El Etna ha demostrado que los volcanes no son fáciles de leer. Un nuevo estudio ha analizado dos grandes erupciones del volcán siciliano y ha revelado algo bastante llamativo: el mismo volcán puede explotar de formas totalmente diferentes.En una erupción, el magma subió poco a poco, se quedó “atascado” cerca de la superficie durante semanas y terminó saliendo tras perder parte de sus gases. En la otra, el ascenso fue mucho más rápido, desde zonas más profundas, y la explosión llegó casi sin avisar.El gas que lo cambia todoPara entender qué había pasado, los investigadores analizaron cristales formados dentro del magma. La clave estaba en unas burbujas microscópicas de gas atrapadas en su interior, una especie de cápsula del tiempo volcánica que permite reconstruir desde dónde venía el magma, cómo subió y qué gases lo empujaban hacia la superficie.El caso más antiguo ocurrió hace unos 4.000 años. Según el estudio, aquella erupción estuvo marcada por un ascenso rápido del magma desde una profundidad de entre 24 y 30 km. El motor principal habría sido el dióxido de carbono, un gas capaz de empujar el magma desde zonas muy profundas y provocar una erupción repentina.La erupción del 122 a. C. siguió otro camino. El magma habría subido desde unos 22 km, pero no salió disparado directamente. Antes se quedó durante semanas a solo 2-5 km de la superficie, donde fue perdiendo gas poco a poco antes de terminar en erupción.Saber que el Etna puede erupcionar de formas distintas cambia la forma de mirarlo. No basta con decir “este volcán se comporta así”, porque puede usar rutas internas distintas según el gas que domine y la profundidad a la que se mueva el magma. El hallazgo no sirve para predecir mañana una erupción como si fuese una bola de cristal, pero ayuda a entender mejor las tripas de los volcanes. Eso, cuando hablamos de uno de los volcanes más vigilados y activos de Europa, no es precisamente poca cosa.