Mi generación creció con un VHS rebobinado en un bucle que hoy perdura como el primer día que leímos eso de «el amor y el dolor, la vida y la muerte, la sangre y las lágrimas, la carne y el espíritu, la eternidad y la finitud». Es la película de nuestras vidas, la que nos marcó el canon de la Semana Santa que hoy idealizamos, la que permanece o a la que aspiramos siempre volver. En esa cinta está el tiempo detenido. El de las abuelas besando la mano del Gran Poder con la bolsa de la compra y el de esos niños asomados al escaparate de La Campana, que sigue siendo el anclaje de la memoria colectiva de la... Ver Más