Damnificados en Chocó. Foto: Paula Murcia/Valora Analitik. Sobre la vía Medrano, en el barrio Horizonte parte baja, sector Nuevo Sol, Alexander Mosquera recibe a los visitantes con la calma de quien ha aprendido a sostener a una comunidad entera sobre los hombros.Es el presidente de la Junta de Acción Comunal del sector, y desde el 10 de agosto —el día en que la tierra tembló— no ha dejado de caminar casa por casa, o lo que quedó de ellas.«Ese día, más allá del movimiento de la tierra, nuestros corazones no volvieron a latir de la misma manera», dice. Así retrata lo que vivieron los cerca de 2.000 habitantes de un barrio donde casi 500 viviendas —la inmensa mayoría construidas en madera— se destecharon, se desprendieron o simplemente cayeron.Un mes después, las réplicas siguen llegando, y con ellas la zozobra. «Hoy hay muchas personas que tienen la secuela porque, aunque ya todo pasó, sigue habiendo réplicas. La gente se altera psicológicamente, no estamos bien», explica Mosquera.Hay vecinos que, según cuenta, se toman la presión arterial con frecuencia porque el cuerpo no logra soltar el susto.Damnificados en Chocó. Foto: Paula Murcia/Valora Analitik. Una comunidad que ya había empezado de cero antesBuena parte de la población de Nuevo Sol llegó desplazada, huyendo del conflicto armado, buscando un lugar donde reconstruir una vida y una familia. Muchos se dedican a la construcción informal o al mototaxismo —el «rapimoteo», como lo llaman allí—, actividades que les permiten llevar algo de dinero a la casa, aunque no estén reguladas.Ahora, ese proceso de arraigo tiene que repetirse. Y esta vez, con menos ayuda. «Al principio toda la gente estaba volcada aquí. Pero ya pasó un mes y esa marea bajó. Los sectores que vienen ya son muy pocos», dice Mosquera. Para él, ese mes «ha sido como una eternidad».La barrera más profunda para la reconstrucción de Nuevo Sol no es solo económica: es normativa. El barrio está declarado zona de alto riesgo, lo que impide legalmente construir en cemento.Afectación a las viviendas en el Chocó por el terremoto. Foto: Paula Murcia/Valora Analitk. Por eso las viviendas son de madera —no por elección, sino porque no hay permisos para otra cosa—, y por eso, cuando la tierra tembló, tuvieron tan poco donde sostenerse.«Toda la vida nos han dicho que somos zona de alto riesgo. Sí, lo somos, pero aquí la gente lleva 30 años viviendo en el barrio», dice Mosquera, resistiéndose a repetir una etiqueta que, según él, termina revictimizando a quienes no tienen alternativa.A eso se suma el río Caví, que bordea el barrio y se desborda con cada aguacero fuerte, y la ausencia total de servicios públicos formales: no hay acueducto ni alcantarillado, apenas un pozo que se traba por falta de mantenimiento, y el fluido eléctrico se va con frecuencia, pero donde la factura sigue llegando.Factura de luz en Chocó. Foto: Paula Murcia/Valora Analitik. Hoy, quienes perdieron su casa se refugian temporalmente donde vecinos —adultos mayores y niños incluidos— mientras intentan conseguir un arriendo que, en la zona, simplemente no existe.La situación de Nuevo Sol es, en pequeño, el mapa de lo que enfrenta las zonas históricamente abandonadas. Algunos residentes mencionan con miedo que allí rondan los grupos armados, pero que se han mantenido tranquilos por la situación que enfrenta la sociedad civil. Ese también es otra barrera de acceso.Afectación a las viviendas en el Chocó por el terremoto. Foto: Paula Murcia/Valora Analitk. Entre las promesas de la reconstrucción y la llegada de ayudaLa gobernadora del Chocó explicó a Valora Analitik que la reconstrucción tras el terremoto requeriría cerca de $5 billones, recursos que la Gobernación busca canalizar a través del Plan Chocó, una estrategia que no se limita a reponer lo perdido.«Aquí no queremos solamente reconstruir lo que había, no podemos volver al 9 de agosto. Aquí queremos avanzar, dignificar y sobre todo proyectar el departamento hacia un desarrollo que permita que esta emergencia al menos garantice un cambio en la calidad de vida de la gente», afirmó la gobernadora.Damnificados en Chocó. Foto: Paula Murcia/Valora Analitik. Parte sustancial de esos recursos se destinaría a intervenir cerca de 32.000 viviendas, además de recuperar infraestructura pública y reactivar la economía de las zonas afectadas.Pero el proceso —como en Nuevo Sol— está atravesado por trabas burocráticas: licencias, escrituras y legalización de predios que las empresas constructoras deben resolver antes de levantar una sola pared, y un ejercicio de focalización que define quién recibe ayuda primero.El fondo del problema, sin embargo, es más viejo que el terremoto: la falta histórica de agua y saneamiento básico. Según datos consolidados de la Contraloría General de la República y del DANE, cerca de 12,5 millones de personas en Colombia no cuentan con alcantarillado sanitario, y más de 5 millones carecen de acceso a agua potable. Sin esas garantías, advierten las autoridades, ninguna vivienda nueva es plenamente viable.Cuando se le preguntó a una habitante del sector mencionó que la ayuda no ha sido inexistente, pero sí insuficiente. Han llegado colchonetas, algunas visitas institucionales, mercados puntuales que alivian por unos días la necesidad más inmediata de las cerca de 2.000 personas que viven en el sector.Construcción de vivienda en el Chocó. Foto: Paula Murcia/Valora Analitik. El problema es que esos apoyos —los mercados, las donaciones esporádicas— resuelven el hambre de hoy, no la casa que sigue sin techo ni el arriendo que nadie puede pagar.Por eso Mosquera no se queda esperando. Como presidente de la Junta de Acción Comunal, sigue tocando puertas, buscando que más entidades y medios conozcan la situación del barrio, gestionando lo que pueda —mercados, brigadas, cualquier forma de apoyo— mientras la respuesta institucional de fondo, la que resolvería el problema estructural de fondo, sigue sin llegar.