Space Scouts, de Matt Kindt y David Rubín

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Edición original: Space Scouts 1-3 (Dark Horse Comics, 2025-2026)Edición nacional/España: Space Scouts (Astiberri, 2026)Guion: Matt KindtDibujo: David RubínColor: David Rubín y Xulia PisónTraducción: Santiago GarcíaFormato: cartoné, 144 páginas, 25,00 €¿Qué pasaría si el héroe de una historia perdiese en todo?La historia comienza en lo que parece un trasunto a escala 1:1 de Tatooine. Es entonces cuando conocemos a Ember, nuestra protagonista, nuestra Luka Skywalker. Resulta que la han llamado para una competición, el «Space Scout». A grandes rasgos, es un battle royale de jóvenes con superpoderes. Llegan mil y solo pueden quedar cien. Al final, también se nombra a un gran ganador, un elegido que se unirá al panteón de los mayores héroes galácticos. Todo un honor por el que cada candidato está dispuesto a darlo todo. Cada candidato menos Ember. La verdad es que Ember no lo tiene nada claro. Siente el peso de la expectativa y la obligación sobre ella. De hecho, empieza a hacerse preguntas llamativas, preguntas como: “¿Qué pasaría si el héroe de una historia perdiese en todo?”.Editados por Astiberi para el mercado español, Matt Kindt y David Rubín (con la colaboración de Xulia Pisón en el color) vuelven a formar dúo creativo para idear una obra de ciencia ficción tan palomitera como cruda, tan atractiva como repulsiva. A lo largo de sus páginas, se nos narra una epopeya densa y cronológicamente dilatada, de esas que cada vez se ven menos, como una etapa de mil páginas condensada en menos de cien. La incógnita es la siguiente: ¿lo hace con maña o se resbala por la pasarela espacial?Los manierismos de un tal KindtMatt Kindt es un guionista muy peculiar. Permitidme el símil futbolístico, ya que vivimos días mundialistas: es como el típico jugador de calidad indiscutible que parece encerrado entre dos escalones de prestigio, un Dani Ceballos de la vida, por mencionar algún nombre. En el Madrid, se le acusa cierta falta de nivel, aunque sea por pura comparativa. En cambio, si se va al Betis, llega como estrella. Ambas realidades conviven al mismo tiempo. Matt Kindt es nuestro Dani Ceballos particular. Como lector, nunca espero sus obras con una expectación desbordante. De igual modo, aún no he leído nada suyo que me haya disgustado.Además de por lo anterior, Kindt destaca por exhibir algunos de los rasgos de escritura más reconocibles de la industria. No lo menciono por casualidad: Space Scouts es una muestra perfecta de todos ellos. Por ejemplo, hablemos de su relación con la ciencia ficción. A nadie le cabrá ninguna duda de que es un género que le apasiona, al que recurre con frecuencia. Aun así, todavía me queda por ver una historia suya que utilice el género como pilar sobre el que erigirse, en lugar de como mera ambientación, como una decisión que se acerca más a lo estético que a lo funcional.Me viene a la mente el ejemplo del término “vid story” en la propia Space Scouts. Por la manera en que se usa, es un término que denomina el equivalente a un contenido audiovisual en el mundo de la historia. La peculiaridad es que este significado se obtiene como un producto de la inducción lectora, no como una certeza que podamos declarar a raíz de una explicación o (mejor todavía) de una muestra contextualizada. ¿Y de qué sirve el concepto, para qué se utiliza? Pues para poco. Donde pone “vid story” podría poner “vídeo” sin ningún problema, porque son básicamente lo mismo. Kindt no nos lanza el palabro porque quiera aprovechar el potencial conceptual que le ofrece un mundo de ciencia ficción, sino porque quería hablar de vídeos y, ya que estaba, añadió ese toquecito exótico.Y esta no es, ni mucho menos, la primera vez que el artista norteamericano opta por una jugada del estilo. En su Rai (para Valiant Comics, junto a Clayton Crain), ya encontramos términos como “videorregistro” o “vids”. Más de lo mismo: una forma un pelín distinta de referirse a aquello que todos conocemos. De hecho, esta última frase recoge la esencia de lo que considero que es el Kindt de la ciencia ficción. Casi todo lo que plantea es igual que en nuestro mundo, solo que se añade una fina pátina de maquillaje. Como adelantaba hace una líneas: estética por encima de función.Inyección de dinamismoHablando de estética, hay que dedicar una buena reflexión a lo que aporta el dibujo de David Rubín en esta obra. Ya estamos acostumbrados a que Rubín nos regale trabajos muy interesantes, aupados casi siempre por la marcada personalidad visual que lo distingue. Sin embargo, en esta ocasión, encuentro un interés aún mayor en comentar su relación con el guion de Kindt.Hablemos de otro de los manierismos del escritor: el ritmo. Más en concreto, el ritmo estático. Sus páginas suelen contener una densidad destacada tanto en las palabras como en los acontecimientos. Si uno reflexiona sobre ello, tampoco es que las viñetas acostumbren a estar rebosantes de texto, pero sí se aprecia una tendencia por el “cuento ilustrado”, por una historia que avanza principalmente a través de la palabra y que resulta acompañarse de imágenes. A menudo, ni siquiera se percibe un nexo que conecte cada fragmento, que nos lleve de un bocadillo al siguiente con inercia. Cada suceso convive en su propio microcosmos, como parte de un sistema desde el análisis burocrático, pero con independencia en la práctica.¿Y qué tiene que ver Rubín con todo esto? Aunque es difícil afirmar hasta qué punto influye en el resultado final, me parece seguro decir que su mano deja huella en cada decisión narrativa de la obra. No es que de repente tengamos a un Kindt cargado de dinamismo, listo para despegar con el impulso de su propia pluma… pero tampoco tenemos al Kindt habitual, el que vemos cuando no se acompaña de un artista de tanta personalidad. Su tendencia a lo denso y lo estático se percibe como una nube que modula la luz de la escena, no como una penumbra pesada y omnipresente. Incluso en las páginas más expositivas, se mantiene cierto gusto por el espacio, cierta conciencia por la necesidad del lector de respirar de vez en cuando. Son detalles sutiles: textos bien segmentados, la separación justa entre un bocadillo y otro, asegurarse de que cada palabra sea necesaria… Y luego está lo evidente, lo que no se presta a un análisis tan profundo: Rubín colma las viñetas de imágenes molonas. Toda exposición se traga con más gusto cuando te dan una estampa alucinante entre frase y frase.No puedo terminar sin mencionar el color, uno de los perpetradores principales de tan vibrante resultado. Para él, Rubín colabora con Xulia Pisón, quien aporta los colores de base. Entre ambos se montan un auténtico festival que discurre entre lo pop y lo psicodélico, entre lo limpio y lo brutal. Para confirmar si una obra hace un gran uso del color, hay una pregunta nada científica que suelo hacerme: ¿disfrutaría al mirarla aunque se me perdieran las gafas? Lo tengo claro: me quedaría con los manchurrones cromáticos de Space Scouts hasta en mi modo más cegato.Lo mejor• El vigoroso apartado gráfico.• Cada página propulsa la historia hacia direcciones nuevas.• La sinergia entre Kindt y Rubín…Lo peor• …aunque el guion siga mostrando ciertas marcas de esa densidad chiclosa que caracteriza al escritor.• El mundo de la obra podría haberse aprovechado mucho más.• Queda muy redonda en general, pero tal vez le falte algún momento álgido para terminar de impresionar.