Elon Musk y el privilegio de cobrar hoy por los milagros de mañana

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¿Cuánto tiempo puede una empresa perder dinero a una velocidad absurda, mientras se dedica a prometer milagros y a hablar de un futuro maravilloso? Yo creo que la respuesta más honesta es: mientras el mercado siga creyendo que esas pérdidas no son un agujero, sino una inversión en un monopolio futuro. SpaceX está ofreciendo una demostración claramente palpable y extraordinaria de esa lógica. En su primer trimestre como compañía cotizada ingresó 7,810 millones de dólares, pero llevó a cabo nada menos que 18,400 millones en inversiones de capital, sobre todo adquisiciones enfocadas a ampliar su infraestructura de inteligencia artificial. El mercado, aparentemente no muy impresionado, ha hecho caer la acción tras la presentación de resultados, lo que la lleva ya claramente a cotizar por debajo de su precio de salida. Elon Musk respondió como él siempre lo hace: elevando la apuesta. SpaceX, según él, puede alcanzar un billón de dólares de facturación en 2030, o quizá incluso en 2029. Pero… ¿por qué quedarse ahí?: además, ya de paso, Starlink proporcionará la mayor parte de la conectividad mundial, competirá con los mayores operadores móviles del mundo, desplegará centros de datos en órbita y, en sus ratos libres, financiará también la conquista de Marte. No se trata simplemente de presentar un plan de negocio, sino de montar una narración tan descomunal que cualquier cifra actual que quieras ponerle parezca completamente irrelevante. El precedente obvio es Amazon, con la salvedad de que Bezos nunca fue tan incontrolablemente grandilocuente. Durante años, la compañía acumuló pérdidas y fue presentada como una extravagancia de internet. En el primer trimestre de 2001, por ejemplo, perdió 234 millones de dólares sobre ventas de 700 millones, como muestran sus propios documentos ante la SEC y los gráficos que uso cada vez que discuto el caso en clase. Pero, claro, como vimos posteriormente, Amazon estaba utilizando ese dinero para cosas que iban desde construir centros logísticos, a tecnología, relaciones con proveedores, una base creciente de clientes y, posteriormente, incluso una infraestructura informática que acabaría convirtiéndose en AWS. Todas ellas cosas que necesitaba para el desarrollo y crecimiento de su propia compañía, pero que hábil y estratégicamente, ya que tenía que construirlas, convirtió en proyectos que otros financiaban para él y le generaban beneficios. Cuando comenzó a ganar dinero de manera consistente, ya no era únicamente una tienda: era una pieza esencial de la economía digital, y podía justificar perfectamente su valoración (prácticamente cualquier valoración) en función de sus resultados. La comparación, de todas formas, tiene algunos límites muy importantes que hay que tener en consideración: en primer lugar, que Amazon perdía dinero mientras construía una posición dominante en un mercado razonablemente reconocible. El ecosistema de Musk, en cambio, pretende avanzar simultáneamente en nada menos que los lanzamientos espaciales, las telecomunicaciones por satélite, los servicios móviles, los modelos de inteligencia artificial, los centros de datos terrestres y orbitales, las interfaces cerebro-ordenador y hasta las colonias marcianas. No es una apuesta: es una colección monumental y nunca vista de apuestas gigantescas, interdependientes y extremadamente intensivas en capital, en sectores muchos de ellos completamente desconocidos o incluso inexistentes a día de hoy. Musk posee una ventaja que muy pocos empresarios han tenido, y es que su historial hace difícil descartarlo sin más como haríamos con un charlatán o con cualquier tipo la mitad de grandilocuente que él. Con Tesla logró convertir el automóvil eléctrico en el centro de la industria, con SpaceX revolucionó el coste y la frecuencia de los lanzamientos, y con Starlink construyó en pocos años una infraestructura global que muchos consideraban imposible. Musk suele llegar tarde, el ya irónicamente conocido como «Elon-time», pero sus anuncios terminan llegando con suficiente frecuencia como para que sus promesas conserven un valor financiero ilusionante para muchos (y en muchos casos, importante para todos). El problema evidente es que también acumula ya una larga lista de promesas incumplidas o perpetuamente aplazadas. La conducción autónoma completa lleva anunciándose como inminente desde el año 2015, según esta recopilación de Reuters. Las colonias en Marte se van desplazando continuamente hacia un futuro. Y Neuralink asegura ahora que su sistema Blindsight permitirá devolver la visión a los ciegos e incluso superar la capacidad visual humana a modo de superpoder, con la posibilidad de ver en alta definición, o ser capaz de percibir la radiación infrarroja o ultravioleta . La tecnología tiene la designación de breakthrough device de la FDA, pero es precisamente esa designación la que acelera la evaluación: no quiere decir que el dispositivo haya demostrado todavía seguridad o eficacia. La investigación disponible sobre prótesis visuales corticales habla, por ahora, de puntos luminosos, formas rudimentarias y enormes dificultades neuro-quirúrgicas, pero en ningún caso de una supuesta visión sobrehumana como la que Musk pretende vender. Aquí está la cuestión esencial: una compañía puede perder dinero durante mucho tiempo si cada dólar invertido aumenta de manera verificable su ventaja competitiva y le permite abrir flujos de caja futuros. Pero obviamente, perder dinero no es en sí mismo y como tal una estrategia. Como recuerda McKinsey, el crecimiento solo crea valor cuando el rendimiento sobre el capital invertido justifica ese crecimiento. Y como explica Aswath Damodaran, toda valoración combina números y narración, pero el peligro surge cuando la narración deja de estar razonablemente disciplinada por los números. SpaceX tiene algunos activos extraordinarios: su dominio de los lanzamientos orbitales, su red Starlink, sus contratos gubernamentales, su tecnología reutilizable, su escala industrial y su capacidad de ejecución, muy difícil de replicar. Todo eso puede merecer que los mercados paguen por ello una sustancial prima de valoración. Pero de ahí a valorar la empresa como si todas las promesas de Musk fueran a cumplirse significa pagar hoy no por un futuro, sino por varios futuros simultáneos y en algunos casos, fantasiosos: telecomunicaciones globales, inteligencia artificial dominante, computación orbital, autonomía, robótica y colonización espacial. Dados sus precedentes, ¿debería el mercado darle todo el dinero que pida? No. Debería proporcionarle capital condicionado a hitos verificables, costes decrecientes, clientes reales, márgenes crecientes y retornos medibles. Una genialidad demostrada no elimina la necesidad de disciplina financiera o una tendencia a meterse donde no le llaman para provocar problemas enormes, simplemente puede retrasar el momento en que se exige. Si el supuesto genio de los negocios es políticamente un imbécil y un cuñado redomado y racista que además insiste en meterse en política, su valoración obviamente debería caer, porque interfiere claramente con sus posibilidades de lograr el éxito en sus proyectos. Además, es evidente que Musk ha descubierto algo muy poderoso: cuanto más desmesurada es su promesa, más difícil resulta para otros valorarla, y más fácil es justificar casi cualquier precio. De hecho, es perfectamente posible que con SpaceX vuelva a conseguirlo una vez más. Pero una inversión no debería consistir en preguntar si Elon Musk es capaz de hacer algo extraordinario, que ya sabemos que lo es. La pregunta adecuada es cuánto de extraordinario está ya incluido en el precio, y cuántos milagros adicionales (además del milagro de que él mismo logre contenerse para no hacer ni decir estupideces) necesita esa valoración para no derrumbarse.