligencia artificial justifica una excepción de dimensiones completamente inéditas. En ese sentido, sólo las obras en dominio público serían reutilizables, aquellas con licencias abiertas lo serían sólo en ciertos supuestos y con algunas condiciones, y todo lo obtenido saltándose un paywall o descargándolo de fuentes irregulares sería abiertamente ilegal. Lo que hubo fue, a todos los efectos, una apropiación sistemática de trabajo ajeno. ¿Contraargumentos? Microsoft dice que entre 8.2 millones de conversaciones de Copilot seleccionadas por su posible relación con los medios demandantes, menos del 1% compartía ni dieciséis palabras con los textos originales y pocas tenían solapamientos significativos. En otros casos se habla de usos muy transformadores en un intento de justificar el tratamiento, pero la Oficina del Copyright afirma abiertamente que si bien algunos usos pueden serlo, explotar comercialmente millones de obras protegidas para producir contenidos que, además, compiten con ellas es algo que, nos pongamos como nos pongamos, rebasa todas las nociones del llamado fair use. ¿Por qué razón los accionistas de estas compañías deberían poder conservar la totalidad de unas rentas que fueron construidas mediante una apropiación masiva y, como hacen obvio estas declaraciones, deliberada? La respuesta para paliar algo así podría estar en algún punto entre las indemnizaciones retroactivas a los titulares de los derechos, la destrucción o el reentrenamiento de modelos infractores (prácticamente todos), las licencias colectivas obligatorias o la transferencia de una participación significativamente importante a un fondo ciudadano. ¿Qué nos ofrece de nuevo algo así? Básicamente, no solo que la apropiación era profundamente cuestionable, sino que hemos descubierto que quienes la llevaban a cabo también lo tenían perfectamente claro.