La lista de verano

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Una vez me hablaron del sinsentido de solo hacer listas de propósitos en septiembre , Año Nuevo y en nuestro cumpleaños. Del disparate que supone reducir nuestros periodos de introspección a estas tres fechas señaladas en el calendario donde, llevados por el tedio de la vida diaria, anotamos en una hojita desgastada todas esas razones y motivos y proyectos para acorralar el desencanto de los siguientes 365 días. Para sentir que aprovechamos el tiempo. Para confirmar que no es demasiado tarde para ser alguien diferente. Alguien más óptimo. Alguien que merezca la pena. Una vez me hablaron de otro tipo de lista. De una que se piensa cuando todo está por empezar. Que se redacta con un pellizco en el estómago. Que se camina con el aroma del entusiasmo en la punta de la lengua por intuir un nuevo tiempo que está a punto de nacer. Una vez me hablaron de una lista que contiene una euforia particular. Porque es más rápida. Porque es más concisa. Porque es más concreta. Una lista que se marchita rápido y solo se aplica en las cuatro semanas posteriores a su redacción (u ocho, si tienes la suerte de que el sol te sonría un poco más). Una lista que no incorpora metas . Que no encierra proyectos. Que solo abarca sensaciones. Y aspiraciones. Y deseos. Una vez me hablaron de una lista que es más ligera que todas las demás. En la que no tiene cabida perder peso. Ni dejar de fumar . Ni aprender a programar. Donde no se admite esa premisa tan precaria de querer ser una persona radicalmente diferente. Donde solo se consiente el impulso de querer ser una persona un poco más liviana. Una vez me hablaron de una lista en la que se apuntan cosas como «hacer menos». Perder el tiempo. Desactivar las notificaciones. Servir un vermú sobre hielo crujiente. Dormitar en el bordillo de la piscina. Y sobre el césped. Tomar una foto por día. Comer helado en un cucurucho. Dejar el reloj en casa. Oler el atardecer . Bajar sin móvil a la playa. Brindar con la incertidumbre. Chapotear en la confianza. Entregarse a la impecable imprecisión. Y caminar los días de sol de tal forma que podamos apuntar en nuestro diario eso que anotó Iñaki Uriarte en el suyo: «Ni 'espíritu de sacrificio', ni 'afán de superación', ni 'aspiración a la excelencia'. Ni ningún respeto o simpatía por tales cosas».