El placer es la prioridad vital de muchas personas a nuestro alrededor. Entienden sus días y todos los momentos de la jornada como una oportunidad constante para conseguir un pequeño gusto interno. Lo quieren disfrutar de forma instantánea y sea cual sea el lugar en que les haya surgido el deseo de esa píldora de placer. Algunos buscan esa satisfacción del apetito en las pantallas, otros en la comida, algunos en el deporte y así con otras actividades cotidianas. Hoy, recordamos la enseñanza que nos dejó Epicuro en el siglo III a. C. sobre la idealización del placer sobre otros tesoros de la experiencia humana. Las oportunidades de generarnos placer están más a mano que nunca, pero el pensador griego nos inspira a no dejarnos llevar por la cantidad de posibles gozos. El placer es importante, pero no es lo único que debemos valorar. A lo largo del día hay otros tres objetivos que debemos perseguir con la misma intensidad. Además, nos enseña a no confundir una vida llena de pequeños placeres con una vida placentera de forma permanente e inalterable. Epicteto vivió entre el 341 a. C. y 270 a. C. Fue el fundador de la escuela filosófica que lleva su nombre. Al igual que Sócrates, no dejó ningún texto escrito para la historia, pero sus sucesores recogieron algunas de sus enseñanzas en 'Máximas Capitales'. Allí leemos el siguiente consejo para conseguir una vida placentera sin perturbaciones ni pasiones descontroladas. «No es posible vivir placenteramente sin vivir prudente, honesta y justamente, ni vivir prudente, honesta y justamente sin vivir placenteramente. A quien no alcanza esto, no le es posible vivir placenteramente», escribe Diógenes Laercio sobre el mensaje del filósofo griego. Reflexionemos estas palabras en orden. Primero afirma que «no es posible vivir placenteramente sin vivir prudente, honesta y justamente ». Este comienzo defiende que una vida plena tiene más elementos que el placer, como la actitud de la prudencia, la práctica de la honestidad y la lucha por la justicia. Los pequeños placeres del día a día construyen una vida satisfactoria siempre que estén ligados por un comportamiento virtuoso constante. El placer es el resultado de todo un camino de trabajo personal incómodo y poco gustoso en el que a menudo hay que elegir la honradez o la paciencia al placer inmediato. Epicuro expone una segunda máxima, diciendo que estas instrucciones para una vida placentera también se deben aplicar en el sentido contrario. No se puede «vivir prudente, honesta y justamente sin vivir placenteramente ». El desarrollo de las virtudes tiene sentido en cuanto que sirve al objetivo final de recibir placer. El filósofo plantea que toda persona que fomente sus virtudes verá que con el tiempo su vida es placentera. El objetivo final del camino es vivir cada etapa con placer gracias a que las virtudes fomentan ese gusto interior. Una persona trabajada en el interior recibe una satisfacción duradera y plena, según el filósofo. Así, inspira a todo el que lo lea a que sean personas sabias , prudentes, honestos y justos porque luego recibirán un placer de calidad.