La fábula de Sevilla

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Sevilla es de fábula y es objeto de un sinfín de fábulas. Todo el que habla de ella, sea de cerca o de lejos se afana es describirla, en querer transmitir una imagen determinada y en acotarla, reduciéndola al máximo. Sevilla es esto, Sevilla es lo otro. ¿Y a mí que me cuentas? Yo creía que la conocía antes de vivir en ella, pero estaba muy equivocado. Ahora que con el paso del tiempo sus nativos me llegan incluso a otorgar la doble nacionalidad, he de decir que sigo aún con más dudas que certezas. Cada día se van multiplicando las posibles variantes y, aunque estos renglones tengan final, veamos qué nos pueden decir sobre Sevilla, si acaso es que existe tal cosa.Y es que Sevilla, como el Nobel al que solo vio nacer, vive de un recuerdo autobiográfico que ni ella ni Vicente Aleixandre saben si vivieron. Aunque ya lo advirtió Pérez Reverte hace 30 años: nadie podría inventarse un lugar como este. Y ya saben aquello que dijo también mi paisano Antonio Gala sobre que los sevillanos pueden tener razón. Esto último no sé si lo comparto, pero sí he tenido vivencias extraordinarias allí.Realmente, no importa lo que canten los poetas, Sevilla es lo que sueñan sus niños. Es el antojo de un Dios que duda entre lo pagano y lo religioso. Es Suecia que no se pone ante un paso de palio de vuelta. Es esa calle de esta ciudad que espera siempre nuestro beso. Aquí veo a Nápoles, pero sin mar. Que, aunque tenga dos orillas y dos escudos de distinto color, aquí tampoco todo termina por ser tan binario, sino que me atrevería a decir que es más bien multitudinario, como una bulla o como el Arenal cuando caen los rayos del sol. Sevilla nunca duerme, es un sueño para el que solo quiere soñar. Hay contradicciones lógicas. No te creas lo que te cuenten, que como verás Sevilla no hay una, ni es lo que cuatro quieran dictar, que en esta tierra hasta el estereotipo puede ser minoría. Sevilla es ropa tendía y mesa y mantel para guiris. Sevilla es penas con salud y esperanza sin parné, es dormir en un banco y una nueva licencia para un hotel de lujo. Es calor en noviembre. Ahora, si quieres ver su alma, la encontrarás cuanto más te alejes de su corazón, en barrios que parecen todos y cada uno de ellos pueblos diferentes el uno del otro. Mientras, el centro histórico hace de decorado de un parque temático de ensueño.Bella es Sevilla con los lunares de Mai una mañana de feria, el clavel de Lola y la tertulia con Fran en una cuaresma inacabable. Es también una estudiante italiana y hasta un camarero vasco. Aquí es cotidiano aquello que te asombra en otro lugar. Sevilla es belleza. Se escucha por ahí, que tradición y progreso se dan aquí la mano. Sevilla tiene una madre que no la tiene nadie más y hay un matriarcado silencioso que algún día se levantará en las casas de esta ciudad. Es la puerta de su vida que alguien te abre cuando todo marcha mal. Tiene una calle que es Feria con razón, donde el jueves lo añejo sale del cajón, que del mercado hasta San Juan es todo lo que necesito yo. Las persianas bajando de madrugada siempre hunden un puñal en la maldita hora en que los bares están a punto de cerrar. Es un lugar donde no importa el reloj, donde una mujer fuma en un balcón y donde tengo una amistad de la cual nunca quiero alejarme.Todo esto es solo la ficción de un paseo en silencio de la mano de la luna por Santa Cruz. Pero lo que no es fantasiosa invención es que esta noche nadie te llora como lo hago yo, como con el amor al que toca decirle adiós, pero a diferencia de estos amores que expiran para no volver, contigo, Sevilla, viviré de nuevo una primavera.