Durante años, España ha jugado casi siempre en minoría. La selección ha convivido con la realidad de competir en grandes torneos en inferioridad numérica en las gradas frente a selecciones capaces de movilizar enormes masas como Argentina, Brasil, Inglaterra, Países Bajos, Italia o Francia. Una situación ligada a la identidad futbolística. España es más un país de clubes que de selección. La Eurocopa de Alemania fue el último reflejo de esa situación. En prácticamente todos los partidos, la afición española fue minoritaria. Sucedió de forma rotunda en los dos primeros duelos ante Croacia e Italia, algo que se daba por supuesto, pero incluso, el pulso de las gradas se inclinó hacia el rival frente a Albania, cuando la numerosa diáspora de emigrantes de ese país en Centroeuropa llevó a cabo una enorme movilización. Sólo se vio en mayoría en octavos ante Georgia para estar en apabullante minoría ante los anfitriones alemanes en cuartos, en la semifinal con Francia y en la final del Olímpico de Berlín. El día del título alrededor de tres cuartas partes del estadio estaban ocupadas por ingleses. Este Mundial en Estados Unidos, sin embargo, está rompiendo ese patrón. España, por primera vez en mucho tiempo, no solo domina en el campo. También lo hace en las gradas. En sus dos partidos Atlanta, en Guadalajara y Los Ángeles el rojo ha sido mayoritario. Hay varias explicaciones. La globalización del fútbol, el modelo del consumo deportivo en Estados Unidos, la fuerza de la diáspora del sur del continente, quienes reivindican lo hispano como algo que les une frente a un Gobierno norteamericano que ha puesto a los ilegales en el punto de mira, la solidaridad hispanoamericana, la herencia estética del tiquitaca, el efecto arrastre de los títulos logrados desde 2008 o el impacto de una figura mundial como Lamine Yamal. El nombre que más se repite en las camisetas de los hinchas que animan a España en este Mundial es el de Lamine. Robert Flemming, de Los Ángeles y es un seguidor habitual de los Galaxy, lo resume con naturalidad mientras se dirige al partido ante Austria con su camiseta: «Soy aficionado de España por Lamine Yamal. En Estados Unidos tenemos una cultura distinta a la europea, somos muy de estrellas, a veces más que de equipos». Cada vez que el delantero es citado en el estadio o aparece en los videomarcadores genera una reacción que se impone a la que provoca cualquiera de sus compañeros. A ello se suma un recuerdo, la exitosa España del tiquitaca, todavía hoy la marca más reconocible del fútbol nacional. Rafael Cobas, emigró desde Bilbao con ocho años a Guadalajara. Trabajador en Silicon Valley, acudió al España-Uruguay con su esposa y su hijo. Explica la pasión por La Roja desde la experiencia cotidiana. «La herencia del Barcelona del tiquitaca ha sido enorme. He participado en ligas de aficionados. En ese fútbol amateur todos querían jugar con control, paredes, precisión, como España. Eso mola mucho en los barrios. Y al que no sabe jugar así le dicen con 'ese es un llanero', que es como darte un patadón y hacerte correr a por él como un caballo. 'Mándale un llanero al caballo ese', se dice en tono despectivo». En Guadalajara se dio una circunstancia muy curiosa. Los mexicanos apoyaron mucho más a España que a otro país americano, Uruguay. «Aquí la gente es más afín a España que a los países del Sur del continente», indica Cobas. Los periodistas californianos recogieron que en torno al 80% de los 70.492 espectadores en el SoFi Stadium del España-Austria iban con La Roja. Sin embargo, a través de la Federación apenas se distribuyen entre 6.500 y 8.000 entradas por duelo. Lo que sucede es que en muchos estadios España se ha convertido en un punto de encuentro simbólico para la comunidad hispana en Estados Unidos. Jaime Agudelo es nacido en California de familia mexicana del estado de Sinaloa. «Sentimos de cerca España. Todos hablamos el mismo idioma. Tenemos que estar juntos», proclama enfundado en su camiseta de Lamine con una entrada que le costó cerca de 500 euros. Entre los miles de aficionados que acompañan a España en Los Ángeles aparece Marco Munguía, nacido en California y de origen hondureño. Se presentó en el Mundial junto a su hijo, del mismo nombre, y su nieto Ramón movido por la ilusión del crío. «Le encanta España y, sobre todo, Lamine. Venimos al partido por el niño». Para ellos decidir a qué selección apoyan en el Mundial es una forma de mostrar su sentimiento de pertenencia. «La comunidad hispanoamericana está con España. Es una celebración de lo que nos une, de lo que sentimos como propio», resume. En las gradas, esa mezcla es visible. Se ven camisetas de La Roja junto a banderas de Honduras, México, Colombia o El Salvador. Si uno intenta buscar un español entre la gente que se acerca al estadio con la camiseta de la selección tiene que parar a unas cuantas personas antes de conseguirlo. La gran mayoría son latinoamericanos. En paralelo, se mantiene una figura que aquí es minoritaria entre los aficionados españoles, el que ha llegado desde el otro lado del Atlántico dispuesto a seguir a la selección por el mundo. Juan Ramón, asturiano de 49 años, resume ese perfil. Lleva tatuado en la espalda el escudo del Sporting y ha convertido el fútbol en una forma de vida. «Soy un loco del fútbol. No bebo, no fumo. El dinero me lo gasto en viajar para ver partidos», explicó en Atlanta horas antes del debut de España ante Cabo Verde acompañado de su hija Ariadna, de 14 años. El coste supera los 6.000 euros entre vuelos, hotel y entradas.