250 años después: ¿sigue existiendo la idea de Estados Unidos?

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Estados Unidos (EEUU) celebra el 250 aniversario de su Declaración de Independencia, un acontecimiento que constituye, por sí mismo, un logro histórico extraordinario. Pocas democracias representativas pueden presumir de una continuidad institucional de dos siglos y medio. Sin embargo, esta efeméride no conmemora únicamente la longevidad de la república estadounidense, sino el nacimiento de un proyecto político singular que sigue definiendo la identidad del país.250 años después, la gran cuestión no es si EEUU ha cumplido plenamente aquellas promesas, sino si los estadounidenses siguen compartiendo la voluntad de seguir persiguiéndolas.Abraham Lincoln comprendió mejor que nadie el significado profundo de aquella fundación. En su Discurso de Gettysburg (1863) recordó que, “hace ochenta y siete años”, los padres fundadores habían dado nacimiento a “una nueva nación, concebida en libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales”. Para Lincoln, 1776 no representó simplemente la independencia respecto al Reino Unido, sino el nacimiento de una nación construida en torno a una idea política, la convicción de que era posible crear una comunidad basada en principios universales como la libertad, el imperio de la ley, el gobierno representativo y la igualdad de todos los ciudadanos ante unos derechos considerados inalienables. Esa idea, más que cualquier otro elemento, convirtió EEUU en un experimento político sin precedentes, cuya vigencia debía renovarse generación tras generación.De ahí que, en plena Guerra Civil, Lincoln apelara a un “nuevo nacimiento de la libertad”, entendiendo que cada gran crisis ofrecía la oportunidad de acercar el país a sus ideales fundacionales. Porque la Declaración de Independencia no creó instituciones ni diseñó un sistema de gobierno, sino que estableció un conjunto de ideales que posteriormente desarrollarían la Constitución, las enmiendas constitucionales y las sucesivas ampliaciones de derechos civiles y políticos. Su función no fue resolver definitivamente los problemas de la nueva nación, sino ofrecer un horizonte hacia el que debía avanzar.Quizá la mejor expresión de esa vocación sea la célebre frase “Life, Liberty and the pursuit of Happiness”. Su vigencia durante dos siglos y medio reside precisamente en su combinación de claridad política y ambigüedad conceptual. Fue suficientemente concreta para unir a las 13 colonias en 1776, pero también lo bastante abierta como para que cada generación reinterpretara su significado. Gracias a ello, el movimiento sufragista, la lucha por los derechos civiles o Martin Luther King pudieron recurrir a la propia Declaración para exigir que EEUU cumpliera las promesas de libertad e igualdad proclamadas en su nacimiento.Que EEUU no se construyera sobre una identidad étnica, religiosa o cultural compartida, sino sobre la adhesión a unos principios políticos comunes explica también su permanente fragilidad, obligándola a redefinir continuamente quién formaba parte de ese proyecto político y qué significaban realmente conceptos como libertad, igualdad o ciudadanía. Y 250 años después, en un momento de profunda polarización política y de intensos debates sobre la identidad nacional, la gran cuestión no es si EEUU ha cumplido plenamente aquellas promesas, sino si los estadounidenses siguen compartiendo la voluntad de seguir persiguiéndolas, si siguen compartiendo aquella idea fundacional. Una democracia puede sobrevivir a crisis económicas, guerras e incluso conflictos civiles, pero resulta mucho más difícil cuando deja de existir un consenso mínimo sobre qué representa el propio país.Hoy parece haber desaparecido el consenso básico sobre el que descansó durante décadas la vida política estadounidense. En ese contexto, Donald Trump ha sido menos la causa que el principal catalizador y la expresión más visible de un cambio mucho más profundo. Una parte significativa de la sociedad cuestiona hoy consensos políticos e institucionales que durante décadas parecían asentados, desde el alcance de las garantías constitucionales y la legitimidad de los procesos electorales hasta el valor de los compromisos internacionales asumidos por Washington desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Todo ello ha alimentado una profunda crisis de confianza en las instituciones –del Congreso y la Presidencia al sistema judicial, los medios de comunicación, las universidades e incluso el Ejército–, agravada por las redes sociales, la fragmentación del ecosistema informativo y los algoritmos, que han erosionado el consenso sobre los propios hechos. Ya no sólo existen opiniones distintas, sino también realidades distintas.La profundidad de esta fractura queda reflejada en la percepción que los propios estadounidenses tienen de su país. Según una encuesta reciente, el 83% de los adultos considera que EEUU se ha alejado de los principios fundacionales proclamados hace 250 años. Casi la mitad (47%) cree que se ha distanciado “mucho” de ellos, mientras que un 36% opina que lo ha hecho “algo”. Sólo un 16% sostiene que el país sigue representando, en gran medida, aquellos ideales.Sin embargo, estos datos no deben interpretarse como un rechazo al proyecto estadounidense. Al contrario, conviven con un fuerte sentimiento de pertenencia nacional con dos de cada tres estadounidenses afirmando sentirse orgullosos o muy orgullosos de serlo. Esta aparente contradicción refleja un rasgo profundamente arraigado en la cultura política del país, según el cual es posible amar a EEUU y, al mismo tiempo, considerar que no está siendo fiel a sus propios principios.Esta crisis de confianza también tiene una dimensión internacional. Durante décadas, aliados y adversarios distinguían entre EEUU y el presidente de turno. Incluso cuando existían desacuerdos –Vietnam, Irak o determinadas decisiones de la Guerra Fría– persistía la convicción de que las instituciones estadounidenses acabarían corrigiendo los excesos coyunturales, pero hoy esa confianza se ha debilitado. Muchos socios internacionales ya no se preguntan únicamente quién ocupa la Casa Blanca, sino si el propio país está redefiniendo de manera permanente su identidad estratégica.Paradójicamente, esta crisis coincide con un momento en el que EEUU continúa siendo la principal potencia económica, tecnológica y militar del planeta. Nunca había acumulado semejante concentración de capacidades y, al mismo tiempo, mostrado tantas dudas sobre el propósito de ese poder. El debate ya no consiste únicamente en cuánto liderazgo desea ejercer Washington, sino en si existe todavía un acuerdo nacional sobre qué significa liderar.Por todo ello, el conflicto político que rodea las celebraciones del 250 aniversario resulta tan simbólico. Lo que debería haber sido una ocasión para reforzar una memoria nacional compartida ha terminado reflejando las mismas divisiones que atraviesan la sociedad estadounidense. La disputa sobre quién organiza los actos, qué relato histórico debe prevalecer o qué valores deben celebrarse ilustra hasta qué punto el pasado se ha convertido también en un campo de batalla política.Sin embargo, sería un error concluir que el experimento estadounidense ha llegado a su fin. Si algo enseña la historia de estos dos siglos y medio es que EEUU ha atravesado crisis que, en su momento, parecían existenciales. La Guerra Civil puso en cuestión la propia supervivencia de la Unión; la segregación cuestionó la universalidad de los principios proclamados en 1776; la Guerra Fría obligó al país a redefinir su liderazgo mundial. En cada ocasión, la democracia estadounidense encontró mecanismos –siempre lentos e imperfectos– para adaptarse a una nueva realidad.Quizá ésta sea la principal lección de este 250 aniversario. La grandeza de EEUU nunca ha radicado en la ausencia de conflictos ni en la perfección de sus instituciones, sino en su extraordinaria capacidad para cuestionarse, corregirse y reinventarse sin renunciar a los principios proclamados hace dos siglos y medio en Filadelfia. Alexis de Tocqueville identificó precisamente esa capacidad de autocorrección como uno de los rasgos distintivos de la democracia estadounidense. La pregunta, 250 años después, ya no es si EEUU vive una nueva crisis, sino si sigue conservando la voluntad colectiva de volver a reinventarse una vez más.Autor: Carlota García EncinaLa entrada 250 años después: ¿sigue existiendo la idea de Estados Unidos? se publicó primero en Real Instituto Elcano.