Se presenta con frecuencia la apertura económica de Cuba como una solución casi milagrosa a décadas de estancamiento, escasez y falta de oportunidades. Sin embargo, conviene observar la realidad con menos ingenuidad y más sentido crítico. Tras más de sesenta años de control político y económico, resulta difícil creer que quienes han monopolizado el poder vayan a renunciar de forma voluntaria a los privilegios acumulados. Si Cuba avanza hacia una economía de mercado sin una profunda transformación institucional y política, existe un riesgo evidente: que los actuales dirigentes y sus círculos de influencia se conviertan en los principales beneficiarios de las reformas. La historia demuestra que, en numerosas transiciones económicas, las élites gobernantes han logrado transformar su poder político en poder económico, apropiándose de recursos, empresas y oportunidades que deberían pertenecer al conjunto de la sociedad. El resultado no ha sido una verdadera democratización de la riqueza, sino la sustitución de una oligarquía política por una oligarquía económica estrechamente vinculada al antiguo régimen. Por eso, el problema de Cuba no es únicamente el fracaso de un modelo económico incapaz de generar prosperidad sostenida. El problema es también la concentración de poder en manos de una minoría que ha gobernado sin rendir cuentas durante décadas. Pretender que esa misma minoría dirigirá una transición en beneficio del pueblo exige una confianza que los hechos difícilmente justifican. Los cubanos necesitan libertad económica, pero también libertad política, instituciones independientes, seguridad jurídica y mecanismos efectivos para controlar a quienes ejercen el poder. Sin esas garantías, el riesgo es que cambie el sistema, cambien los discursos y cambien los nombres de las empresas, pero que los privilegios sigan perteneciendo a los mismos de siempre. Cayetano Peláez del Rosal. Córdoba Francia y Alemania han echado por tierra el proyecto del futuro avión de combate europeo, elemento motriz de la convergencia tecnológica e industrial europea para afianzar e impulsar nuestra estructura de defensa común. Han podido más los nacionalismos estatales y, con ellos, las desconfianzas y rivalidades. Entretanto, los Estados europeos bálticos y del este siguen apostando por la tecnología militar de Estados Unidos. Si no podemos avanzar con la defensa europea, que es donde sería preciso el esfuerzo convergente para la sustentación de nuestras independencias y soberanías ante las amenazas, imagínense ustedes en disuasión nuclear, I+D, convergencia energética o industrial, o bien fiscalidad compartida, donde cada cual tiende a imprimir su propio modelo. El fracaso del proyecto FCAS (Futuro Sistema Aéreo de Combate) constituye un indicador clarividente de la verdadera vocación de convergencia europea por parte de nuestros líderes, a quienes se les llena la boca con grandes discursos y promesas planificadoras que, en la práctica, terminan por desmantelar con sus propias decisiones. Además, pone de manifiesto la desvertebración militar de una Europa que aspira a reducir su dependencia del exterior en materia de defensa, pero que es incapaz de consolidar proyectos estratégicos comunes. Enrique López de Turíso. Vitoria