4 de julio: el día que Rota brindó por Estados Unidos

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El décimo brindis desconcertó incluso a los historiadores. Los primeros resultaban previsibles: uno por George Washington, otro por Thomas Jefferson, varios más por la independencia de Estados Unidos –aquel país que apenas comenzaba a escribir su historia–, pero el décimo era diferente. Estaba dedicado a la agricultura. Y el undécimo, a España y a la amistad entre ambos pueblos.Lo curioso es que la escena no transcurría en Filadelfia, ni en Boston, ni en Nueva York… ocurría en Rota. Aquel brindis queda recogido en un documento que hoy se conserva en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Durante más de dos siglos pasa prácticamente desapercibido hasta que investigadores gaditanos dan con este hecho, demostrándose que los orígenes de la relación entre los Estados Unidos y Cádiz se remontan siglos antes de la construcción de la Base Naval de Rota.Para entender por qué en una casa de la Villa se celebraba el 4 de julio a comienzos del siglo XIX hay que retroceder hasta la guerra que dio origen a Estados Unidos. Cuando las Trece Colonias declaran su independencia en 1776 tienen enfrente al por entonces ejército más poderoso del mundo, el británico. La ayuda exterior resulta decisiva y, junto al apoyo francés, hay otro aliado cuya contribución permanece durante mucho tiempo en un segundo plano: España.Placa instalada en la plaza de los Estados Unidos, de Rota.-MANU GARCÍAEn principio, Carlos III no interviene movido por ideales revolucionarios. Su objetivo es debilitar a Gran Bretaña y recuperar influencia en el Atlántico. Sin embargo, aquella estrategia termina siendo fundamental para la causa independentista. Desde la Luisiana española parten armas, pólvora, medicinas y dinero para el ejército continental, mientras las campañas dirigidas por el malagueño Bernardo de Gálvez en el golfo de México obligan a los británicos a abrir nuevos frentes y dispersar tropas.La toma de Pensacola, en 1781, supone uno de los golpes más importantes para el dominio británico en Norteamérica y allana el camino hacia la victoria definitiva. Hoy, la mayoría de historiadores coincide en que la independencia de Estados Unidos no puede explicarse sin aquella ayuda española.Sin embargo, la relación entre ambos países no termina con el Tratado de París ni queda reducida a los libros de Historia. Continúa creciendo y, además, una parte de ese relato comienza a escribirse, precisamente, en Rota.José Iznardi, el roteño que brindó por Estados UnidosDurante décadas, hablar de Rota y Estados Unidos significaba hablar solo de la Base Naval. Esa era también la idea con la que partía José Antonio Bejarano, licenciado en Historia y responsable del discurso histórico de Base Fórum, un centro de interpretación en la avenida de la Diputación que explicará, tras su apertura en Rota, el impacto social, económico y cultural de la presencia estadounidense en la localidad."Pensábamos que la relación comenzaba con la Base. Pero empezamos a encontrar indicios de que existía mucho antes". El nombre que cambia el rumbo de aquella búsqueda es el de José Iznardi, un roteño nombrado cónsul de Estados Unidos en el puerto de Cádiz cuando la joven nación apenas daba sus primeros pasos.El historiador José Antonio Bejarano, a las afueras de Base Fórum.-MANU GARCÍABejarano sigue su rastro en archivos españoles hasta llegar a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, donde descubre una valiosa colección de documentos diplomáticos digitalizados.Entre ellos aparece una carta, escrita por el padre de Iznardi a George Washington, en el que le agradece el nombramiento de su hijo como cónsul. Lo curioso es que lo hace en español y se dirige al primer presidente estadounidense como "Jorge Washington"."Es un documento maravilloso", explica Bejarano. "Te hace comprender hasta qué punto ya existía una relación directa entre ambos países”. Pero aún quedaba un hallazgo no menos sorprendente. Iznardi mantenía una estrecha relación con Thomas Jefferson, uno de los padres de la Declaración de la Independencia y tercer presidente de Estados Unidos entre 1801 y 1809.Entonces aparece el documento del brindis. En los primeros años del siglo XIX José Iznardi organiza en su casa una celebración del 4 de julio. El acta de aquella cena recoge uno a uno los brindis pronunciados durante la velada: Washington, Jefferson, la independencia… Y, de pronto, uno dedicado a la agricultura."Al principio no entendíamos qué hacía ese brindis ahí", recuerda Bejarano. Pero la explicación llega al reconstruir la actividad comercial del cónsul. Aquella agricultura era la riqueza de una tierra cuyos vinos, jereces y tintilla de Rota, exportaba a Estados Unidos.El siguiente brindis termina de completar el significado de aquella noche: “Por España y por la amistad y la cooperación entre ambos pueblos”."Apenas treinta años después de la independencia ya había ciudadanos estadounidenses reconociendo públicamente el papel que España había desempeñado en el nacimiento de su país. Eso nos pareció fascinante", relata Bejarano.Aquella investigación termina convirtiéndose en uno de los pilares del futuro Base Fórum, pero el historiador insiste en que el objetivo del centro no sólo será contar la historia de una instalación militar. "Queremos contar la historia de la convivencia".Una historia escrita en las callesEsa frase, “queremos contar la historia de la convivencia”, resume la filosofía con la que nace Base Fórum. Porque, aunque la Base Naval transforma para siempre, en los años 50, la economía y el paisaje de Rota, Bejarano está convencido de que la verdadera historia no solo se escribe tras los pactos de Madrid de 1953.Se escribe en las calles. En los comercios que empiezan a atender a una clientela llegada del otro lado del Atlántico. En las lavanderías, las sastrerías o los bares donde españoles y estadounidenses comienzan a conocerse mucho antes de hablar el mismo idioma. Y también en las casas de muchas familias roteñas."La historia de la Base empieza con un drama", recuerda Bejarano. "Hubo expropiaciones y cientos de familias perdieron unas tierras que habían trabajado durante generaciones. Sería un error olvidarlo. Pero también sería un error contar solo esa parte".José Antonio Bejarano, en el interior de Base Fórum.-MANU GARCÍAEfectivamente, a partir de aquel momento, Rota comienza a cambiar a una velocidad desconocida hasta entonces. El municipio crece, llegan nuevas oportunidades laborales y aparecen costumbres que rompen con la España franquista de los años cincuenta.Son pequeños detalles que hoy están normalizados, pero que entonces resultan revolucionarios: escuchar rock en locales de ocio, ver circular grandes coches de marcas hasta entonces desconocidas, disfrutar de rodeos al estilo americano o convivir a diario con nuevos vecinos que hablan inglés.Sin embargo, para Bejarano, la transformación más profunda tiene nombre de mujer. Muchas roteñas encuentran su primer empleo fuera del ámbito doméstico trabajando en las viviendas de familias estadounidenses y, poco después, en oficinas, comercios y departamentos administrativos de la Base.Aquella independencia económica supone un cambio de mentalidad que, en muchos aspectos, se adelanta a una transformación que tardaría años en extenderse al resto del país.A ello se suma otra realidad poco habitual en la España franquista: los matrimonios mixtos entre mujeres roteñas y militares estadounidenses, incluidos afroamericanos. "Rota fue, de alguna manera, un laboratorio social", resume el historiador. "Muchas de las cosas que aquí se empiezan a ver con naturalidad llegarían mucho más tarde a otros lugares”.Exterior de Base Fórum.-MANU GARCÍAY ese es precisamente el relato que pretende construir Base Fórum. No un museo sobre barcos, aviones o helicópteros –que lo habrá, por cierto–, sino sobre las personas que dieron forma a esa convivencia. Sobre quienes cosieron uniformes para oficiales estadounidenses, abrieron nuevos negocios pensando en aquella nueva comunidad o terminaron formando familias en las que el castellano y el inglés convivían con naturalidad."Las grandes decisiones políticas explican por qué nació la Base –reflexiona Bejarano–, pero lo que explica Rota son las personas".Y quizá esa sea la mejor manera de entender el porqué cuando Ricky Fitts recibió órdenes para incorporarse a la Base Naval de Rota, aquel vínculo entre Estados Unidos y España ya llevaba casi dos siglos escribiéndose."Pensé que cambiaba de destino, pero cambió mi vida"Ricky Fitts tenía 24 años cuando la Marina de Estados Unidos le comunicó que su siguiente destino sería Rota.Era 1991 y hasta entonces aquella orden no era muy distinta a cualquier otra de las que había recibido desde que, con apenas 19 años, decidió seguir la tradición familiar y alistarse en la Armada. Su abuelo había servido durante la Segunda Guerra Mundial. Su padre había combatido en Corea y Vietnam. Él pensó que simplemente cambiaba de base. Se equivocaba.Nacido en Boston en 1967, Ricky llega a Andalucía sin imaginar que aquel destino acabaría regalándole una familia, un segundo hogar y una forma completamente distinta de entender la vida. "Esas órdenes cambiaron mi vida."Fitts podía haber vivido dentro de la Base, pero prefirió alquilar un piso en el pueblo. Quería conocer el lugar en el que iba a pasar los siguientes años y lo primero que le llama la atención es algo que hoy recuerda con una sonrisa. “La gente se saludaba por la calle. Decía buenos días, buenas tardes y buenas noches. En Estados Unidos eso no ocurre con tanta naturalidad. Aquí todo el mundo hablaba contigo, aunque no supiera inglés. Era muy fácil sentirse acogido".Ricky Fitts mostrando su bandera de los Estados Unidos.-MANU GARCÍANo tarda en hacerse a otras costumbres que terminan conquistándolo: cenar tarde, la siesta, las interminables sobremesas en torno a una mesa y, como no, la gastronomía gaditana… salvo una cosa. "Con lo que nunca he podido ha sido con los caracoles", afirma entre risas.Pero hay un momento en el que cambia definitivamente su historia y es lejos de la Base Naval. En 1992, en la Feria del Caballo conoce a Mercedes. Dos años después se casan en la catedral de Jerez. De ese matrimonio nacen dos hijos… roteños.Después llegan nuevos destinos: Virginia (EEUU), de nuevo Rota, más tarde Japón. Su carrera militar continúa durante años hasta su retirada de la Marina estadounidense en 2006, pero su vida laboral, ya fuera del ejército, le lleva a él y a su familia a establecerse en Estados Unidos. Sin embargo, ninguno de aquellos cambios consigue borrar la huella que Andalucía había dejado en su vida."Lo más difícil fue volver a mi país. Allí echaba de menos muchas cosas. La forma de relacionarse, la importancia de la familia, las reuniones con amigos... Aquí descubres que siempre hay tiempo para compartir una comida".Pero el destino, esta vez trágico, le hace perder a su hija con tan solo 25 años mientras residen en Kentucky.Detalle del parche de la US NAVY, en el que se indica su condición de jubilado de la armada.-MANU GARCÍAEs entonces cuando, tras más de 20 años en Estados Unidos, decide volver a España con su familia. Cuando habla de nuestro país, Ricky no menciona monumentos ni grandes paisajes. Habla de personas. De vecinos que terminan convirtiéndose en amigos, o de la Feria de Jerez –ciudad en la que ahora vive con su familia en un chalé de la zona Sur–, de las Navidades… Y aunque habla mayoritariamente inglés, reconoce que, después de un par de cervezas, se suelta con un español muy andaluz.Han pasado casi veinte años desde que dejó el uniforme y muchos más desde que dejó la base de Rota, una localidad que sigue considerándola su segunda casa y en la que espera, algún día, comprarse una vivienda frente al mar. "Sería el más feliz del mundo".Una promesa, dos restaurantes y una clientela inesperadaSi la historia de Ricky explica cómo un estadounidense acabó sintiéndose roteño, la de Juan Antonio Díaz (Sevilla, 1985) demuestra que el camino también puede recorrerse en sentido contrario.Mucho antes de abrir sus dos restaurantes, hizo una promesa a su abuelo. De niño pasaba con él los fines de semana y los veranos en Rota, junto al camping de Aguadulce. Aquellos recuerdos terminaron marcando tanto su vida que, poco antes de que falleciera, le dijo que, si algún día tenía hijos, crecerían allí.Años después cumplió aquella promesa.Juan Antonio Díaz, en la terraza exterior de Makanai, su restaurante en el puerto deportivo de Rota.-MANU GARCÍATras formarse en Hostelería y trabajar para grandes cadenas hoteleras en el Caribe, decide emprender en el lugar donde había sido feliz de niño, donde se había sorprendido, junto a sus amigos de la infancia, viendo Chevrolets y Mustangs y personas “que vestían como en El Príncipe de Bel-Air”.En 2022 abre en Rota Kammala y dos años más tarde hace lo propio con Makanai, en el puerto deportivo de la localidad. Ambos negocios comparten una filosofía muy clara: ofrecer una cocina cuidada, abierta al mundo, pero profundamente arraigada al producto local.Cuando pone en marcha el primero de ellos, un restaurante con una cocina muy internacional y elaborada, escucha la mismo cantinela una y otra vez. "No les va a gustar, el americano busca hamburguesas y pizza". Sonríe al recordarlo. "La realidad ha demostrado justo lo contrario", señala. Hoy, alrededor del ochenta por ciento de sus clientes durante el año son estadounidenses.“Buscan buen producto, buen servicio y una experiencia gastronómica que difícilmente podrían encontrar en otro lugar”, explica, y añade. “Existe un tópico completamente injusto sobre ellos. Cuando les ofreces pescado recién llegado de la lonja o una buena carne lo valoran muchísimo. Igual que cualquier cliente".Pero el éxito de sus restaurantes no se basa en el negocio, sino en las amistades que ha creado, muchas de ellas norteamericanas. De familias que llegaron destinadas tres años y terminaron formando parte de la suya.Juan Antonio Díaz, brindando en Makanai.-MANU GARCÍAAlgunas viven ahora en bases en Japón, otras en Virginia o en Italia, pero con muchas sigue hablando casi a diario. Incluso comparten, vía WhatsApp, fotografías de sus hijos o se felicitan los cumpleaños. Y, cuando vuelven a España, la visita a Rota siempre incluye una comida juntos."Hay clientes que dejaron de ser clientes hace mucho tiempo”. Hace una pausa. "Ahora son amigos íntimos con los que pasamos juntos Navidad y Año Nuevo".Su propia hija representa la continuidad de esta historia. Va al colegio con niños que no se preguntan si nacieron en Cádiz, en Virginia o en California. Juega con ellos, aprende con ellos y habla en inglés y en español con ellos.“Crece en un ambiente multicultural que para ella resulta completamente normal. Eso tiene un valor enorme. Aprende un idioma, claro. Pero, sobre todo, aprende que las diferencias culturales no son una barrera", concluye Juan Antonio.Mientras habla, resulta inevitable pensar en aquel brindis celebrado en una casa de Rota a comienzos del siglo XIX. Han pasado más de doscientos años. Las personas son distintas, también el mundo. Pero la historia sigue siendo sorprendentemente parecida.