Dice Susana Malón que nacer y criarse en Gallur, localidad aragonesa de menos de 2.600 habitantes donde las Perseidas eran uno de los atractivos de las noches de verano, alimentó su fascinación por lo celeste. Ingeniera Ambiental por la Universidad de Zaragoza y Master en Astronomía y Física por la Valencia International University, Malón no solo es un referente nacional e internacional en materia de contaminación lumínica , sino también una apasionada divulgadora científica, capaz de estar un día debatiendo con la élite científica mundial y al día siguiente, invitando a mirar al cielo a niñas y niños de seis años. Esta semana ha pasado por 'Discover-Eat', el II Congreso Internacional en Turismo Gastronómico No Urbano celebrado en Sigüenza, para hablar de cómo los cielos de calidad pueden mejorar la oferta de turismo de los pueblos . El hecho de que el eclipse solar que viviremos el 12 de agosto haya agotado las reservas en pueblos de toda España que pasan desapercibidos el resto del año es un indicativo de que, si lo cuidamos, el cielo también puede mejorar la calidad de vida y la economía de las zonas rurales. Además, recuerda que la contaminación lumínica nos afecta mucho más de lo que pensamos. ¿Cómo surgió su pasión por el cielo? Claramente influyó el hecho de criarme en Gallur, un pueblecito a unos 50 kilómetros de Zaragoza donde el cielo era espléndido. En las noches de verano, nos íbamos a ver las Perseidas, y ahí surgió una especie de conexión con estos temas. Mezclé la Física, la Astronomía y la formación en Ingeniería medioambiental con el propósito de proteger las estrellas como un vector también ambiental. Ahora mismo hay una especie de furor celeste con el tema del eclipse, pero en general, ¿cree que miramos el cielo como un patrimonio? Hasta ahora no lo hemos hecho. Incluso quienes hemos crecido en un pueblo, hemos estado tan acostumbrados a poder ver las estrellas, que no lo hemos apreciado. Sin embargo, somos también custodios de la protección del cielo nocturno, igual que de la naturaleza. Durante años, el cielo se ha vinculado al mundo científico, pero cada vez está habiendo más gente que se siente fascinada y quiere disfrutar de él. De hecho, el astroturismo ha crecido de forma exponencial en los últimos años. Por fin nos damos cuenta que la naturaleza nos ofrece paisajes no solamente de día, sino también de noche, y los tenemos que proteger. Es fundadora de Lumínica Ambiental, una consultora especializada en calidad del cielo que trabaja con administraciones y empresas. La pregunta es de dónde tiene que partir la iniciativa de proteger el cielo nocturno? Yo siempre digo que trabajar para reducir la contaminación lumínica es un deber colectivo de la ciudadanía, la administración pública, las empresas y los profesionales del sector. Yo empecé en esto hace 25 años, y cuando hablábamos de estos temas la gente decía: ¿contaminación lumínica? ¿qué me estás contando? Pero en los últimos años se ha visto una evolución de esa sensibilidad por proteger la naturaleza y también los territorios que tienen buenos cielos. En algunos lugares, como Menorca, lo han tenido claro siempre. Lo primero que me dijeron es: «la biosfera somos nosotros». Hay territorios que lo llevan en el ADN, y otros donde la acción viene impuesta por algún requerimiento legal, como los estudios de impacto ambiental. Pero ahora mismo estamos haciendo un montón de proyectos de certificación de calidad de cielo y, sobre todo, proyectos de alumbrado en municipios, empresas, incluso plantas industriales que tienen esa sensibilidad. Sin embargo, es algo relativamente nuevo preocuparse por estas cosas. Hay ciudades que presumen de que su alumbrado navideño se ve desde el espacio… La contaminación lumínica ha sido como la hermana pequeña del resto de contaminaciones. Tenemos la percepción de que el ruido molesta, de que los olores son insanos y las emisiones de gases de efecto invernadero afectan al calentamiento global, pero la contaminación lumínica pasa desapercibida. La pregunta es cómo nos hemos acostumbrado a este exceso de luz cuando llevamos poco más de 100 años en la existencia de la humanidad disfrutando de energía eléctrica. Yo creo que es que no nos ha quedado más remedio, pero ahora estamos en un proceso parecido al que ocurrió con el tabaco. ¿Qué pasó? Que antes fumábamos todos o nos fumaban en todas partes. En el avión, en el hospital, en clase, en la facultad. Ahora miramos atrás y nos parece una locura. Pues en el tema de iluminación, estamos en ese momento en el que todavía pensamos que es lo que hay hay, porque además la luz eléctrica ha sido uno de los grandes descubrimientos de la historia de la humanidad. Es un gran recurso y nadie, ni siquiera yo, quiere y ni puede prescindir de él, pero nos estamos dando cuenta gracias a la investigación en contaminación lumínica, un campo donde además España es pionera, de que el exceso de luz nos está repercutiendo un montón en materia de biodiversidad y de salud. Entonces, yo creo que conforme vayamos adquiriendo esa consciencia, pasará igual que pasó con el tabaco, que ya se sabe que es cancerígeno y esas cosas. Además, la tecnología está, y podemos utilizar sistemas menos contaminantes. Si se pudiera hacer un mapa, de zonas de especial calidad del cielo en España, ¿qué zonas destacaría? Todas las comunidades autónomas, todas las provincias, incluso Madrid, tienen zonas oscuras y cielos de calidad, pero hay zonas que son muy, muy oscuras: Extremadura, Castilla-La Mancha, Castilla-León, Asturias, Galicia, Canarias, que tiene unos cielos maravillosos… Y bueno, mi tierra, Aragón. De hecho, Teruel fue uno de los territorios pioneros en empezar con todo esto. Usted compagina una actividad científica y de consultoría muy intensa, pero no deja de lado la divulgación, especialmente entre los niños… Es que los niños son fundamentales en esto, aparte de que tienen una fascinación natural. Yo aprendo muchísimo de ellos y de ellas, y luego ya lo máximo es cuando sales de una actividad y un niño o una niña te dice que quiere dedicarse a la ciencia o estudiar las estrellas. Eso al final es fundamental. En este momento, entre el eclipse solar y la carrera espacial, la gente está mirando al cielo mucho. Sí, la verdad es que los medios de comunicación prestando un poco de atención a estas cosas, y nosotros también nos estamos aprovechando de eso (risas). Y es fantástico el desarrollo del astroturismo, que está creciendo de forma exponencial, 400% o un 500% anual. Hay que aprovechar este punto de inflexión. Precisamente este congreso, Discover-Eat, habla del turismo gastronómico como oportunidad para la España vaciada, pero un destino es más fuerte cuando más completa sea su oferta, y el astroturismo contribuye a crear oportunidades, ¿no? Totalmente. De hecho, los cielos son una oportunidad y hay un montón de iniciativas, de gente que ha vuelto a sus pueblos, ha montado su empresa y vive ya de eso. Además, dentro de todas las ayudas públicas que hay, te dan puntos si tu territorio está en una zona de la Red Natura. Al final, lo que queremos es ir a la España vacía; a la España, digamos, más oscura, y que la gente de ahí se forme para poder ofrecer estas actividades, porque el único sitio donde se pueden hacer es allí, y de hecho, hay muchas iniciativas muy potentes que están en los pueblos. ¿Qué hace falta para convertirse en agente o guía de turismo astronómico? Starlight ofrece formación y certificaciones, pero si te digo la verdad, para ser un buen guía de observación astronómica hace falta pasión. Yo soy auditora de Starlight, y a veces voy a auditar actividades y desconecto a los dos minutos. Tú puedes saber mucho y tener un cielo maravilloso, pero cuando hablamos de turismo, estamos hablando de conexión con la gente. Saber comunicar y transmitir pasión es fundamental.