Entrenar a tu propio sustituto: fábricas obligan a sus empleados a llevar cámaras para enseñar a robots humanoides

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El proceso de entrenar a la inteligencia artificial tiene a estas alturas pocos secretos. El desarrollo consiste en dotar al sistema del material de conocimiento pertinente y seleccionar un algoritmo o red neuronal encargado de procesar la información en iteraciones continuas, ajustando sus parámetros para que aprenda a ejecutar un objetivo de manera automatizada.La polémica en el pasado con respecto a esa labor capacitiva ha estado centrada en el uso de material sujeto a derechos de autor para alimentar a los distintos asistentes conversacionales. Algunos como ChatGPT de OpenAI tuvieron incluso que modificar su proceso de entrenamiento tras dictaminar la justicia que vulneraba los principios que rigen la propiedad intelectual.Ahora, el campo de batalla se encuentra en las oficinas y fábricas, donde cada vez hay más ejemplos de empresas que quieren que sus propios empleados sirvan como material didáctico de primera mano con el que abastecer de conocimientos a sistemas agénticos y robots humanoides con el potencial de ser los verdugos de sus maestros.Es el caso de Meta, que integró una herramienta para registrar los movimientos de sus empleados en entornos informáticos para entrenar agentes de IA. En el mundo de la manufactura, esa vertiente también se deja ver, de manera especialmente marcada en los países en vías de desarrollo, donde los trabajadores de talleres clandestinos se han visto obligados a portar cámaras con las que registrar su actividad.Cámaras para capturar cada gesto y movimiento con los que formar a robots humanoidesSe trata de una práctica destapada por el diario británico The Guardian, que destaca que la finalidad de esas grabaciones no es otra que recopilar material que ofrecer a modelos de IA para capacitar a robots humanoides de cara a prescindir de los empleados de carne y hueso tan pronto como estos sistemas sean viables. Una situación que se vive en talleres clandestinos de Nueva Delhi, donde la labor de trabajadores del sector textil sirve como materia prima gracias a unas cámaras que sus empleadores les obligan a llevar desde el inicio de su jornada.Lalita, una de las trabajadoras afectadas, habló sobre una maniobra que les convierte en registradores en primera línea de su actividad para servir a sus sustitutos automáticos del mañana. En primera instancia, el hecho de que la empresa les solicitara portar una cámara en la frente les resultó cómico "por cómo nos veíamos todos con esos cascos", pero rápidamente comprendieron lo que esa práctica significaba.Un elemento de registro constante es sinónimo de observación y de vigilancia, lo que ha derivado en un ambiente de trabajo desprovisto de esa alegría que se hace tan necesaria a la hora de ejecutar tareas repetitivas. Sin embargo, el miedo de los empleados les maniata y les impide actuar con la libertad con la que lo hacían antes. El resultado: un entorno de trabajo en el que mandan el silencio y la incertidumbre mientras las cámaras no paran de grabar.Los registros audiovisuales, otra fuente de ingresosQuien maneja la actividad de fábricas como esa en la que trabaja Lalita obtiene un doble beneficio; por un lado, el que saca de la producción actual y, por otro, el que le reportará vender toda esa información recopilada en forma de imágenes. Esos datos servirán a los laboratorios para alimentar modelos de inteligencia artificial destinados a comprender qué gesto sigue a otro, permitiendo que un robot humanoide repita la secuencia una y otra vez.Muchos son los actores implicados en el desarrollo y crecimiento de la inteligencia artificial y la robótica que defienden su beneficio universal y su capacidad para construir riqueza. Sin embargo, casos como los que llegan desde países como India hablan de un nuevo escenario en el que sigue habiendo quien se aprovecha de su posición de poder para obtener mayor lucro mientras los humildes no pueden más que resignarse ante el futuro que se avecina.