Pensar en el futuro implica tratar de tener en cuenta variables que escapan de todo control. Sin embargo, es frecuente que las personas se planteen cuestiones trascendentales cuando alcanzan determinadas etapas de su vida. Una de ellas tiene que ver con su propia longevidad, ya que la idea de rejuvenecer a nivel biológico todavía no está clara.Lo habitual es buscar el dato de la esperanza de vida en la región o el continente, aunque hay estudios que apuntan que el mes de nacimiento influye en una vida más larga. También hay quienes se fían más de una observación hacia su árbol genealógico para ver cuántos de sus antepasados superaron barreras clave como los 80, los 90 o incluso los 100 años de edad. En un segundo plano suelen quedar las circunstancias personales y el hecho de que la edad en que la vida toca a su fin ha crecido de manera generalizada.Ahora, un estudio de la Universidad de Tsukuba, en Japón, ha puesto cifras a lo acertado de los cálculos de las personas en torno a cuánto consideraban que vivirían. Entre los datos, llama especialmente la atención un hecho: los participantes en la prueba, que ha requerido un margen de casi tres décadas para aportar conclusiones firmes, preveían de forma mayoritaria un recorrido vital menor del que finalmente tuvieron. No obstante, el vaticinio humano no se queda muy lejos de lo que la biología luego demuestra.Intuición acertada y cautela generalizada La cautela se apodera de las personas a la hora de estimar sus años de vidaLa investigación, publicada en medRxiv y recogida por Science Alert, fue liderada por el científico social Shohei Okamoto y está basada en el Estudio Japonés sobre la Dinámica del Envejecimiento y la Salud. A partir de él, tomó como punto de partida las previsiones formuladas en 1996 por 2.447 adultos mayores de 60 años, de los cuales 2.054 ofrecieron una cifra concreta. Tras contrastar sus estimaciones con los registros oficiales de fallecimiento a lo largo de 28 años, los científicos comprobaron que la intuición no falla del todo: quienes esperaban vivir más tiempo, en efecto, tendían a registrar una mayor longevidad.En términos generales, el estudio demostró que resulta incómodo pronosticar una esperanza de vida prolongada en el tiempo. Es como si, quien lleva a cabo esa previsión, estuviera poniendo a prueba a la parca en un desafío que desobedece a todo criterio médico o biológico, aunque las razones reales son más tangibles y lógicas.Y es que la cautela terminó imponiéndose en la gran mayoría de los casos de las personas encuestadas en el estudio de base japonés. El 59 % de los participantes acabó superando la barrera de edad que había establecido; es decir, que seis de cada diez participantes vivieron más de lo que creían que vivirían. Esto no significa que el mero optimismo prolongue mecánicamente la vida, sino que las personas poseemos una percepción intuitiva sobre nuestra salud, hábitos y energía que condiciona el cálculo, aunque casi siempre tendamos a tirar a la baja.La trampa del 'anclaje' y la esperanza de vida restanteEl trabajo dirigido por Okamoto ofrece dos explicaciones para esa tendencia al conservadurismo a la hora de elucubrar sobre la duración de la vida. La primera explicación se encuentra en el fenómeno psicológico del "anclaje". La edad más repetida por parte de los encuestados como esperanza vital eran los 80 años, una cifra que en la década de los noventa coincidía de manera aproximada con la esperanza de vida media al nacer.Okamoto y su equipo señalaron que parte del desvío y el error al calcular la esperanza de vida restante se debe a la confusión de ese dato con respecto a la expectativa de vida. Al alcanzar los 60 o 70 años, una persona ya ha superado los riesgos de mortalidad temprana que reducen la media poblacional. Por tanto, su horizonte real de supervivencia es sensiblemente mayor que el promedio general y, por ello, su pronóstico debería tender a una longevidad más elevada.La influencia del bolsillo durante la jubilaciónNo obstante, ese cálculo racional a la hora de intuir los años que quedan por delante también se ve influenciado por el aspecto económico, como destaca el equipo investigador en su publicación: "Subestimar la esperanza de vida puede conllevar una insuficiencia de fondos para la jubilación, mientras que sobreestimarla podría resultar en una frugalidad innecesaria o incluso en la pobreza".Esto conlleva que las personas ahorren menos de lo necesario o gasten su dinero demasiado rápido al jubilarse pensando que no les hará falta durante muchos años. Por contra, quienes ven con más lejanía el momento de su fallecimiento evitan en su día a día gastos razonables por miedo a quedarse sin dinero en un futuro muy lejano y condicionan con ello su bienestar durante la jubilación.